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Alba Plata

LA CONFESIÓN (II)

La niña apenas si podía con el peso del cubo de agua con que el tuvo que refregar los suelos. Limpió los bancos y reclinatorios, desdobló el mantel para la misa y, bien estirado, y alzándose de puntillas porque no llegaba a la altura, como pudo lo colocó sobre el altar en el que dispuso también el copón con las formas que el oficiante debía bendecir, dos candelabros y un crucifijo bien centrado entre ellos y sobre un pequeño cojín, depositó el misal, preparado para las lecturas de la misa. Rellenó las vinajeras, una con el vino de consagrar  y la otra con agua, que cubrió con el manutergio bien plegado, un lienzo de tela que usaba el sacerdote para secarse las manos después de la ablución y la campanilla para la consagración, dejando todo esto bien colocado en la credencia cubierta de un mantel blanco al lado de la epístola.  

Luego le tocó el turno a la sacristía, debía colocar todos los ornamentos sagrados sobre una mesa, bien dispuestos en su orden correspondiente, la chiquilla a duras penas podía sostenerlos pues algunos eran de pesadas telas de brocado y bordados con hilo de oro: la casulla, la estola, el manípulo, el cíngulo, el alba, el amito, y sobre la cómoda colocó el cáliz que recibiría la sangre de Cristo cubierto con el purificador, un pañito blanco que colgaba a ambos lados con el que el sacerdote lo enjuga , encima, la patena sobre la que se ponía la hostia.

Cuando escuchó el primer toque de campana que anunciaba la hora del oficio de la mañana, fue a abrir la puerta de la capilla; entonces la luz de la calle iluminó el recinto hasta llegar  al mismísimo altar, desapareciendo las sombras y con ellas sus miedos se desvanecieron. Miró a uno y otro lado, esperando que la monja no hubiera venido todavía y mientras llegaban los primeros fieles, que como era un día de trabajo serían principalmente mujeres, sintió una irreprimible necesidad de curiosear, pues no se presentaría mejor ocasión; descubrir como en un juego qué se escondía tras los cortinones de terciopelo, en el interior de arcones y cómodas de la sacristía, luego fue a sentarse dentro del confesionario, y en el amparo del sosiego del templo, la oscuridad que proporcionaban las cortinillas que cubrían la celosía, vencida por el cansancio, al cabo de unos minutos, cayó en un dulce sopor.

El silencio que reinaba  hasta hace un momento en la capilla fue alterado con la llegada de las feligresas que, poco a poco, fueron ocupando los bancos de las primeras filas. Los taconeos, los saludos y los apagados cuchicheos de las voces de esas mujeres alteraron a la niña que despertó al instante. Hizo amago de escapar de su escondite, sin embargo lo pensó mejor. No le pareció el momento, tenía que pensar como regresar al convento  sin ser descubierta y buscar una buena excusa, pues seguro que la sor andaría buscándola muy enfadada; temblaba solo de pensar en el castigo que le esperaba.

─Ave María Purísima. Padre tiene que ayudarme a resolver este problema. He cometido un acto indigno. Que Dios me perdone, no tenía intención, se me fue de las manos. Es una rebelde, la amonesté pero ella me levantó la voz, vino hacía mí y me atacó; la empujé y está muerta en el suelo. Ayúdeme padre. Necesito liberar mi alma, deme la absolución.

La niña, impresionada por semejante revelación e incapaz de reaccionar,   quedó petrificada y se sujetó a las cortinillas evitando caer del asiento. No consiguió descubrir el rostro de la pecadora, pero sí reconoció su voz, que identificó con la madre superiora. Terminado el oficio religioso y aprovechando el jaleo de la salida, se deslizó por entre los parroquianos y escapó sin que fuera  sorprendida. 

Publicado la semana 115. 09/03/2020
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Música gregoriana , En cualquier momento
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