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Alba Plata

LA CONFESIÓN (1)

Durante toda su vida ocultó aquel delito que no era el suyo, sino de una persona desconocida de la que nunca supo             cómo acabó, un hecho terrible que le amargó la adolescencia, la juventud y su existencia toda. No se atrevió a compartirlo, ni siquiera con un sacerdote, sabiendo que el cura lo guardaría como secreto de confesión, tal y como le habían enseñado las monjas que  pretendían educarlas a base de inhumanos sacrificios, trabajos brutales y perversos castigos.

 Y ahora que ya cifraba los noventa y estaba próximo su final, había tomado la decisión definitiva de llevarse a la tumba su secreto, ya que al fin y al cabo, los protagonistas de aquel crimen estarían durmiendo el sueño eterno desde hace mucho tiempo ya. Pensó que quizá la propia vida se encargó de hacer merecida justicia, aunque de sobras sabía que no siempre solía ser así.

Tumbada en la cama del hospital, recordó que las mañanas del sábado, la hermana María, la más anciana de las religiosas que dominaban el colegio con rigidez cuartelera, enviaba a la capillita a dos niñas escogidas en función de su comportamiento durante la semana. La mayor de las seleccionadas, de doce años, permanecía en la enfermería atacada por una fuerte gripe, y  la más pequeña, cuyo único pecado fue pincharse con la aguja en la clase de bordado y manchar la tela de sangre, se vio obligada a obedecer sin rechistar; ya sabía que de no hacerlo, las monjas le aplicarían los castigos más crueles que se pueden propinar a una niñita de diez años, recluida en un colegio religioso de disciplina asfixiante, alejada de su entorno familiar que no la podía proteger. Para purgar su pecado de desobediencia, sería  fustigada, obligada a ayunar durante varios días hasta que la madre superiora estimara que se podía levantar la penitencia y tendría que fregar de rodillas las escaleras de granito con agua helada en pleno invierno, restregando con cepillos de cerda y sosa caústica, lo que le serviría de mortificación para fortalecer su indomable espíritu rebelde, según sus propias palabras.

Sor María la acompañó hasta el oratorio, le marcó las órdenes pertinentes que debía cumplir antes de comenzar la misa de nueve, y se marchó cargando el peso de los años en su cuerpo robusto y arrastrando sus cansados pies. La muchacha quedó sola en aquél siniestro lugar, paralizada por el terror que las iglesias le provocaban, un terror imposible de dominar, y en especial esta capilla permanentemente a oscuras al carecer de  ventanas y vidrieras, cuyo único punto de luz lo proporcionaba la tenue lamparilla del sagrario, que en su movimiento oscilante, conseguía que las imágenes de los crucificados sangrantes, las vírgenes y santas lacrimógenas de aspecto cadavérico parecieran fantasmas que ululaban por el espacio aéreo de la nave, esperando impacientes rescatar las almas de los pecadores que no habían purgado sus culpas en la tierra.

Publicado la semana 114. 02/03/2020
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Música gregoriana , Algunos recuerdos que me contaron , Cualquier momento con un poco de tiempo y tranquilidad , Experiencias de otros
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