Semana
11
Marisa Herga

Amantes (II)

Género
Relato
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Vio pasar los años y cómo pasaban las estaciones, mucho más rápido de lo que se pueden contar, las ilusiones y recuerdos del pasado quedaban ya lejanos y una nueva vida comenzó a germinar rescatándola de aquellas ruinas en las que, el abandono del primer amor, la había enterrado.

Todavía era joven y bonita y la vida pintaba rayos de luz después de aquella lenta agonía sin esperanzas. Y sucedió como suele suceder, inesperadamente, sin proponérselo. Se conocieron por azar una noche de otoño paseando por la calle mayor, unos amigos comunes, después unas salidas al cine y unos bailes en la discoteca que, cada vez, se hicieron más frecuentes.

Se hablaron mucho, se rieron mucho más, compartieron confidencias, penas y alegrías, noches y días; cada atardecer se acompañaban después del trabajo, y así como el que no quiere, sin buscarlo, sin prisas, dando tiempo al tiempo, como se suelen hacer las cosas que se hacen en serio, cumpliendo con las convicciones sociales, hicieron las correspondientes presentaciones familiares y comenzaron a preparar juntos un futuro en el que habían puesto muchas esperanzas y todas sus ilusiones.

Llegó el momento en que formalizaron la relación, que se concretó en el compromiso solemne de compartir la vida hasta el último día de sus vidas, en un tarde lluviosa casi recién estrenada la primavera

Se compraron un piso pequeño y soleado en un barrio céntrico de viviendas nuevas, habitadas por parejas jóvenes con niños pequeños. Muy cerca existía un buen colegio, cosa muy necesaria cuando se tienen hijos,  y un parque amplio y bastante agradable donde el sol se alojaba de la mañana a la tarde.

La realidad fueron dos bellas niñas que vinieron a llenar el espacio y le daban sentido y justificación a su existencia. Y con el tiempo que no corre, sino que vuela, crecieron y cada una se fue marchando del nido para buscar su destino, dejando la casa vacía y en silencio.

Luego vinieron los nietos y el hogar renació luminoso, llenándose de nuevo de las risas infantiles y la alegría volvió a habitar la casa como cuando, hace años, llegaron las niñas. Estos eran los momentos en que podía decirse, con toda convicción, que merecía haber sobrevivido al desastre.

Y fueron pasando los años como se suceden las estaciones,  unas detrás de las otras, mucho más rápido que lo que puede desearse. Las canas y las arrugas cambiaron la imagen que le devolvía el espejo y los achaques de la edad hacía cada vez más fatigoso continuar.

Ahora propietarios de todo su tiempo, sin dueños ni obligaciones laborales, pasaban el rato adormecidos en el banco del parque bajo el tenue sol del invierno, sin miedo a un futuro cuya duración era tan imprecisa como la longitud de su propia vida.

Aquel fue un año muy duro, hizo muchísimo frío y cayeron las temperaturas hasta el límite que nadie recordaba otro invierno igual, nevó tanto que muchas carreteras quedaron cortadas al tráfico y hubo pueblos incomunicados durante varios días.

El suceso apenas si ocupó una pequeña reseña en el periódico local y un breve comentario en las noticias del telediario del mediodía, pues no se consideraba ninguna novedad, ya que todos los inviernos era muy habitual que ocurrieran hechos semejantes.

Fueron encontrados una mañana de domingo, los dos sentados en el sofá, uno junto al otro, cubiertos con una escueta manta. La televisión se mantenía encendida y en ese momento el telediario informaba sobre la intensa nevada que había provocado una gran avería en el sistema eléctrico, la cual había dejado sin corriente a la mitad de la población; los braseros y estufas dejaron de funcionar durante toda la noche.

Publicado la semana 11. 14/03/2018
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La lluvia , Un día de lluvía y frío , Esto es lo que hay
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