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Alba Plata

INMENSO OCÉANO III

Volvíamos a encontrarnos cada verano en una cita no pactada, y yo, dócilmente,  me dejaba mecer en las salvajes aguas del inmenso océano, esas aguas que hace siglos alguno de mis antepasados se vio obligado a navegar hasta llegar a unas tierras ignotas en los confines conocidos hasta entonces.

Sumergirme en el mar era una especie de rito purificador que me limpiaba la costra que portaba de tanto atraso de una región anclada en el pasado, escondida en el interior, desconocida y olvidada. Era una época en que nuestros cuerpos jóvenes podían solazarse sobre una liviana toalla tirada en la arena, a pleno sol, emulando a la horda de turistas nórdicas que nos invadían por aquellas fechas. Nosotros nos atrevíamos con todo, porque todo nos parecía posible, sin miedos, sin pudor, sin descanso.

Yo volvía allí cada verano, seducida por esa ciudad tan blanca de torres doradas,  prendada como una jovencita enamorada de la serranía de pueblos blancos que recorríamos jubilosas partiendo desde la misma puerta de  Arcos de la Frontera, afrancesada y espléndida. Sobre el mirador, recortado en un tajo de vértigo imponente, ella me contó el suceso local que se trasmitía por el boca a boca y que los abuelos contaban a sus nietos: la historia de la bella molinera y el Corregidor trocado en un burdo Don Juan. No sé si es leyenda o realidad, pero este hecho llegaría a ocupar páginas de la literatura, composiciones musicales y de danza.

Luego vino, Medina Sidonia, Paterna de Ribera, El Puerto de Santa María, Puerto Real, Rota, Los Barrios y Ubrique, origen de la Ruta de los Pueblos Blancos y puerta de entrada a la sierra de Grazalema y de los Arconocales, siendo uno de de los centros de trabajos en piel de toda Europa, herencia de la tradición musulmana.

Esta bella localidad se convirtió en mi último destino en aquella tierra hermosa, pero entonces yo no lo sabía: fue una Nochevieja de fiesta sin descanso que duró hasta el amanecer de Año Nuevo. No sé como llegué hasta Los Barrios, allí, indefensa, cargada con un escueto equipaje, tomé un desvencijado y chirriante autobús que me llevó serpenteando la sierra de Cádiz a través de una carretera infernal, estrecha y plagada de baches. Previendo un trayecto largo, sucumbí a los brazos de Morfeo con la seguridad de que el vehículo moría en Sevilla, donde debía apearme para tomar el tren que me llevaría de regreso a casa.

Pasados los años retorné nostálgica,  solo por recordar aquellos parajes en los que dejé amigos entrañables imposibles de olvidar, muchas ilusiones, algunos sueños y tantas esperanzas. Pero ya nada era igual, el mundo y yo habíamos cambiado tanto que, cada uno, nada tenía que ver con lo que fuimos.

Ahora ella se fue, me abandonó un mal día sin avisarme, y fue con ella que aprendí a conocerla primero, amarla después, luego con el tiempo y la distancia, comencé a añorarlas a las dos.

Mi compañera de tantas aventuras, junto con esa tierra,  permanecerán para siempre ancladas en mi corazón.

Publicado la semana 107. 16/01/2020
Etiquetas
La banda sonora de mi vida , Experiencias pasadas , Hay que leer, no importa cuando ni donde , juventud
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No ficción
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