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Alba Plata

INMENSO OCÉANO II

En aquella época el aire acondicionado era una utopía, nos parecía un invento tan lejano que sólo veíamos en las películas americanas, y soñábamos con ese país en que había de todo lo que uno podía imaginarse, todo diferente y mejor, porque allí habitaban en grandes casas con jardín donde los niños disfrutaban con juguetes inimaginables. Las madres hacían las tareas del hogar y se metían a preparar la comida en unas hermosas cocinas sobre unos enormes tacones de aguja, siempre maquilladas y arregladas de peluquería, pulcras y limpias con bonitos vestidos de colores. Y aquí nosotros, sin nada, en un prodigio de imaginación natural, abríamos las ventanas y la puerta del compartimento comunicadas entre sí, de tal manera que cuando el tren bajando renqueante la cuesta alcanzaba una velocidad de crucero de 30 kilómetros por hora, entraba y salía la brisa sofocante del exterior desde los campos de rastrojos amarillos y resecos quemados por un sol de justicia y nos devolvía a la vida esparciendo el olor a sudor de los cuerpos por toda la gaveta.

No me incomodaban las dificultades y las penurias del camino. Era muy joven entonces, apenas diecisiete años, e iba jubilosa a esa larga aventura del viaje, un trayecto cansado e incómodo que me llevó a conocer otros paisajes, otras historias de vida de gentes con pensamientos y acentos diferentes a los míos, hombres y mujeres curtidos por el duro trabajo de la tierra y la crianza de los hijos en la escasez más extrema. En ese recorrido fui abandonando la natural inocencia de mis pocos años y una vida sobre protegida por mis padres a la vez que crecía en madurez, experiencia y sabiduría.

Era una época de chanclas de goma y tórridos veranos con botijos de barro rojo de la tierra que mantenían el agua tan fresca como recién nacida de un manantial. Y allí al final del trayecto al llegar a Cádiz, ella me esperaba al pie del andén y me recibía en toda su grandeza y, desbordante de amor, me acogía con un abrazo infinito, noble y verdadero, tal como era de pura nobleza y mi amiga leal durante años.

Llegaba yo de tierra adentro reseca por el sol del verano, de hambre contenida, de caciques dueños de vidas y haciendas, de opresión de siglos.  Iba yo sedienta de mar, de espacio abierto al azul inmenso de aquel océano inabarcable e infinito, que me invadía con su olor a salitre y bullicio de rebeldes gaviotas. Ella fue quien me descubrió su amada ciudad, una ciudad invadida de una luminosa luz perpetua, sus antiguos secretos, sus misterios ancestrales  heredados de civilizaciones antiguas, la alegría de sus gentes, su generosidad. INMENSO OC

Publicado la semana 106. 08/01/2020
Etiquetas
LOS SONIDOS DEL SILENCIO DE SIMON Y GARFUNKEL , MOMENTOS FELICES , EN EL SILENCIO DE LA SIESTA , VIVENCIAS JUVENILES
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Género
No ficción
Año
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