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Alba Plata

LA MALDICIÓN DEL HÍGADO (IV)

La noticia se extendió por todo el servicio, llegando incluso hasta otras plantas del hospital. Todo el mundo quería ver a la poseída por el demonio, algo insólito por otra parte. Las visitas al servicio de intensivos era un goteo constante. Enfermeras, médicos y todo tipo de trabajadores que a esa hora se hallaban de servicio, se agolpaban en la cristalera de la UCI, observando a la mujer con curiosidad morbosa.

Al ver el alboroto que tan singular acontecimiento había organizado, una de las enfermeras que pasó varios años en un país africano colaborando con una ONG, sugirió que quizá habría que practicarle un exorcismo, ya que durante su estancia en África comprobó que era común echar mal de ojo y el exorcismo era una práctica muy extendida a los efectos de su curación. Un recurso que se aprovechaba de la superstición tan anclada en estos pueblos, por el que a través del miedo a lo desconocido,  unas personas podían ejercer el poder de manipulación sobre otras.

-Un exorcismo, dices. No tenía yo noticias del tal cosa. La única referencia que me viene ahora a la memoria es la película, y allí actuaba un sacerdote católico. Bueno y dónde encuentro yo ahora un exorcista y en esta ciudad, precisamente. No sé cómo puedo localizar uno, -se preguntaba con preocupación el joven doctor.

-Se necesita un santero de su confianza perteneciente a su comunidad porque es la única jerarquía con potestad para ejercer esta función.

Parecía una situación absurda: precisamente la noche de Noche Buena no parecía la ideal para ponerse a localizar un exorcista; era por supuesto un contrasentido. En algún lugar, un geniecillo juguetón debió desternillarse de la risa.

Al joven médico le pareció ver el cielo abierto, cuando le informaron que habían encontrado un santero en una asociación de inmigrantes, y una vez se le informó del caso, estuvo de acuerdo en que la solución pasaba por realizarle un conjuro.

El era un imponente hombre de color que portaba un grueso libro de tapas negras, vestido con una túnica de tela clara y se hacía acompañar de  una mujer menuda con idéntico atavío. La joven acarreaba de su brazo un cesto de hojas de palma donde debía guardar todo el material necesario para hacer el sortilegio. El hombre y su asistente pasaron la noche junto a la paciente en un ininterrumpido ritual de cánticos, hierbas y agua bendecida, hasta que la que ejercía de  asistente cayó en un profundo trance, entonces el oficiante enmudeció, se acomodó en el sillón cerrando los ojos, en lo que parecía un acto de meditación, y así permaneció hasta el amanecer.

Con la llegada del nuevo día la paciente apareció radiante, ya recuperada como si nada hubiera pasado. Le informaron de todo lo sucedido, y dijo no recordar ni siquiera la razón que la llevó a Urgencias.

-Estoy curada, por fin. He destruido al demonio. ¡Aleluya!, ¡Aleluya!

El doctor y la enfermera jefe acordaron realizarle una nueva analítica.  Incomprensiblemente, para sombro del personal que la trató, la endemoniada había sanado por completo y nada le impedía marchar a su casa.

La mujer expresó con gran alegría su gratitud, deshaciéndose en halagos hacía el hospital y todo el personal del servicio.

-Gracias, me ha salvado, doctor. No sé cómo  podría pagar lo que ha hecho por mí.

-¡Aleluya, Aleluya!

Daba saltos elevando los brazos al cielo, y se marchó bailando una extraña danza que sólo ella sabía componer. Los transeúntes que regresaban a casa después de la fiesta de la noche anterior, la miraban con la natural curiosidad por lo original del momento:

─Otra que se ha pasado con la bebida.

Publicado la semana 104. 26/12/2019
Etiquetas
Dulce Navidad , Noche de Paz y de Amor , Ahora toca disfrutar de las personas que se quieren , Cuento de Navidad
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No ficción
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