50
Alba Plata

La maldición del hígado (II)

Viendo que parecía ir en serio y que no se trataba de una broma de las típicas por estas fechas tan habituales entre compañeros, el doctor dejó su taza de café sobre la mesa, y con un gesto de resignación, salió acompañado de la enfermera.

A simple vista la paciente ofrecía un sano aspecto, tenía buen color, nada hacía pensar que sufriera alguna patología que la hubiera llevado hasta el Servicio de Urgencias. Sin embargo, tumbada en posición fetal temblaba presa de un gran estado de agitación, se retorcía, se sujetaba el vientre  y apretaba su estómago. En sus convulsiones movía la camilla intensamente, produciendo un molesto chirrido, alterando más aún los nervios del equipo que la atendía, y con obstinación no dejaba de repetir que alguien le había echado una maldición, en su criterio, tenía dentro el demonio.

-¡Por favor, sálveme doctor, sálveme!, -suplicaba con insistencia. ¡Quíteme esto, saque el demonio de mi cuerpo! No puedo soportarlo,  no puedo más, -y se retorcía apretando su vientre como si le aquejara un dolor insoportable.

El doctor le pidió que se enderezara para hacer una primera exploración, pero no obedecía. Continuaba retorciéndose y temblando sin dejar de apretarse el vientre con ambas manos.

-Explíquese ¿Dígame por qué se retuerce, por qué lo hace?

-¡Debo hacerlo! ¡Es el demonio, debo sacarme el demonio! Me produce un gran dolor. No puedo aguantarlo más. ¡Sáqueme el demonio, doctor!

-Incorpórese, -exigió el médico con autoridad.

Con la ayuda de dos sanitarios, consiguió que la paciente se sentara en la cama y, para su sorpresa, a las preguntas del doctor ella contestaba correctamente, pasó de tener un dolor abdominal que parecía inaguantable a hablar con tranquilidad, como si no pasara nada.

-Señale dónde tiene molestias exactamente.

La mujer permanecía tranquila y había dejado de temblar y respondiendo a la pregunta del doctor se señalaba con la mano desde el estómago hasta el hígado. Podía tratarse de una infección aguda, confirmó por la enfermera que no había tenido nauseas ni vómitos y la temperatura se mantenía estable. Palpó el vientre varias veces en distintas direcciones y no encontró hinchazón. Si se trataba de una septicemia había que actuar rápido.

El doctor insistió.

-¿Siente dolor aquí…, y aquí?, -preguntaba mientras le presionaba el vientre.

La mujer negaba sentir dolor a la presión de las manos del médico y volvió a tumbarse. El facultativo movía la cabeza confundido y solicitó a la enfermera que tomara una muestra de sangre de la paciente ante el miedo de que se tratara de una infección interna que no se detectaba aparentemente. Tan pronto abandonaron los boxes, la paciente volvió a temblar y retorcerse, apretándose el estómago.

-Por favor saque el demonio, quíteme esto. Es insoportable. Alguien me ha echado una maldición y tengo el demonio dentro, -exigía con insistencia.

Resultaba bastante curiosa la situación. Cuando el doctor se dirigía a la paciente para hablarle, al instante quedaba quieta, paraba de moverse como si no le pasara nada, era al estar sola el momento en que se retorcía y temblaba. Un caso tan extraño como éste no se había encontrado en todos los años que llevaba trabajando en Urgencias.

-¿Exactamente, qué cree que le sucede, de dónde piensa que procede ese dolor y en ese lugar concreto de su cuerpo? ¿Cuándo tiembla, cuando se agita, el dolor remite?

-Trato de sacarme el demonio del hígado. Lo puso la gente de mi pueblo la última vez que viajé allí. Me echaron una maldición introduciendo el demonio.

-¿Bebió suficiente agua, tomó algún medicamento, alguna pastilla?

A las cuestiones del doctor respondía que sí, que bebió bastante agua y no tomó nada.

Pienso que está algo loca, -sonrió maliciosa la enfermera.

Convencido el facultativo, afirmó que él sí la creía, no le cabía duda alguna.

 -Estoy seguro de que no miente. Ella está persuadida de que tiene dentro el demonio. Puede deberse a creencias religiosas, fanatismo, superstición. No sé.

Para hacerse una idea más  exacta, el facultativo que no acababa de salir de su asombro, interpeló de nuevo a la paciente.

-Puede decirme cuánto tiempo hace que lleva presionando los músculos abdominales.

-Unos cinco días. Estuve en mi pueblo. Fue a mi regreso que me encontré con un conocido y me preguntó cómo estaba. Me sorprendió que se interesara por mi salud. Le dije que bien, y fue a partir de ese día que empecé con los dolores. Mi primo me dijo que me habían echado una maldición. Entonces comprendí que me había entrado el demonio y presioné con todas las fuerzas para destruirle.

La enfermera que llegaba con el resultado de las pruebas, dirigió al médico una mirada de recelo, parecía asustada.

-Eche un vistazo. Es sorprendente.

El doctor revisó los resultados de la analítica y se quedó pasmado. INSUFICIENCIA RENAL. Parecía que la  mujer hubiera hecho un ejercicio físico muy potente, como si hubiera corrido una maratón todos los días, y ese ejercicio isométrico intenso le estaba dañando el hígado, desgarrándole los músculos y las sustancias de estos entraban en el torrente sanguíneo intoxicando los riñones, por eso no funcionaban. Había toxinas dentro de su cuerpo que no se eliminaban, le dañaban los riñones y, como consecuencia de ello, los electrolitos se descontrolaban, lo que le producirían una muerte segura. Efectivamente tenía dentro el demonio y al tratar de destruirlo ella misma se estaba matando, con ello la maldición haría su efecto.

Publicado la semana 102. 14/12/2019
Etiquetas
Villancicos , La noche de Navidad , Mejor por la noche en solitario , Un caso insólito
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
II
Semana
50
Ranking
1 231 0