Semana
10
Marisa Herga

Amantes (I)

Género
Relato
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Tenía esa frescura de quien no ha traspasado todavía la barrera de la inocencia y tan risueña era que, su alegría, alumbraba como el sol la tediosa vida de unos padres ya vetustos orgullosos de conservar la hija anhelada durante años         , a los que ella atendía con solícito amor. Bonita, juiciosa e inteligente, ocupaba su tiempo dedicada a los estudios en los que destacaba, a juzgar por el boletín de notas que cada trimestre evaluaba el claustro de profesores del Instituto.

La pequeña ciudad en la que vivía proporcionaba pocas diversiones para los jóvenes, a excepción del cine del que estaba bien surtida donde se proyectaban películas todas las tardes en sesiones dobles, y no era, sino los domingos, cuando las salas se llenaban de chicos y mayores porque, aparte del paseo, no había ningún otro lugar de encuentro y esparcimiento hasta que se abrieron las discotecas, lo que constituyó una auténtica revolución, con sus luces de colores, esos estrambóticos bailes cuyos movimientos grotescos podrían descoyuntar los huesos, y los últimos discos de los cantantes de moda, corrientes modernas que, como un viento fresco, llegaban desde el extranjero, para cambiar el color y el ritmo de vida de la población.

Y la hasta entonces gris y monótona ciudad en la que nunca pasaba nada digno de mención, se desperezó; y saliendo de su eterno letargo terminó por abrirse. De pronto, como si un violento torbellino hubiera llegado para barrer lo antiguo llevándoselo todo, se acortaron las faldas a la vez que se ampliaron las mentes, la localidad fue colonizada por una legión de bulliciosos estudiantes que venían a cursar estudios en la flamante Universidad y de las chicas que llegaron de todo el país a la Laboral, llenando las calles de luz, de la alegría revuelta y alborotadora de la juventud recién llegada, convirtiendo la ciudad en otra muy diferente, mejor y más abierta.

Algunas compañeras, cuya amistad se esmeraba en cultivar, se convirtieron en sus confidentes cuando el dardo del amor prendió en la joven en esa edad difícil en que se va forjando la personalidad y se presiente aun lejano el futuro.

Ocurrió por casualidad como suelen suceder estas cosas; los protagonistas no lo saben previamente, pero hay una mano que maneja unos hilos invisibles que hace coincidir a dos personas distintas, en un lugar insospechado que de otro modo no tendrían posibilidad alguna de encontrarse nunca.

Sucedió así; sencillamente se conocieron un sábado de primavera, impregnaba el aire un aroma de jazmín recién florido y una luna blanca y oronda pendía del cielo salpicado de estrellas. Y como ocurre siempre en estos casos, a la conversación superficial y animada, siguió la más profunda, luego fueron las miradas y después vinieron las mariposas revoloteando para hacer hueco en el estómago.

El muchacho, varios años mayor, había llegado desde una comarca del norte para estudiar con una beca debajo del brazo que obtuvo por su magnífico expediente, instalándose en un piso del centro junto a otros estudiantes; traía consigo el bagaje de la experiencia y desde el mismo momento que se vieron, la existencia de ambos se fusionó en una sola. Ella quedó embrujada por su voz profunda y masculina, su inteligente conversación, y embobada, solo quería mirarse en aquellos profundos ojos que le abrían el mundo a otra dimensión.

Él parecía tener mucha prisa como si quisiera apurar la vida sin dejar  escapar un instante no fuera a perderse; todo se produjo con rapidez y antes de que se diera cuenta, ya había pedido permiso a sus padres para verse sin traba y con su consentimiento. Agotaban al máximo los minutos que estaban juntos permaneciendo en un estado de elevada ensoñación, con un sentimiento tan apasionado y ardiente que les hacía flotar por una especie de alucinación, ausentes de lo que fuera ajeno a ellos mismos. Se tomaban con manos temblorosas, tiernas y suaves, necesitadas de caricias, con ternura se cruzaban sus miradas descubriéndose el uno en el otro, llenos de júbilo unían sus labios ardientes, ávidos del deseo de conocerse y, asidos por ese amor único que sólo sienten las personas jóvenes, pasaban los días, las semanas, los meses, contagiados por la noble conmoción del enamoramiento que les hacía prometerse amor eterno a cada momento y, como si no fuera suficiente,-Te querré siempre, él repetía infatigable.

Un día, con la llegada del verano, las calles se vaciaron suspendidas en el calor de la siesta, quedando sumidas en un silencio de sombras que enterraron el último eco de la bulla juvenil. La ciudad se sumergió en la rutina inevitable de misa de doce los domingos, paseos por el parque con el cortejo de amigas, el helado de corte, la conversación intranscendente sobre chicos y las sesiones de cine de verano por la noche, con botijo y pipas de girasol.

Impaciente, sentada detrás de la ventana esperaba la llegada del cartero que, con la exactitud de un reloj suizo, cada mañana le entregaba la carta que traía el reflejo de los sueños de los últimos días devolviéndole el color y la ilusión, ella besaba el sobre con la misma fuerza arrebatadora y el ritmo que marcaban los latidos de su corazón, a correo seguido, ese mismo día, devolvía otra misiva cubierta de besos y lágrimas, escrita con amor y mimo y en cada letra jirones de vida le entregaba.

Cuando llegó septiembre, como golondrinas en primavera, volvieron los estudiantes a colonizar las calles con su algarabía, se llenaron los bares de bullicio y tal si fuera un resucitado, recobrando vida, la ciudad abrió los ojos.

Ella aguardaba sin desmayo, la carta, una llamada, y sobre todo verle en la lejanía caminar hasta la casa. Una fría mañana de aquel eterno invierno, el cartero no volvió, y uno tras otro, se fueron sucediendo los días, interminables ante la impaciente espera. Varada quedó junto a la ventana igual que una barca sin destino encallada en el cieno, lloró, lloró mucho hasta quedarse ahogada por las lágrimas. Y una tarde, cuando la primavera esparcía por el aire su perfume de jazmín recién florido, recogió los restos de su naufragio y se dispuso a no mirar atrás.

Publicado la semana 10. 09/03/2018
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