Semana
04
Lorenzo Ko

Discúlpeme el lector

Género
No ficción
Ranking
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Discúlpeme el lector, pero hoy escribir no me nace.

Estoy sentado al sol de enero con la espalda apoyada en la iglesia de San Pablo, escuchando el A Chloris de Reynaldo Hahn en mis auriculares. Escúchelo conmigo, si gusta, puede encontrarlo en YouTube y también en Spotify

Algunos turistas sacan fotos y, así, permaneceré en sus álbumes como un extraño que una vez quiso estar solo. No necesito más que este respiro, ni siquiera escribir, ni siquiera eso, puede darme más vida de la que tengo en este instante. Valladolid es una ciudad gris, pero hoy tiene las mejillas encendidas y las manos calentitas. 

Sé lo que sentían esos hombres y mujeres, esos niños, que divisaban la costa americana tras un larguísimo viaje a través del océano. Lo sé porque es esa misma sensación que me embarga cuando me rasco la marca del elástico de los calcetines, la misma sensación que me produce leer el libro idóneo en el momento justo de mi vida. Hablo de Novecientos, la obra de Baricco. Hablo también de este instante en el que coger aire es respirar lo dulce.

Tras una semana en el Teatro Calderón, entre ensayos y representaciones, descanso: Fuegos ha terminado. Yo no soy Lorenzo, no se equivoque el lector, yo soy un yo poético de usar y tirar. Fuegos ha terminado con toda la emoción intrínseca de salir a público, del querer en camerinos. Tampoco soy actor, lo crea o no. Lo bonito, en mi caso, no llega hasta que acaba, hasta que sientes que, en efecto, te ha transformado.

Fuegos y Novecientos son la misma historia y he tenido la suerte de vivirla dos veces en un instante. Los refugiados, el exilio, los fuegos que nos queman, incluso el jodido estilo narrativo. Son la misma historia. Recuerdo cuando me creí original por cómo escribía y descubrí que Boris Vian ya había escrito como yo. En Francia y un siglo antes. Pues eso, la misma historia.

La felicidad debe ser algo así como el olor a mandarinas que se evapora. La tristeza, en cambio, me es intrínseca. Yo tampoco me veo capaz de bajar del barco y pisar tierra, dejar mi casa que es mi gente y aventurarme a lo desconocido... y yo no pienso, pero siento que el barco de Novecientos, el personaje protagonista de Novecientos, es también mi Nave. Yo tampoco quiero ser el mejor poeta del mundo porque eso es muy sencillo.

Yo solo quiero un abrazo. Tal vez acompañado de una sonrisa, quén sabe, quizá de lágrimas sinceras. La vida más allá de eso es artificial y nos hace invulnerables. Joder, pues yo quiero ser vulnerable, aunque duela.

No se lo creerá el lector, pero si respira hondo, si deja de pensar y siente, por un mínimo instante podrá aspirar este aroma a mandarinas y, ojalá suceda, sentir el fulgor templado del sol en las manos y en la cara. De esta manera yo le abrazo y le beso las mejillas. Gracias.

Plaza de San Pablo, Valladolid

28 de enero de 2018

 

He pasado una semana en la que no he tenido un segundo para pensar. Juro que, más que una semana, ha parecido un mes. Tampoco he tenido tiempo para entender qué estaba sintiendo y hoy, de pronto, caundo todo ha terminado, lo que he sentido es paz. Este texto es eso; algo a medio camino entre una entrada de diario, una carta y una narración.

Un beso muy grande para todo el que me ha hecho sentirme así y también para todo aquel que tenga a bien recibirlo. 

Publicado la semana 4. 28/01/2018
Etiquetas
A Chloris , Baricco, Vian
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