Semana
20
Lorenzo Ko

Suben las manos bajan

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Relato
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Liviana y Zozobra contemplaban una escena amorosa en lo que se había convertido en su pasatiempo favorito. Eran, éstas, dos dulces jovencitas palidísimas, delicadísimas, propensas al desmayo, que perecieron antes de haber podido recoger sus rosas. Nunca pudieron degustar ese instante en que algún caballero de buena familia intenta recuperar tu cuerpo de dama de entre las incómodas capas de tela que lo esconden para, después, hacer aquellas maniobras púbicas que siempre consiguieron sonrojar las mejillas más impúdicas.

Aunque el amor había sufrido notables cambios desde la época en que sus almas acostumbraban a ocupar sus cuerpos, seguía siendo tan lindo como siempre. Y la facilidad con que ahora podía uno volver a vestirse una vez que todo había terminado, la velocidad del cortejo… ¿dónde habían quedado los abanicos? ¿dónde las reverencias? Si eso no era un progreso, ya podía bajar Gutenberg y manuscribirlo.

Se encontraban, pues, sentadas en el banco que circunda la fuente de una pequeña placita de Barcelona. Aunque los fantasmas tengan vetado el término «apoyarse», era reconfortarte para nuestras etéreas amigas imaginar que sus traseros sujetaban contra la madera el inexistente peso de sus cuerpos. Menos mal que no hacía viento, de haberlo hecho se habrían desdibujado de  manera intermitente en el aire y sería realmente difícil describir la situación.

Observaban, comentándola, la escena que se desarrollaba en una de las mesas de la terraza del bar que hace esquina, el del toldo verde y las flores en los flancos.

 

Estaba siendo una cita a ciegas bastante indecorosa; tanto es así que una de las partes era, digo la verdad, ciega. Era ella Barahúnda: una chica flaca, con el pelo tan rubio que casi era blanco, cortado a tazón, y los labios pintados de azul celeste, lo que, unido a su palidez natural, le hacía parecer nacida en la hipotermia. No cubría sus ojos muertos, glaciares,  y mostraba su sonrisa a menudo.

 

—Es preciosa, ¿no crees?

—Ya lo creo que sí. ¿Y qué me dices de él? Parece que fuesen perdidos para encontrarse.

 

Supersólido se sintió decepcionado al verla. Había llevado su mejor traje –de neopreno verde y rosa, con una prótesis circular de felpa en cada nalga y flecos de terciopelo en las sisas, tenía incluso una capucha en la que esconder la calva–, había sido muy cuidadoso, había medido hasta el más mínimo detalle y todo para que ella no pudiese alabarle el gusto. Pero se repuso como un héroe y vistió su voz de banderines, confeti y purpurina.

Hablaban, tomándose unas cañitas, de cosas banales, de gustos personales que, si bien tenían un interés nulo, fascinaban al otro sin remedio. Daban la impresión de dos enamorados, de esos que cuando se besan parecen vestirse un solo, de eso que de tan felices dan coraje.

 

—Te digo que sí, que una vez me lo dijeron.

—¡Entonces te engañaron! –Liviana ejercía por norma de hermana mayor y de profesora a un tiempo–. Son entes físicos y ambos sólidos. Es imposible que uno atraviese al otro si intentan darse las manos. Igual te has confundido con nosotras, te pasa a menudo. Nosotras sí, lo raro sería que nosotras pudiésemos tocarnos.

Lo cierto es que Supersólido y Barahúnda aún no habían mantenido el más leve contacto físico. Mientras tanto, de la energía concentrada en la espera de ese mínimo contacto, algo a su alrededor estaba cobrando fuerza. Como una atmósfera cargada de electricidad estática. Poco a poco, parecían más juntos el uno del otro.

—¡Sería precioso poder tocarnos, Liviana! Que sí, mira, yo te lo explico –muchas veces Zozobra actuaba como la hermana pequeña que juega a ser mamá y Liviana no tenía otra opción que seguirle el juego–: cuando estamos vivos estamos hechos de átomos, ¿no? Son una cosa muy, muy pequeña que no se puede dividir pero que en realidad sí se puede –un pequeñín tuvo a bien ponerse de rodillas encima de Liviana por un rato para intentar tocar los patos de la fuente, algo realmente molesto– ; pues cada uno de esos átomos está hecho casi todo de un espacio vacío y los vivos son una unión de millones y millones de ellos. Así que, ¡están hechos casi todo de espacios vacíos! Solo tendría que coincidir que, cuando se diesen las manos, todos y cada uno de esos espacios coincidiesen sin que la materia se tocase.

 

—¿Puedo darte un beso? ¿Aunque sea pequeño? ¡Un beso muy pequeño! –dijo él.

Ella dijo que sí y se besaron. Se besaron y aún se besaron más. Se acariciaron y se acariciaron aún más. Entonces, caricia arriba, caricia muy abajo, comenzaron a hacer el amor encima de aquella misma mesa de la terraza del bar que hacía esquina, el del toldo verde y las flores en los flancos.

La gente se paraba a mirarles, bien con escándalo, bien celebrando el amor con gritos de «¡hurra!». El camarero salió alarmado a rogarles que parasen de hacer eso y ellos respondieron que, por favor, les trajese algo de beber, un refresco, para reponer líquidos. Si bien su jefe no estaría de acuerdo, el camarero no pudo por menos que tomar nota y servir.

 

—De ser cierto –repuso Liviana–, ese chico podría acabar atravesando a esa chica en cualquiera de las acometidas en que sus caderas chocan.

—¡Sí, sí, puede llegar a pasar! –asintió Zozobra orgullosa.

–No creo que pueda pasar, Zozobra. Imagina la situación contraria: imagina que existiese la posibilidad de que nosotras nos diésemos un abrazo. Con todo lo que tú y yo nos queremos… Y sin embargo somos fantasmas. Del mismo modo ellos /

—Nunca lo hemos intentado.

—¿El qué?

—Abrazarnos.

Liviana palideció hasta casi desaparecer. Estaba ante uno de esos momentos en que las piernas tiemblan y el corazón llama a la aldaba del pecho con fuerza. Estaba nerviosa, tenía miedo, tenía tanto amor dentro…

—¿Me das un abrazo? –pidió Liviana.

—¡Claro! –Zozobra sonrió infantil.

 

Y lo hicieron, claro que lo hicieron, porque este cuento tiene un final feliz, con nuestras dos fantasmas fundidas en un abrazo y nuestros vivos con todo el amor del otro en su cuerpo embutido, en cierto modo atravesados. Así, las leyes de la física, para consuelo de algunos, se mantuvieron fijas y se demostró, en beneficio de otros, que la parapsicología aún tiene mucho terreno que estudiar.

Publicado la semana 20. 16/05/2018
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