Semana
15
Lorenzo Ko

Extra(terrestre)(vagante)

Género
Relato
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Una muchacha un tanto vintage caminaba sola por el casco viejo de una ciudad que resultaba un tanto village. Llevaba puesto en la cabeza un casco viejo, para más sorna, que se quitó a fin de revolverse la cabellera. Se había percatado, al punto, de que andaba sin compañía alguna. Lo de prescindir de las amistades no era algo de extrañar; lo que le llamó la atención es que, a pesar de ser un sábado bien dispuesto a atardecer en el que reinaba una temperatura agradable, no hubiese nadie por las calles. Por no haber no había ni gatos, ni viento. Las terrazas estaban puestas y los locales abiertos, pero personas…

Se frotó con ganas pero no fue capaz de estropearse ese afro rizo suyo. Levantó sus gafas de sol de montura redonda y comprobó que, efectivamente, la luz era extraña; tan profunda y artificial, que parecía como si estuviese dentro de una incubadora o un terrario de serpientes altamente venenosas. Se acercó a la esquina del final del boulevard y se asomó para ver que la ciudad permanecía igualmente fantasma desde esta otra perspectiva.

Para disimular el tembleque –consecuencia de estar cagada de miedo–, se puso a bailar chascando los dedos y dando vueltas sobre sí misma, con una mano en la cadera y la otra apuntando directamente al OVNI gigante que ocultaba el cielo.

Harto del panorama y de esta falta de respeto incívico, el OVNI se encendió en luces estroboscópicas con el sonido de un barco que zarpa –aunque con un timbre sensitivamente más astrológico–. Ni corta ni perezosa, ante tal caleidoscopio lumínico, nuestra ochentera protagonista se animó al grito de «¡Ohh, sí, nena!». Ante lo cual, el platillo volante carraspeó al más puro estilo Encuentros en la tercera fase y aumentó el brillo a una potencia solar en un instante.

—¡Vale, vale! –dijo ella, y se extendió por la cara y los brazos una buena cantidad de crema protectora: se estaba poniendo muy morena.

Un ser hecho todo, en un principio, de silueta oscura sobre luz lanzó una escalerilla de cuerda como si aquello fuese un mero helicóptero y comenzó el descenso. Ella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, sacó un bocadillo de mortadela y una botella de agua de su mochila y se puso a merendar. El extraterrestre tardó en llegar a tierra más de cinco minutos y ella no pudo por menos que pensar, durante todo ese lapso, en el peso de una escalera de tal longitud. Qué pereza, ¿qué no?

En el momento del encuentro una pareja de cantantes doppelgänger del ambiente indie de la ciudad doblaron la esquina. Se sintieron hondamente decepcionados al hallarse ante aquella imagen que ni un espejo habría conseguido. Se besaban ávidamente, dos seres visiblemente idénticos de género opuesto. Ellos, que llevaban exactamente el mismo outfit, creyéndose alternativos, se sintieron ultrajados. Habían desarrollado aquella forma de darse a ver al público tras muchas caladas y la estúpida idea de ser modernos y ahora se veían suplantados. Cohibidos, se volvieron sobre sus pasos sin llamar la atención, cuestionándose si deberían o no seguir el ejemplo y besarse también ellos.

Nunca sabremos el desenlace de esta secundaria y anodina historia porque se alejan demasiado y no pretenderéis que corra tras ellos en pos de un desenlace incierto. Ni hablar, calzo zapatos nuevos.

El ultraplanetario ser, aún ciclópeo a la vista de su terrestre amante, paladeó aquel nuevo sabor. Sabor a mortadela. Se llevó los dedos a la boca tratando de arrancar los restos de una saliva impropia de sus papilas gustativas y exclamó:

—¡Perdón, me he equivocado!

—¿Pero… vienes en son de paz? –no juzguemos a nuestra protagonista; era una cinéfila empedernida y se consideraba preparada para entablar este tipo de diálogos con la mayor dignidad.

—De paz y amor, hermana – levantó índice y corazón y sonrió. En fin, en su favor diré que los viajes ultraplanetarios suelen ser fatigosos y desquiciantes.

—Entonces no hay problema, brotha. ¿Quieres fumarte uno?

—¿Es eso algún tratado de concordia de tu raza? –No, no lo es. Tiene relación con algunas variantes antibélicas establecidas en las que la paz se firma con, digamos, profundas aspiraciones, pero nunca se dio un caso como el que acontece en este relato.

—No te he entendido una mierda – ¿Por qué será que no me extraña? Mierda. ¿Dónde ha quedado la imparcialidad del narrador omnisciente?–. Mira, he comprado una weder que flipas a un pavo de por aquí. El tío era un colgao de puta madre, le he sacado una rebajita y todo.

El extraterrestre pareció pensárselo un momento y después propuso:

—¿Te importa si nos lo montamos en plan tranqui en mi kelo de camino a Semáfora 4.7.01?

—Donde gustes, pimpinelo –claudicó ella, probablemente inconsciente de lo que eso podía significar.

Y se subió con él en su nave espacial –donde el espacio era, es justicia recalcarlo, más bien escaso–. Huelga decir que, a pesar de la creencia popular prolija en inspecciones gástricas,  no llegó a meterle una sonda por el culo, pero quién sabe qué otra cosa cabe.

 

No sabéis lo que me cuesta subir cuento esta semana, pero me obligo a hacerlo para retomar esta cosa tan bonita. He quedado finalista en un certamen con un cuento muy loco y quería subir aquí un cuento del mismo palo.

Nace de un dibujo de mi amiga Gracia y contiene pullitas a artistillas vallisoletanos. No sé si es bueno. Sé que es divertido, al menos para mí. Espero que os guste mucho.

Publicado la semana 15. 15/04/2018
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