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Letronauta

Buenas noches. Buena suerte.

–10, 9, 8…

–motores al 90%

–7, 6, 5…

-Todos los sistemas en línea.

-4, 3, 2…

–1 –se adelantó en voz baja a la torre de control.

–1, ¡despegue!

La llamarada de los motores del cohete pudo verse a kilómetros de distancia. Era la novena misión espacial del año (la décima si se contaba la trágica Tarvos III que explotó poco después de salir de la atmósfera).

Al volante de la nave un hombre, sólo un hombre, la misión no necesitaba más.

El año, 2048. Hacía casi una década que la humanidad había activado el plan Éxodo, intentando encontrar plantas habitables y colonizarlos, en un esfuerzo desesperado por no extinguirse junto con la Tierra, esa pequeña esfera azul que había sido su hogar desde siempre.

–Control de misión, aquí Argos VII, estoy saliendo de la órbita terrestre, repito, estoy saliendo de la órbita terrestre. Cambio.

–Aquí control de misión, recibido Argos VII, fije curso a 55 Cancri e. Todos los sistemas funcionando correctamente. Este será nuestro último mensaje hasta que pueda instalar la base de comunicaciones en su destino. Cambio y fuera.

–Cambio y fuera.

El solitario capitán presionó un montón de botones y, mientras se le escapaba una lágrima, la pantalla principal comenzó a parpadear:

“Destino aceptado.

Tiempo estimado de viaje: 17 años.

Iniciar hibernación”

Poco le preocupaba la duración o que casi con seguridad era una misión con boleto sólo de ida. Sabía que su vida era un pequeño sacrificio a cambio de salvar lo poco que quedaba de la raza humana.

El cambio climático, le habían enseñado en la escuela, aceleró su paso, convirtiendo poco a poco a la Tierra en una roca difícilmente habitable para los hombres. Los gobiernos se unieron como nunca en su historia, con la esperanza de encontrar otro planeta, uno lo suficientemente cerca para dominar.

Una misión tras otra fracasó.

O no tenían bastante agua, o su atmósfera estaba llena de gases venosos para los débiles pulmones humanoides, o las temperaturas descendían a -480 ºC por la noche. Entonces, un pequeño observatorio en los desiertos africanos le dio esperanza a la humanidad.

A unos cuántos años luz, aquí mismo en la Vía Láctea, había encontrado un planeta con grandes posibilidades de albergar vida, 55 Cancri e le llamaron. Los científicos se alegraron no sólo por su enorme similitud con la tierra, sino porque al parecer, el planeta recién hallado estaba cubierto por grafito y diamante. “¿Se lo imaginan? –decían a la prensa al anunciar el descubrimiento- un enorme diamante del tamaño de nuestro planeta podría ser nuestro nuevo hogar”.

 

Iniciar hibernación

Iniciar hibernación

Iniciar hibernación

Insistía la pantalla central.

El capitán levantó la mirada. El universo se extendía infinitamente. Aun cuando la estrella más cercana estaba a millones de kilómetros sentía que, de estirar la mano, podría tocarlas. Buscó sus constelaciones favoritas, con las que soñó incluso antes de aprender a hablar, buscó a Orión, al Cisne, al Cangrejo… su mente no pudo dibujar ninguna.

Se dirigió a la pequeña cápsula que sería su cama por los próximos años. Se introdujo en ella. Confiando en que la computadora lo despertaría unos años después, estando más lejos de lo que ningún ser humano había llegado jamás.

Iniciar hibernación

Confirmó la orden esperando no tener pesadillas, más pesadillas sobre la extinción de su raza.

Confirmó la orden deseando que, al despertar, sus ojos encontraran un diamante gigante flotando y brillando en perfecto equilibrio, en eterno silencio.

Confirmó la orden suplicando, poder despertar a una nueva era para el hombre.

 

Publicado la semana 31. 01/08/2018
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