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Letronauta

Montañas de sal

Existe allá, bañada por las aguas del Pacífico, una playa que no aparece en ningún mapa. Una playa con la que sueño cada noche. 

Al despertar por la mañana, entre apagar el despertador y restregarme el cuerpo con jabón, podré oler el mar, escuchar las olas ir y venir a un ritmo invisible y sentir en mis manos los dientes filosos de la arena.

Cuando camine a la cocina, ya vestido y luchando contra la corbata escucharé el suelo crujir, como si estuviera en aquel muelle carcomido por cangrejos y el padre tiempo. Siempre he creído que un muelle es el lugar más triste del mundo; la tierra termina ahí, el mar llega a morir ahí.  

Mientras desayuno cereal –extra crujiente con malvaviscos– parece que el sol quiere entrar por mi ventana, pero no es él. El resplandor, blanco y lechoso viene de aquello que mis ancestros me han prohibido tocar. Pero, ¿cómo puedo resistirme a las montañas de sal bajo cuya sombra mi familia ha echado raíces? Ninguna advertencia, maldición ni conjuro es suficiente…

El plato vacío al fregador, me ato los zapatos, una última mirada en el espejo para asegurarme no haberme saltado ningún botón esta vez. Salgo corriendo al trabajo.

El primer semáforo en el camino me detiene y una muchedumbre de peatones se apresura a llegar a la otra acera. Niños uniformados arrastrando gigantescas mochilas, hombres con trajes y teléfonos celulares que parecen más una extensión de su brazo que un aparato electrónico desechable, mujeres en tacos altos y peinados firmes con vasos de café pretenciosos y desechables, hombres descalzos y sin camisa cargando pesadas cestas llenas de pescados y vísceras marinas…

Sigo a éstos con la mirada hasta que han cruzado por completo y se pierden detrás de un edificio de cristal brillante que parece acariciar las nubes. El auto detrás de mí suena la bocina, una, dos, tres veces. Arranco y sigo mi camino.

Al mediodía, sentado en mi diminuto cubículo recordaré del sueño nada.

Ni el crujiente muelle, ni los hombres de piel curtida y sin camisa, ni las escandalosas gaviotas que se aventuran a robar un putrefacto bocado de aquellas cestas gigantes.

El jefe me llama a su oficina.

Una habitación con las paredes cubiertas de diplomas, reconocimientos y fotos familiares. La enorme ventana de nada sirve, tiene una vista terrible hacia un edificio abandonado lleno de gatos callejeros y grafiti de dudosa interpretación.

Cuando me siento frente al escritorio, mi jefe no es mi jefe. Es un hombre envuelto en una bata blanca que me da los buenos días y me pregunta cómo me siento. No lo recuerdo a él ni su nombre –Dr. Mario Olivera, dice la pequeña placa metálica–.

–¿Y bien? –me pregunta sin levantar la mirada de un pequeño cuaderno en el que garabatea–. ¿Tomaste tu medicina hoy?

–¿Mi qué? –no entiendo qué está pasando–. Debo regresar a mi escritorio, tengo mucho trabajo y no creo…

–¿Tomaste tu medicina hoy? –mi “jefe doctor” insiste, esta vez mirándome por un instante.

–Debo regresar a mi escritorio, tengo mucho trabajo…– No termino la frase.

Dos hombres vestidos de verde mar, altos y de piel curtida me flanquean, me toman por los hombros, me levantan y me encaminan a la puerta.

–Sabes que no podemos hablar si no sigues el tratamiento, pero no te preocupes, Sergio –me grita mi “jefe doctor” que ahora me da la espalda– te sentirás mejor después de tomar tu medicina.

Uno de los hombres altos empuña una gruesa jeringa.

Mientras me llevan por el pasillo miro por el rabillo del ojo hacia todos lados, no me atrevo a mover más que mis pies. No hay oficina, no hay cubículo, no hay traje ni corbata.

Y mientras mis guardias abren una pequeña puerta y me empujan dentro, me doy cuenta que no traigo encima más que una delgada bata.  

Forcejeo un poco al ver las correas sobre la cama, que es el único mueble que adorna la pequeña habitación sin ventanas, tan pequeña como el cubículo que acababa de imaginar.

Y mientras desenfundan la jeringa un sabor invade mi boca, un sabor a sal que se quedará conmigo hasta la noche, cuando llega de nuevo la hora de dormir.

 

Publicado la semana 25. 18/06/2018
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