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Letronauta

TERREMOTO

Dania se asomó a la ventana.

Los techos de las casas estaban ya pintados de blanco. La primera nevada de la temporada se había adelantado. A la chica le encantaba la nieve.

Sentada detrás del cristal, perdía la mirada entre las bancas del parque, los faroles callejeros y la gente apresurada en llegar a ningún lugar. El resplandor lechoso de la nieve lo cubría todo, la ciudad entera parecía estar hecha de azúcar.

Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro, pero se contuvo violentamente. Su mundo blanco de sueños venía con un precio, y estaba a punto de pagarlo.

Escuchó un rumor bajo sus pies.

Dania contuvo el miedo en una mueca. Las cejas fruncidas, los labios firmes cual soldado raso agazapado tras la barricada... El terremoto estaba por llegar.

Corrió a ponerse a salvo bajo su mesa. Cerró los ojos justo en el momento en que todo comenzaba a sacudirse. Estaba acostumbrada. Su casa era ya a prueba de temblores, pero esa mañana había estado limpiando y olvidó sujetar las repisas de la sala. Con angustia vio cómo sus pequeños osos de cerámica se acercaban zumbando al vacío, caían uno por uno y se hacían pedazos.

En la pecera, junto a la puerta del baño, un tsunami de proporciones infantiles arrastró de un lado a otro el pequeño castillo de plástico y a Serapio, su pez dorado, con él.

En la sala, justo al centro, una vieja y oxidada araña que poco iluminaba. Algunos podrían pensar que la media luz era romántica, para Dania era la senilidad de las bombillas. La conservaba a propósito, pues medía la intensidad de los temblores diarios con el tintineo de las cuentas de cristal, ignorando las escalas científicas.

La ciudad dejó de agitarse.

Dania corrió hacia la ventana. El temblor podía haber dejado en paz a la ciudad, pero en su pecho, el corazón, seguía sacudiéndose. Miró en todos lados con la respiración atorada en su garganta.

No parecía haber ningún edificio derrumbado, tampoco había personas corriendo en las calles ni helicópteros sobrevolando la zona de desastre. Como hasta hace unos instantes había hecho la nieve, el silencio ahora lo cubría todo.

Dania alzó la vista y alcanzó a ver al gigante cuando dejaba la esfera de cristal sobre el escritorio, cuando la dejaba a ella y su ciudad de juguete en el escritorio.

Y mientras levantaba del suelo los pedazos de osos, la nieve de plástico, comenzó a caer.

Publicado la semana 19. 10/05/2018
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