Semana
38
Juan Palomo Calleja

UNA BIOGRAFÍA CUALQUIERA (II)

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No ficción
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UNA BIOGRAFÍA CUALQUIERA (II)  

El niño a los cuatro años fué entregado en depósito a una guardería pirata.

Recuerda la maldicha guardería, ahora las llaman "Escuelas Nido", donde  guardaban a la vez que custodiaban a los niños sobrantes de familias que no podían permitirse pagar una guardería legal y privada. Públicas no, no había. Las señoras casadas entonces eran amas de casa y la profesión habitual era sus labores.

Era un lugar oscuro, tétrico, mucho mucho frío; con escaños y pupitres de escritura enormes, grandísimos, con un extraño círculo en bajorelieve a la derecha. Muebles de viejo desechados por alguna escuela ancestral de muchachos más mayores. El circulito en bajorelieve servía para dejar el tintero abierto y que no se volcase ni resbalase por el plano inclinado de la tabla del escribano. Evidentemente, no nos dejaban usar un tintero y mucho menos abierto. La tinta iba cara, no fuera que nos la bebiéramos.

Recuerda el autor niños a su izquierda y a su derecha, posiblemente tres chiquillos en cada banco, compartiendo una misma mesa. Bien hacinados para mayor lucro de la pirata.

Ni sillitas para cada uno, ni mesas redondas, ni paredes pintadas en figuras naïf ni cartulinas pegadas con chinchetas con las pinturas de los niños, ni luz, ni sol, ni ventanas. Sólo muchos niños en filas de a tres por pupitre, juntitos paliando el frío - como pingüinos en la Antártida -, bajo una sola bombilla de 80 w de las antiguas. 1968, cuando los " Planes de Desarrollo " apenas empezaban a surtir efecto.

Los Planes de Desarrollo Económico redactados por economistas expertos y muy cualificados, no por capitanes de artillería como en los primeros planes. Los buenos planes económicos, los últimos. Éstos no tenían que rectificarse cuando el Jefe de Ombligolandia no otorgaba el placet. Le costó unas pocas décadas enteneder al Jefecísimo que el tipo de cambio de moneda no se calcula según si a su niña Carmencita le iba mejor que un dólar costara cien pesetas, a los efectos de poder realizar compras en New York sin hacer multiplicaciones de difícil resolución

El ahora adulto recuerda un patio minúsculo donde culebreaban muchos muchos niños, como en caja de  gusanos de pescar, demasiados para tan poco espacio de esparcimiento.

Porque esparcidos no podíamos estar, más bien prietos. Veinte y pico chiquillos pretos en cuatro paredes de cemento altísimas comparadas con nuestra estatura,  y hormigón en el suelo.

La seguridad y prevención de riesgos de accidentes infantiles no se contemplada con la pulcritud debida en las guarderías piratas de la época.

Era un patio trasero,  de los bajos de inmueble antiguo del barrio que antes era pueblo. Solían ser dos puertas por planta, de tres o cuatro alturas máximo. Posiblemente la planta baja estaba ocupada por una sola vivienda individual, algo más grande que las de pisos superiores. Algo más grande según criterios del siglo XIX, claro. La vivienda tendría dos alas, a cada lado de la entrada principal y escalera del edificio. Un ala para residir y la otra para el negocio de pupilaje de niños.  

El patio no tenía juguetes, ni columpios, ni toboganes, ni pelotas infantiles, ni sol, ni aire, ni flores..., tampoco llegaba suficiente luz natural. Sólo ladrillo y cemento por las cuatro paredes. Mini rectángulo formados tres  lados de dos fachadas laterales más trasera adyacentes y el muro donde estaba la puertecilla de acceso.

Lo recuerda así, o así se lo dicta la memoria. También recuerda, ahora sí perfectamente, que otro niño le saltó por la espalda hasta la grupa, y mucha sangre por la boca. Tocaba a dos palmos cuadrados por mocoso y algunos niños de cuatro años necesitaban correr y saltar y jugar y esas cosas que hacen los de ahora.

¿Porque el adulto recuerda con tanto detalle la guardería en donde sólo estuvo un año a la tierna edad de cuatro?.

Porque el niño se cagaba de miedo en esa residencia de prolífica  Familia Adams.

La maestra, entonces había muchas maestras de dudosa titulación, era una vieja gruesa gris grasa gritando.

Y miope magna, gafas de miope miope, de lente y pasta gorda como sus brazos.

Con cuatro años el niño tenía la suerte de que su mamá le acompañara a la guardería. Con cinco años ya no.

El niño tenía cierta intolerancia a la leche embotellada de las de antes. La leche de antes tenía un 60% de agua, un 30 % de leche y un 10 % de grasa de a saber que cosa. Saber lo que es saber, sabía a moco blanco y queso agrio con azúcar revenido.

Además se la tenía que tomar hervida. Se formaba una tela asquerosamente  flácida al calentarla. Lo que la hacía más repugnante. Y así hasta los seis años. Todos los días, todos.  

Le era servida por su mamá en un plato sopero, al que  añadía unas rodajas finas de pan seco. Ya entonces le salía barato el nene. El recuerdo me produce náuseas, ya no vómitos. Su mamá no le daba otra cosa, y esta cosa que le daba se la metía a cucharazos - como los franceses engordan el hígado de la oca - hasta que vomitaba, regurgitaba el bolo espumoso o llegaban las arcadas.

El niño ya mayor conoció la versión de la madre: "el niño vomitaba para no ir al colegio, me tenía harta el crío de las narices".

Por supuesto que no quería ir a donde el gordo ángel caído guardador custodio, claro que  no quería ir a pasar frío, a que le rompieran los dientes, y a sentir temor.

Pero vomitaba de asco e intolerancia digestiva. El adulto no tolera todavía la leche y mucho menos caliente. El adulto tiene 54 años.

Dejémoslo aquí, de momento.

 

Publicado la semana 38. 23/09/2018
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