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Juan Palomo Calleja

DESINTOXICACIÓN (emocional)

DESINTOXICACIÓN (emocional)

 

Ahora a la desintoxicación se le llama “deshabituación” y uno entra en un centro médico para deshabituarse del consumo de sustancias o de conductas.

Sí, también de conductas: cuando el grado de dependencia a las compras, la gimnasia, el juego, el sexo, los dispositivos móviles, el trabajo, videojuegos etc. afectan de tal manera a la vida del enfermo dependiente que causa tal trastorno a sí mismo y a su entorno que impide un normal desenvolvimiento personal y social.

Porque queda menos peyorativo y porque no sólo comprende sustancias sino también conductas, se llama deshabituación.

Es un primer paso, una etapa muy inicial: parar el consumo en un entorno protegido y profesional.

Salvo muy contadas excepciones, vinculadas generalmente a la heroína, no se dan escenas típicas de las películas, en plan yonki poseído por unas convulsiones demoníacas.

En los casos de dependencia física magna se lleva a cabo un período de desintoxicación en otra unidad.

La mayoría no pasamos por eso, sino que hemos cortado de raíz con el consumo al ingresar.

Vigilados, eso sí, y tranquilizados en mayor o menor medida por fármacos. Pero no sedados de forma generalizada.

Quien no conoce el asunto o quien no lo quiere conocer piensa que el “mono” no nos lo quita nadie, que durante unos días parecemos mandriles, o que nos tienen atados a las camas atiborrados de tranquilizantes.

No, dejar el consumo una vez entras en el centro de salud mental es fácil, sorprendentemente fácil. Y lo afirmo con rotundidad, si así no fuera no aguantaríamos ni 48 horas en ese ingreso voluntario. Insisto, nadie nos obliga y en cualquier momento podemos pedir el alta voluntaria y no se nos puede retener -salvo mandato judicial, muy excepcional sólo en caso de incapacitaciones-.

Es tan fácil que resulta engañoso para el enfermo, hablo de mi experiencia.

Éste fué mi segundo ingreso, el primero por suicida pero yo ya era alcohólico -ahora lo se-, este segundo ingreso: DUAL; psiquiátrico y dependencia.

Pues en mi primer ingreso no pude ni fumar. Y no necesité ni un chicle, todo y que me ofrecieron parches de nicotina. Nada de ansiedad, ni temblores, ni nauseas, ni malestar.

Fué asumir el ingreso y sacarme de encima el enorme peso de las responsabilidades que quedaban fuera, del entorno dañino, de la familia, del trabajo.

Fué ingresar y saberme cuidado y protegido de mí mismo, el único responsable y mi principal amenaza.

Y eso es engañoso porque piensas: “yo no tengo ningún problema con…”; “¿Ves como puedo dejarlo cuando quiera?”.

¿Qué pasa entonces?. Pasa que la dependencia en mi caso y en el de la mayoría de compañeros y compañeras era dependencia psicológica.

Yo dependía del tóxico para huir, tapar, alejarme, evadirme del sufrimiento. Escapar de una toxicidad con otra toxicidad

Escapar de la toxicidad emocional.

Escapar de mala manera, “un clavo saca otro clavo”;no. Un clavo clava más profundamente el otro.

El problema viene cuando sacas sólo uno de esos dos clavos: el clavo del consumo. Fácil: te encierras voluntariamente en un centro sin poder salir y dejas de consumir porque no hay sustancia ni posibilidad de conducta, porque estás alejado de lugares perniciosos y personas tóxicas, porque te aíslan y alejan de fuentes de tensión o preocupación. Porque te mantienen ocupado recuperando hábitos de sueño, higiene, alimentación, ejercicio...

Pero si no haces algo con la cosa emocional la recaída es segura.

¿Porqué?, porque estás intoxicado emocionalmente.

Y puede que tú también, aunque no hayas generado una drogodependencia.

Lo difícil, pues, es sacar el clavo tóxico-emocional. “Yo no tengo eso”, dirás, pues “tienes muchos números”, diré, “no me jodas Juan Palomo”; “no te jodo pero:”

Cuando no escuchas a los demás, ni te paras a escucharte a tí mismo/a, incapaz de bajar la tensión, reaccionas de forma impaciente, percibes agresiones, pierdes el control.

Te pones a la defensiva, cualquier discrepancia es para tí un ataque personal, niegas tu baja autoestima con soberbia fingida, no reconoces tus aptitudes y capacidades, exageras tus carencias y limitaciones, te sientes inútil e incapaz de resolver.

Ira, alegría, tristeza, miedo, asco a flor de piel. Sin solución de continuidad, todo o nada, sin el tamiz de la razón, sin pararte, sin escuchar tus sentimientos.

Sabes que hay algo que debes cambiar en tu vida, pero no te atreves, miedo a lo desconocido, a salir de esa supuesta zona segura o de confort que sólo hace que producirte insatisfacción. Dejarías el trabajo, a tu pareja, mandarías al carajo a tu propia madre, cambiarías de lugar de residencia pero… temes “soltar”, estás apegado a algo o alguien que sabes te hace sufrir pero a la vez dependes de él o ello.

¿No te sale la vida como habías planeado?, te frustras, te limitas, te machacas, te culpas. No, culpas a los demás; tú eres muy bueno/a, son los demás los que sabotean tu vida, te agreden, se aprovechan de tí.

Por eso retuerces los argumentos en cualquier discusión, culpando al otro sin revisarte tú, sin escuchar ni ponerte en lugar del otro, sin empatía, con una pereza mental y una memoria selectiva que no te atreves a reconocer.

Y estás agotado/a.

¿Sigo?

 

Publicado la semana 34. 23/08/2018
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