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Juan Palomo Calleja

"YO NO DEBERÍA ESTAR AQUÍ"

“YO NO DEBERÍA ESTAR AQUÍ”

Claro que debía estar, en la Unidad de Agudos, de un Centro de Salud Mental, para un ingreso de Larga Duración.

Y debía estar allí porque los dos últimos intentos fueron muy serios, más frustrados que intentados.

Fui ingresado con muy malas artes y al descuido. El compadreo entre dos psiquiatras y mi pareja fue deleznable: mala fe, engaño, alevosía, felonía y simulación sin que se notara el disimulo son impropios de gente tan venerable: dos doctores en medicina y la madre de mis hijos.

A lo tonto a lo tonto me encontré en un cuartito del Hospital Clínico, vigilado por una enfermera cuyo trote cochinero cada vez que me quejaba hacía temblar el suelo.

Yo algo sospeché cuando entramos por Urgencias, llenas tal que vagón hindú, y sólo ver la recepcionista el contenido del sobre, entregado por mi fiel a la par que hideputa acompañante, fuí amable pero firmemente depositado en una silla de ruedas de la que no me levantaría hasta mucho después, y en otro establecimiento más encerrojado.

El resto de usuarios de la sala de espera de Urgencias me miraban con la típica animadversión hacia el enchufado, aunque ninguno se quejó. Yo me sentí, en un principio, importante; pero cuando pensé que: “los demás esperan y a mí me llevan pa’ dentro”, deduje la jodienda de mi estado.

Un buen rato estuve esperando, no sabía para qué. No lo sabía yo porque el resto de la humanidad conocía de sobras que me iban a ingresar “voluntariamente” en un manicomio.

Y lo que no sabía es que estaban esperando ambulancia para mi traslado. Ambulancias hay muchas, pero ambulancieros de dos metros de alto por uno y medio de grosor hay menos. También debía ir con la doctora adscrita a tal servicio, ésta más menuda y chiquitilla, lo cual engrandecía el tamaño de las jeringuillas talla XXL que muy a mano tenía durante el traslado. Lo que sigue ya te lo he contado en la primera entrega, inicio de estos relatos.

En consecuencia no es que yo afirme que no debería estar allí en el CSM, sino “¿que me ha pasado para acabar aquí?”

Pues que fui ingresado para que no me matara, te he descrito anteriormente; bien, esa es una razón -de bastante peso, claro-, pero no la única, tal vez la última pero no la única.

Y es que estar en lo más hondo de un pozo, cavado en el fondo de una cueva que se encuentra en lo más profundo de un túnel excavado bajo una inmensa montaña de mierda; estar en la no-vida del terrible dolor emocional no pasa por una sola razón, generalmente.

Sucede por diversos motivos, algunos escapan al origen consciente o inconsciente de uno -los menos-, otros motivos tienen su origen y descontrol en nuestro interior -los más-.

Los motivos que escapan a nuestra elección son pocos:

si todavía cigoto la genética se combina de tal manera que heredas una tendencia al trastorno mental. Si la cigüeña te suelta en una zona geográfica determinante. Si tus padres no se han leído bien el manual de instrucciones de la buena crianza -que no existe-, y te han atendido con poco acierto emocional.

Pues no fuiste libre de elegir tu genética, lugar de nacimiento y familia; y estos factores condicionarán tu futuro emocional.

Ahora bien, que no elijas esos factores no excluye tu aprendizaje en su interpretación y tu gestión emocional del resultado de dichas circunstancias. No puedes cambiar tu genética, tu lugar de nacimiento ni a tus padres; pero sí la manera en que reaccionas a dichos elementos.

Yo no reaccioné bien.

Y hay un segundo grupo de motivos que sí son de elección. ¿Libre elección?: puede que no y generalmente sí. Lo matizo:

No siempre uno tiene un grado de conciencia suficiente para elegir libremente aquello que es mejor para uno y no perjudica a los demás, pero siempre -insisto- siempre es elección propia.

Yo no elegí bien.

He dicho más arriba que nunca es un solo factor el causante del hundimiento emocional y sus consecuencias. Entre diferentes enfermos hay diferentes causas:

Pixie sufría trastorno obsesivo compulsivo, se autolesionaba, se intentó suicidar varias veces. ¿Genética?, puede; Pixie era de origen gitano en un país del Este donde los orfanatos dejaban mucho que desear y donde no era excepcional que las madres embarazadas fueran como mínimo alcohólicas. Fué adoptado por dos padres excelentes cuya genialidad profesional en el campo de la psiquiatría no evitó al trastorno o trastornos que sufre.

Dixie, esquizofrénico paranoide. De origen y familia cercanos. Desarrolló en la veintena su enfermedad. Era buen profesional y se ganaba bien la vida, hasta que lo suyo fue a mayores. ¡Qué guarro que era, el cabrón¡.

Te he hablado de ellos en las entregas 2 a 4.

Barrabasa, mi anoréxica preferida. Daba miedo verla, parecía una figurita de cristal. Buena familia, dos hermanas “normales” y ella como una puta cabra. Puro nervio, genuina ansiedad, de las de muelle en el culo. Entrega 5

Android, esquizofrénico y psicótico. Tenía al menos la suerte de que se notaba de inmediato que “no estaba bien”, con lo que gozaba de cierta condescendencia social. Única ventaja. Lo suyo era claramente de origen químico cerebral. Entrega 6

Lina, ansiedad y depresión, así como varios intentos de suicidio. Claro origen traumático: la violaron cuando era apenas una chiquilla. Entrega 7

Estos compañeros han merecido un capítulo cada uno con la finalidad de ahora ponerte de manifiesto que hay diversos orígenes o factores de un trastorno psiquiátrico, estos factores influyen en las consecuencias personales, familiares, sociales.

Pero es que sucede que hay diversos factores no entre diversas personas, sino que un mismo paciente de lo mío -síndrome ansioso depresivo- sufre diversas consecuencias por diversas causas que se han aliado con perversidad suficiente para provocar una etapa mayor o aguda de trastorno mental, el dolor emocional consiguiente y, en muchos casos, toxicomanías; sean éstas conductas que producen dependencia: vigorexia, compras compulsivas, anorexia, ludopatía; o sustancias que provocan la dependencia: alcohol, drogas, fármacos, hasta jarabes para el resfriado con codeína.

Y este es el caso del Saturnino, también capitulado en una entrega anterior, la 8

Satur y un servidor nos hicimos muy colegas en el CSM. Supongo que porque teníamos muchos elementos en común. Nos sentíamos identificados por la coincidencia de nuestras vivencias y dolencias.

Satur de capullito en el seno de su madre  le tocó heredar los genes de su familia materna -tarados varios en diversas y profundas dolencias mentales-. No le fue dada una infancia feliz. Sus padres lo educaron con métodos que ahora no se admitirían. Casó con una ególatra con rasgos paranoides. Fue víctima de una perfidia prolongada con motivo del divorcio con hijo chiquito. Trabajaba y estudiaba desde los trece años, ya maduro trabajaba como un chino en un ramo muy estresante Casó por segunda vez con una señora que en la mochila llevaba dos malignos narcisistas disfrazados de afables suegros.

Enfermo diagnosticado a los 19 años, medicándose desde entonces todos los días, sin dejar de estudiar y trabajar etc, etc.

Después de 30 años de trastorno ansioso depresivo devino enfermo dual: trastorno psiquiátrico más drogodependencia, al alcohol y al final cocaína.

¿Lo estoy justificando?, no. Nadie le obligó a su primer atracón etílico, nadie le obligó a su primera raya. Solo él es el responsable de tales decisiones, sin excusas. Total y absolutamente responsable, sin opción a culpar a los demás de sus actos propios, de sus decisiones equivocadas.

Pero ello no obsta a que no deba ser entendido o comprendido. No justificado, en absoluto, pero tiene derecho a comprensión. Nada más, pero no menos.

Publicado la semana 18. 03/05/2018
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