Semana
14
Juan Palomo Calleja

DATE LA VUELTA, CARIÑO.

Género
No ficción
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Hay tres momentos en el horario del manicomio edificantes para el enfermo psiquiátrico y su personal sanitario que destaco:

Uno,  cuando engullimos  las pirulas. Ya te comentaré más adelante lo a gustito que nos quedamos tras ingerir esas maravillas de la ciencia.

Dos, cuando los afortunados que son merecedores de confianza suficiente, salen del claustro hospitalario un par de horitas; todo y que deben regresar a las 18 h. en punto, so pena de castigos medievales.

Tres, cuando traen el rancho. También te comentaré, por lo que tendrás que seguir leyendo

En los manicomios modernos, léase en los Centros de Salud Mental Larga Duración, antes también llamados frenopáticos, podemos salir a la calle en según que casos; previa autorización médica, por supuesto.  Los que ingresamos por suicidio no, ni solos ni acompañados al principio, acompañados por un familiar directo al cabo de un tiempo, que firma dos o tres mil exoneraciones de responsabilidad.

Hay muchas diferencias entre  los centros de salud mental de ahora y los frenopáticos de antaño.

Bueno, yo no se en los manicomios pretéritos, pero en los CSM de ahora hay   excelentes equipos de profesionales; desde el/la psiquiatra que te ha tocado en suerte, pasando por su psicólogo adláter, enfermeros, enfermeras y cuidadores, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales. Todos ellos conchabados en pos de tu curación o mejora.

Dichos recursos humanos merecerían un capítulo laudatorio entero, pero luego se vienen arriba  y no se lo curran trayendo el aceite de oliva o la sal de sus casas, o no nos compran con su dinero los balones o las palas de ping-pong (Juro por Onán que es absolutamente cierto).

A lo que iba, tras dos semanas sin salir a la calle sienta bien pasear cercano a otros individuos sanos o  no diagnosticados que campan a sus anchas más allá del recinto hospitalario. (*)

Te sientes casi NORMAL. No curado, pero no muy diferente a los normales que andan por la calle. Nadie nota tu dolencia, por fuera eres como ellos, pero tú te hospedas en un centro de salud mental.

Salir un día y sentirte normal, junto a la ayuda entre compañeros de locódromo, contribuye en grado sumo a tu mejoría.

Impagable el morbete a la vuelta del permiso cuando la enfermera del turno de tarde te cachea el culo con más contumacia de la debida tras susurrarte con lascivia contenida:

“date la vuelta, cariño “

Tal cacheo tiene como finalidad joderte el business del contrabando interno de tabaco, alcohol, teléfonos móviles, cortauñas, gel o champú, colonia y demás pertenencias prohibidas en el establecimiento.

 

(*) Una de cada dos personas precisará a lo largo de su vida asistencia por algún tipo de trastorno mental

El 22% de la población padece episodios de ansiedad y depresión

Menos del 25% de los afectados es diagnosticado y tratado correctamente

Fuente: FEAFES


Tal y como he descrito más arriba que te sientes casi “normal”, por fuera eres igual que las demás personas. No me gusta el término “normal” o anormal. Anormal es el que se sale de la norma, del corral en el que todos queremos permanecer, el corral de la semejanza dentro de unos parámetros preconcebidos que nos dan tranquilidad y seguridad. El “anormal”, el diferente provoca temor.

Y si el diferente es aquí -Europa-, pero no allí -África- ya empezamos a joderla con prejuicios racistas, religiosos o culturales.

Y los trastornos psiquiátricos son susceptibles de prejuicio, negativo además; se llama estigmatización: estás marcado con la diferencia. Pero es una marca que no se ve ni se toca por el prejuiciador, entonces produce más incertidumbre e inquietud en el enfermo mental.

Al salir de permiso unas horas al día miras con envidia a la gente “de fuera”, que no está ingresada, y te sientes casi “normal”. Tú mismo te prejuzgas, te estigmatizas, te diferencias y te pones en cuarentena; por eso estás en el manicomio ¡que coño¡

Entonces te cuelgas la etiqueta antes de que lo hagan los demás, aparentemente normales, y esta etiqueta de “loco” te incrementa el dolor emocional que ya llevas en la mochila de tus experiencias vitales.

Has sufrido en silencio el trastorno de la ansiedad y/o depresión, aunque tu vida y relaciones con los demás quedan muy afectados. Percibes que no estás actuando de forma “normal”: irritabilidad, dificultades en la concentración, decisiones incorrectas, manifestaciones físicas psicosomáticas ya descritas etc. Y tienes miedo de hacer daño y hacerte daño. Digo hacer daño no como agresión física sino actitudes hirientes a quienes te rodean. Y aparece la vergüenza, la culpa y el arrepentimiento y la impotencia, la falta de autocomprensión y, si tú mismo no te comprendes, ¿cómo te van a comprender los demás?

Y si tu entorno no te comprende difícilmente te va a ayudar.

La ansiedad angustiosa no es un momento o período puntual de tensión o estrés, va mucho más allá en el tiempo y la intensidad es variable pero permanente, se cronifica, “distímico” se le llama al trastorno entonces.

Si detectas anormalidad en tu comportamiento, capacidades o cuerpo durante un período de tiempo más allá de la mera puntualidad causal, si no sabes qué te está pasando o porqué; no te lo ocultes, no te lo niegues, ves al psiquiatra, no pasa nada no estás loco sino que formas parte de esa mitad de población que necesita ayuda psiquiátrica en algún momento de su vida. Es tan probable que necesites ayuda psiquiátrica y/o psicológica como de probable es pillar una gripe, ¿porque te callas lo primero, pero vas al ambulatorio a la más mínima para lo segundo?

La dolencia mental tiene tratamiento, y puede curarse, y pueden ayudarte pero

¡PIDE AYUDA¡

 

Publicado la semana 14. 04/04/2018
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