05
José Serrano

Otro año más, otra vez aquí

Apenas quedaban unos minutos para las doce. Al otro lado de la ventana, una densa oscuridad envolvía los árboles, escondiendo promesas de misterio y terror. El ulular del viento devoraba cualquier ruido que pudiera llegar de la ciudad y su gemido a través de las ventanas en mal estado se complementaba con el repiqueteo de una rama en el cristal. En medio de esta calma inquieta, un trueno resonó en la distancia, y comenzó a caer una ligera llovizna mientras el cielo se iluminaba, llenando de sombras la noche.

Tumbado en la oscuridad, mientras observaba insomne el techo, me sentí vigilado. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me arrebujé en las sábanas con la esperanza de que éstas me protegieran. Otro destello iluminó la habitación. Vi perfectamente una figura alta recortada contra la pared, mirándome. Con un grito apenas contenido en mi garganta, encendí la pequeña lámpara de mi lado: no había nadie. Con el corazón en un puño, parpadeé asustado. Definitivamente, habían sido imaginaciones mías.

Conseguí con dificultad conciliar el sueño. Mi imaginación volaba y me planteaba infinitos escenarios, a cada cual peor. Sabía que los fantasmas del pasado me perseguían, y en mi duermevela los veía delante de mi. Los conocía y veía sus caras. Podía llamarlos por su nombre, pues los conocía como a mí mismo.

Me pareció que apenas habían pasado unos segundos desde que caí en el dulce abrazo del sueño. Desperté y escuché un murmullo al otro lado de la puerta. Estaban aquí. De nuevo habían vuelto a por mí. Otro año más, estaban aquí. Y a pesar de que había hecho oídos sordos a mi corazón, siempre supe que volverían. Otro año más. Otra vez aquí.

Sentí congelarse el tiempo. Sólo existía mi respiración agitada y el murmullo amenazador. Al otro lado de la puerta, al otro lado del mundo. Indeciso, me di cuenta de que no me sentía con fuerzas para alzarme y resistir. Con el hastío de quien se sabe conducido por el verdugo, me deslicé debajo de la cama. Sin otro sostén que mi propio miedo, suspiré. Ese suspiro resumió mi vida entera. 

Todo ocurrió tan deprisa que no me permitió reacción alguna. La puerta se abrió de forma brusca, y sentí encenderse la luz de la habitación mientras varios pares de pisadas se introducían apresurados. Tras una breve vacilación, escuché una risa, y la cama se alzó mientras una mano de hierro aprisionaba mi pierna. Entre golpes y resoplidos, me arrastraron fuera del cuarto. Pude ver sus caras, sudorosas y decididas. Eran ellos.

Ni una queja oirían salir de mi boca. No les daría esa satisfacción.

Antes de que quisiera darme cuenta, me soltaron. Sus figuras se recortaban en la ventana con la luz que entraba a través de ella. De pronto, alguien encendió la luz. Los veía delante de mi. Los conocía y veía sus caras. Podía llamarlos por su nombre, pues los conocía como a mí mismo.

- Sois unos cabrones - sonreí, mientras me abrazaban, deseándome feliz cumpleaños.

Publicado la semana 5. 04/02/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
05
Ranking
0 534 0