Semana
07
Jo, Ybáñez

KUMU Y HAUMANA

Género
Relato
Ranking
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La princesa estaba dormida, eso era objetivamente cierto. En su preciosa cama de palisandro y terciopelo, la princesa dormía y dormía y, como nadie la despertaba, siguió durmiendo tiempo y tiempo.

Mientras dormía, la princesa soñaba. ¿Qué puede soñar una princesa?, pues esta princesa soñaba con cielos y mares, con nubes y peces, aves y árboles, flores y animalitos dulces y esponjosos, eso era con lo que soñaba la princesa porque eso era lo que conocía y eso era lo que le gustaba. Y mientras no se despertara, la princesa seguía soñando.

Pero el tiempo pasaba y las flores de sus sueños empezaron a marchitarse. La princesa dormida en su cama daba vueltas y vueltas entre sábanas de seda buscando en sueños flores nuevas y frescas, pero como no sabía cómo cuidar de una flor, al final se le murieron todas.

Entonces puso su atención en los sueños de dulces animalitos. Gatitos y perritos corrían a su lado sobre el césped aún verde. su pelito esponjoso de color blanco, negro, gris y marrón de mil tonalidades le rozaba suavemente la piel, el ronroneo de los gatos la adormecía aún más profundamente, la inteligencia de los perros la hacía reír y jugar en sueños. También acudieron mil canarios y ruiseñores, doscientos periquitos y cien loros de vivos colores rojos, verdes y azules que, con sus trinos y sus gracias, consiguieron que la princesa olvidara las flores muertas.

Y siguió durmiendo felizmente, alegremente, tranquilamente.

Pero ...

Los gatitos se convirtieron en gordos y perezosos gatos y los perritos envejecieron y se cansaron de jugar. Los pájaros perdieron la voz y sus colores se apagaron porque el tiempo pasaba y la princesa no despertaba y no habìa nada nuevo que hacer o que descubrir.

Asì que la princesa se aburrió también de jugar con tanto animalito y en su cama volvió a dar vueltas y más vueltas, harta ya de tanto sueño, pero... nadie la despertaba; así que, para lo que había que ver y hacer despierta, decidió seguir durmiendo y soñar con otras cosas.

¡El cielo!, soñaría con el cielo, el cielo azul era precioso, pasaría el tiempo mirando el cielo, ¡qué maravilla de naturaleza!. , y las nubes blancas moviéndose al compás de la brisa arriba y abajo, ¡y las olas!: espuma rompiendo en la playa, deslizándose sobre la arena, desapareciendo entre los minúsculos granitos. Una ola, dos olas, tres olas, …. mil olas.......

- ¿Aún sigo dormida?, ¿aún no viene nadie a despertarme? -se preguntó la princesa cuando vió venir a la ola número trescientas cincuenta y dos mil cuatrocientos once. Y sí, aún estaba dormida.

Y pasó tiempo y más tiempo y la princesa dormida empezó a preguntarse si no se divertiría más soñando despierta que soñando dormida, porque ya no sabía con qué soñar: las plantas marchitas, los animalitos cansados, el cielo gris y las olas incontables habían hecho de su sueño casi una pesadilla de aburrimiento.

Así que, en vez de dar vueltas en la cama, intentó despertar de su sueño sacando uno de sus piececitos de debajo de las sàbanas. Empezó a moverlo lentamente, poquito a poquito, como quien no quiere la cosa, pero, de repente sintió una fuerte presión sobre su boca y abrió los ojos como platos, despertando asustada de su largo sueño.

La princesa se apartó rápidamente, aunque sin saber ni de qué lo hacía. Era un príncipe (o eso parecía) el que había intentado besar a la princesa, pero ella, sorprendida, había retirado la cara de repente.

El príncipe (¿era un príncipe o iba vestido de príncipe?, aún no lo sabía la princesa), el principe dió con su cara en la blanda almohada, sintiendo enseguida bastante vergüenza por no haber podido besar a la princesa en la boca para despertarla, pero se rehizó rápidamente cuando vió que, a pesar de haber fallado en su intento, la princesa había despertado de todas formas, así que se sintió más maravilloso que nunca: había despertado a la princesa solamente con el poder de su amor.

- ¡Qué maravilla!, ¡qué maravilloso soy! -pensó.

Pero la princesa no pensaba igual que él:

- ¿Qué haces?, ¿quien eres tu? -dijo medio gritando la princesa,

- Soy el Príncipe Maravilloso, he venido a despertarte -dijo lo más orgullosamente que supo el príncipe.

- ¿Tu?, ¿a despertarme a mi?, pero si yo ya me estaba despertando sola.

- Sin mi hubieras seguido durmiendo eternamente.

- ¡Sin ti no me hubiera asustado tanto! - gritó indignada.

- El susto me lo he llevado yo.

- Pues no haber venido.

- He venido a salvarte.

- ¿A salvarme?, ¿a mi?, salvarme ¿de qué?.

- De estar dormida eternamente.

- ¡Pero que yo ya me estaba despertando yo solita!

- Tu solita no sabes hacer nada -dijo el Principe Maravilloso a punto de enfadarse ya.

- Eso lo dirás tu que ni me conoces, y lo que no sepa hacer, lo aprendo.

- Sólo yo te puedo enseñar a hacer cosas.

- ¡Anda ya!, ¿qué cosas sabes hacer tu que me puedas enseñar?

- A disfrutar de las flores, a jugar con gatitos, a cantar con los pajaritos, a contar las olas del mar...

- ¡Eso me faltaba a mi ahora mismo, jajajaja! -rió la princesa burlándose inmisericordemente del principito. Eso ya lo he hecho todo y muy bien hecho, ¡pués no he tenido tiempo ni nada para disfrutar de flores, frutos y semillas, jajajajaja!, ahora lo que quiero es aprender cosas nuevas y diferentes: a hablar con perros y pájaros, a vivir en el cielo y en el mar, aprender a cuidar flores y gatitos, a dormir y despertar cuando me dé la gana, eso es lo que quiero saber, ¿tú sabes?.

- Cuidar ¿a quien?, no, guapa, tu eres una princesa y no tienes que cuidar a nadie que no sea yo, lo que tienes que aprender es a hacerme reír y a besarme.

- ¿A ti?, ¿por qué?

- Porque te gustará.

- ¿A mi o a ti?, bueno, en todo caso, ponte a la cola. Cuando sepa hacer todo lo que quiero aprender, ya me enseñaré a contar chistes.

El murmullo de la conversación llegó a oìdos de una mujer que había estado esperando pacientemente sentada a la puerta de la habitación de la princesa.

Era una mujer mayor, con el pelo blanco brillante y cuidado, los ojos dulces y azules, la cara redonda y amorosa. Parecía una abuelita de cuento y, como había vivido muchos años, sabía hacer muchas cosas.

Estaba sentada a la puerta de la habitación de la princesa porque no podía entrar a la habitación si la princesa no la invitaba; pero ahora, por la conversación que estaba escuchando, la mujer de cara de luna intuyó que la estaba invitando, así que entró a ver qué le pasaba a la princesa.

Ésta, cansada ya de la conversación con el Príncipe Maravilloso, que no la llevaba a ningún lugar, se alegró de que la abuelita de ojos dulces entrara y los interrumpiera.

- ¿Estás preparada? - dijo Kumu, que así se llamaba la abuelita.

- Sì, gracias por aparecer - dijo Haumana, que así se llamaba la princesa.

Y Kumu cogió de la mano a Haumana para mostrarle el camino y salieron juntas de la habitación del sueño, ilusionadas y felices.


 


 

Publicado la semana 7. 12/02/2018
Etiquetas
Abrete corazón , Germana Martín, Jesus Chrisananda , En un círculo de mujeres
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