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Jo, Ybáñez

UN CUENTO DE HADAS, MODERNO V

Por las tardes, los grupitos de amigas salían a pasear por el bosque, a disfrutar de la belleza de las plantas, la frondosidad de los àrboles y la fragancia de las flores. Bajo el precioso cielo azul se contaban sus secretos y sus anhelos y lo hacían en voz alta para que, si por suerte se encontraba por allí alguna pequeña hada, les pudiera ayudar a conseguir sus deseos.

También las parejas de enamorados elegían el bosque para cogerse de la mano y darse besos furtivos. Si un cupido les veía, podía dispararles su flechitas y así quedarían unidos en el amor para toda la vida.

El bosque bullía de vida, alegría, secretos y amor todas las tardes mientras duraba la luz.

Por uno de sus caminitos, el que llevaba hasta el río, paseaban una tarde, cogidos de la mano, Bors y Hulle Was. Ella estaba un poco molesta porque él, a pesar de que le decía muchas veces que la quería locamente, prefería la mayoría de las tardes, salir a cazar con sus amigos y ella se quedaba en casa esperándolo infructuosamente. Si al día siguiente Hulle Was no salía a cazar, iba a buscar a Bors, le regalaba un broche en forma de corazón, le decía que la amaba apasionadamente y a Bors se le pasaba el disgusto. Pero ese día, no había habido regalo a pesar de que Hulle Was había tardado tres días en visitarla y Bors estaba desilusionada y enfadada.

Cuando llegaron al río, se sentaron en una piedra plana aùn sin haberse dicho ni una palabra. Hulle Was miraba el dulce rostro de Bors con gesto de pena, pero no decía nada. Y Bors, entre lágrimas, empezó a balbucear algo así como que no quería seguir saliendo con alguien a quien no le importaba demasiado. Lo decía de forma entrecortada, sin estar segura del todo porque no sabía si era acertado o no cortar su relación con un príncipe o si sería mejor aguantarse y poder casarse.

Pero entonces, Hulle Was, que no había prestado atención a los intentos de Bors por decir algo, se arrodillò ante ella, tomó su rostro entre sus manos y la obligó a mirarlo.

- Te quiero, estoy muy enamorado de ti, eres la chica más guapa y buena que he conocido y quiero casarme contigo -dijo dulcemente. Luego separó sus manos del rostro de Bors y buscó en su bolsillo algo que no encontraba; al rato de estar tocándose todos los bolsillos, encontró en su cartera lo que buscaba y se lo ofreció a Bors; era un delicado anillo con un enorme diamante: el anillo de pedida.- ¿Qué me dices?, ¿quieres casarte conmigo y ser la princesa de Arnuria?

- Sí, claro -contestó Bors, olvidando de repente todas las dudas que tenía, todas las penas que había pasado cuando Hulle Was desaparecía, olvidando toda su tristeza.

Y se dieron un largo y apasionado beso de compromiso. No necesitaron a ninguna ninfa alada que les ayudara, pero los dos sintieron un ligero pinchazo en el cuello, cerca de la oreja derecha, al mismo tiempo.

Paseando por otro sendero del mismo bosque, Bady y Fijne Mener, cogidos por la cintura, se decían palabras cariñosas al oído y se acariciaban el rostro mutuamente. Un poco apartado del sendero vieron un banco de jardín y decidieron sentarse allí para continuar su conversación almibarada y empalagosa, hasta que Bady preguntó:

- ¿Cuándo vas a volver a Banestania?, ¿te vas a quedar mucho tiempo aquí?, ¿te acordarás de mi cuando te vayas?.

- Parece que tengas ganas de que me vaya -contestó Fijne Mener, un poco molesto.

- No, ¡qué va!, ¡ojalá te pudieras quedar para siempre!, estoy muy a gusto contigo, hablando de libros y de cultura.

- Yo también estoy a gusto contigo, eres muy guapa y muy complaciente. Pero algún día me tendré que ir, mi padre ya me está reclamando -dijo Fijne Mener.

- Y ¿te olvidarás de mi? -Bady se estaba poniendo triste.

- No, mujer, ¡qué me voy a olvidar de ti!, ¿quieres que nos casemos y así puedes venir conmigo? -Fijne Mener no se dió cabal cuenta de lo que acababa de decir.

- ¿Casarme contigo?, ¿seguro?, ¡qué ilusión!, pués claro que me quiero casar contigo, ¡un príncipe, un verdadero príncipe, y yo una princesa!, ¡voy a casarme!.- Bady era muy feliz, besó a Fijne Mener, pero ninguno de los dos sintió ningún pinchacito en ningun sitio.

Cerca de allí, calladitas y discretas, estaban Oorwining, Troos, Dröe y Soet, que habían salido a pasear por la naturaleza y lo habían oído todo, pero habían decidido guardar silencio para no estropearles el momento mágico.

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Publicado la semana 50. 16/12/2018
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Cuéntame un cuento, de Celtas Cortos
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