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Jo, Ybáñez

LA NIÑA SOLA

La niña estaba sentada debajo de la mesa del comedor.

Se sentía protegida allí abajo. Solo veía piernas y pies, pero si no se inclinaban, nadie la veía a ella.

A veces la casa estaba llena de gente: sus padres, sus hermanos, sus abuelos, tíos y gente variada...

Pero ella estaba sola, sola con su imaginación.

Desde allí podía ver la tele. Sus padres habían comprado el televisor unas semanas atrás y se abrió un nuevo mundo para la niña.

Con el televisor y su imaginación se encontraba un poco menos sola. El presentador del telediario le parecía muy guapo y le hacia compañía cuando no estaba trabajando en la tele. Y los que salían en las películas de los sábados, todos, se habían hecho muy amigos suyos, incluso pensaba que, cuando se hiciera mayor, podía casarse con uno de ellos, o dos.

¿Y las películas musicales?, bueno, eso ya era la felicidad total para la niña. Viendo esas películas en las que todo el mundo cantaba y bailaba tan bien pensó que ella también sabía y, cuando nadie la veía, bailaba y bailaba al son de canciones mudas, vocalizadas y guardadas solo para ella.

Pero la niña seguía sola, sola en un mundo que no acababa de comprender, sola entre niñas de su misma edad que corrían y gritaban todo el tiempo, sola con una familia que no la miraba nunca, sola con unas maestras que veían algo en ella, pero que no la veían a ella, sola en medio de muchas personas conocidas y desconocidas, jugando sola con sus muñecas, sus libros y sus amigos de la tele.

Cuando la maestra hablaba con su madre, la niña, en medio de las dos mujeres, solo veía sus faldas y oía sus voces, pero no veía sus caras, de la misma forma que ellas no la veían a ella, no la miraban, así que recurría a sus fantasías y deseos.

Y se ponía a bailar, bailar y cantar, bailar y flotar en el aire, cantar sonidos bellísimos y alegres, rodar y rodar cogida de la mano de un chico guapo y fuerte.

Y se veía a si misma con un vaporoso vestido de gasa azul y con zapatitos de tacón azules, moviendo todo su cuerpo al ritmo de la música, girando y girando como una bailarina de ballet y cantando al mismo tiempo, subiendo y bajando de sillas con la misma gracia con que lo hacía esa chica de pelo rubio y rizado de la última película del sábado

Cuando su madre y su maestra dejaban de hablar de ella, la niña volvía a la realidad apagándose en su mente las preciosas imágenes que había estado viendo y sintiendo, sin saber las conclusiones a que habían llegado sobre ella esas personas mayores que ni la habían mirado.

Y creció, la niña creció por fuera en altura y anchura, pero por dentro seguía siendo la misma niña sola con amigos que salían en la tele.

En el instituto aprendió palabras como igualdad, libertad, justicia, historia, filosofía, opinión, desprecio, moda, ridículo, política, conductismo, abuso, virginidad, sexo, revolución, engaño, demagogia, todas las palabras referentes a la literatura y muy pocas de física o gimnasia.

Su adolescencia fue tan oscura como su infancia, igual de solitaria. A todas sus amigas les gustaba escuchar esas canciones tan dulzonas e imperdonables cantadas por italianos de voz muerta, pero la niña continuaba sintiéndose sola, sola entre tanta tontería, tanta banalidad y tanta injusticia.

Cuando iba con sus amigas a la discoteca lo único que la hacía vibrar un poquito era imaginarse a sí misma bailando coreografías imposibles con cada una de esas tontas canciones: rodar y rodar por la pista hasta que todos se apartaran, mover los brazos como intentando agarrar el cielo, que alguien cogiera su mano y se moviera al mismo ritmo, en el mismo sentido, con la misma fuerza, pero nunca sucedió; sólo siguió bailando y cantando en su imaginación, y hablando con sus amigos actores, ellos sí que la comprendían, ellos no le fallaban nunca, todos la querían e, incluso, había surgido el amor: lo admiraba muchísimo, tan alto, tan fuerte, tan seguro de sí mismo, tan guapo, ¡qué romántico!, incluso a veces también podía ser frágil así que ahí estaría ella para apoyarlo como él hacía con ella cuando se sentía tan sola e incomprendida, juntos frente a todo, riendo y abrazados.

Se puso a trabajar muy joven, no quiso estudiar, tenía miedo de la gente de su edad porque no los entendía, concederles la discoteca los fines de semana ya era mucho, ¡ni pensar en irse a vivir con un grupo de adolescentes universitarios!.

.

Cada día, en el camino desde su casa hasta el trabajo, seguía viéndose a si misma siguiendo el ritmo de la última canción aprendida, rodando y rodando por las calles y las aceras de su ciudad, imitando a esas grandes artistas de la tele, “clavando” cada nota de la letra. Al final, llegando ya a su oficina, acababa la canción y su gran amor, que siempre estaba a su lado, la aplaudía con tanto entusiasmo, con una sonrisa tan grande y con tanto orgullo que la mañana se le pasaba volando.

Un sábado de discoteca conoció a un chico que no estaba mal. La sacó a bailar una “lenta” y hablaron un poco. Era alto, parecía fuerte y un poco vulnerable y a la niña le pareció que era lo que más se le parecía, en la realidad, a su gran amor.

Pero la soledad no cesó: no tardó mucho en darse cuenta de que él tampoco la veía, de que continuaba estando sola, sola en las conversaciones de su pareja, sola en las salidas y en las entradas, estaba más sola que nunca incluso en su propia familia, así que estrechó más aún las relaciones con ese maravilloso actor que siempre la acompañaba, la comprendía hasta la médula y la protegía del exterior.

Fue cuando nació su primer hijo y sus ojos se encontraron, se miraron y se vieron, cuando la niña fue feliz por primera vez, cuando olvidó por algunos días la presencia de su gran amor, cuando se sintió suficiente con ella misma para vivir, y aunque seguía estando sola, ya no le dolía la soledad, porque era una soledad de dos: ella y su precioso hijo.

Luego todo se complicó: la crianza, la casa, el trabajo, las idas y venidas, novedades, vejez, niñez, salarios, gastos, olvidos, gritos, dolores, sueños, enfermedades, días y días, vacaciones, médicos, discusiones, proyectos, colores, más obligaciones, menos esperanza... y ya no hubo más música, ni más bailes, ni un gran amor, leal e ideal, nada, durante años y años no hubo nada.

Hasta que un día soleado de alegría y juventud, cuando ni siquiera sus hijos parecían niños ya, ellos le presentaron a un mägo que quedó enganchado en su corazón: su magia logró que, de nuevo, escuchara música, cantara y bailara en un lugar entre los ojos y el alma y volviera a creer posible que alguien ideal, comprensivo y permanente, aunque irreal, la acompañara en su soledad. Y la vida de la niña volvió a llenarse de micrófonos y estribillos, de melodías y letras, de gritos e identificaciones, y la niña se encontró menos sola cuando supo que habían muchas damas negras por el mundo que se miraban y se veían y se reconocían.

 

Publicado la semana 5. 31/01/2018
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