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Jo, Ybáñez

UN CUENTO DE HADAS, MODERNO IV

Como cenicientas, como bellas durmientes o bellas sin bestias, todas las chicas del pueblo bajaron las escaleras del palacio corriendo y se fueron a sus casas con los corazones hechidos de ilusiones y esperanzas. Esperanzas de que alguno de los ricos jóvenes que habían conocido se hubieran enamorado de ellas y volviera a buscarlas y se las llevara en un blanco corcel, alado, a poder ser, de sus anodinas vidas hacia palacios de cristal flotando en el horizonte.

Todos los aristócratas que habían venido a la boda, se iban a quedar en el castillo aún unos cuantos días descansando, cazando y paseando por el pueblecito, así que las esperanzas persistían.

El día siguiente a la boda no amaneció tan radiante: el cielo estaba un poco más gris y plagado de nubes que ocultaban el brillo de sol. Las chicas también estaban un poco más apagadas y grises que el día anterior, ya no eran las brillantes y alegres jovencitas que deslumbraron a los príncipes extranjeros, hoy eran ellas mismas, las de siempre.

Troos, alta y delgada, acudió a su trabajo habitual: ayudante de la costurera del pueblo y le contó a todo quien quiso escucharla lo bien que lo había pasado el día anterior y lo maravilloso que era el rey que había conocido y lo enamorados que estaban porque, decía, había sido un flechazo.

El rey en cuestión, Isotoop se llamaba, era mayor, taciturno e inteligente. Había bailado muy a gusto con Troos, una jovencita morena y atrevida del pueblo. Las escuetas palabras que habían intercambiado le habían satisfecho lo suficiente para encontrar simpática a la chica y no le hubiera importado volver a verla, pero la sensación de flechazo no la había sentido, tal vez por la edad, tal vez por el cansancio.

Cuando Soet fué a comprar a la tiendecita de la plaza se encontró con Rekenmeester, el contable del rey, con quien había estado hablando durante la fiesta.

- Hola, Soet -dijo Rekenmeester tímidamente.

- Hola, Rekenmeester, ¡qué casualidad encontrarnos! -contestó Soet.

- Sí, me alegro de verte, necesitaba unos bolígrafos y he venido a comprarlos aquí – Rekenmeester mintió un poquito, la verdad era que deseaba volver a ver a Soet porque habían congeniado mucho el día anterior y se le había ocurrido ir a comprar algo en el pueblo.- ¿Quieres salir a pasear esta tarde conmigo?.

- De acuerdo, nos vemos esta tarde.

¡Qué contenta se puso Soet!, Rekenmeester le había parecido trabajador, espabilado y rico y pensaba que podría ser un buen marido. Fué corriendo a ver a Troos al trabajo para contárselo, pero ésta, absorta como estaba en su propia historia, casi no le hizo caso.

- ¿Con un contable?, ¿quieres casarte con un contable?, ¿no querías ser rica y tener una casa preciosa y vestidos de seda?, un contable no te dará eso, no saldrás de la vulgaridad, piénsatelo bien, Soet, cógete a un rey como yo, con su palacio y sus criados.

- Bueno, no conozco a ningún rey, conozco a Rekenmeester y me parece buena persona, es trabajador y puede ganar mucho dinero trabajando para el rey, seguro que tengo una buena casa y criados si me llego a casar con él -contestó Soet, decepcionada.

Y se marchó a hacer la compra.

Mientras tanto, su hermana Dröe estaba barriendo y quitando el polvo del hogar, y soñando: soñaba con su caballero del día anterior, alto, fuerte, valiente e intrépido, según las historias que le había estado contando entre pirueta y pirueta del baile. Berader, le dijo que se llamaba. Recordaba Dröe la conversación que había tenido con sus amigas tantas veces respecto de enamorarse y casarse con príncipes para poder salir de la pobreza y tener mucho dinero y ser felices (las perdices entraban en el lote), y cayó en la cuenta de que Berader no era un príncipe, ni siquiera el secretario de un rey, sino que era el secretario de un consejero de un rey. Se preguntó a si misma si era suficiente para enamorarse y decidió esperar a conocerlo más por ver si el consejero y el rey tenían suficiente poder y riqueza como para que su secretario fuera medianamente rico también, porque si no, tendría que seguir esperando a alguien mejor.

Oorwining, por su parte, había ido al castillo a llevarles el pan porque esa era su tarea diaria: era la hija de los panaderos del pueblo. Cuando le abrieron la puerta de la cocina, lo primero que hizo fué preguntar por el hijo de la cocinera, Toon; pero Toon estaba en cuidando de la huerta y la granja, así que la cocinera le dijo a Oorwining que le daría el recado a su hijo, lo que hizo que las mejillas se le volvieran del color de la granada madura.

Sólo nos falta saber qué estaban haciendo Bady y Bors. Pués Bady había salido a hacer unos recados para su madre y, al pasar por delante de la casa de Bors, se quedó charlando con ella, que estaba barriendo la calle.

- Hola, Bors, buenos días, ¿cómo estás hoy? -dijo Bady alegremente.

- Buenos días, Bady, estoy bien, estoy muy bien -contestó Bors, muy animada.

- ¡Qué alegre te veo!, ¿que te pasa? -preguntó Bady.

- Que estoy enamorada, estoy muy enamorada, ¡qué feliz que soy! -la alegría de Bors era contagiosa.

- Vaya, me alegro, y ¿quién es el afortunado?.

- Hulle Was, el príncipe, el guapísimo, altísimo y simpatiquísimo príncipe con el que estuve bailando ayer. Me ha enviado una nota muy temprano esta mañana para decirme que quiere que salgamos a pasear esta tarde y que soy muy guapa -(¿sería Bors la primera en casarse con un príncipe?).

- Bueno, me alegro por ti, ya me contarás, adiós.

- Espera, no te vayas, ¿sabes algo de tu bibliotecario? -le preguntó Bors a Bady.

- ¿Bibliotecario? -(¿qué dice esta chica?, pensó Bady).

- ¿No era bibliotecario ese con el que estuviste anoche charlando tanto rato?,

- No, era el príncipe de Banestania, Fijne Mener. Es interesante, me gustó, pero no sé si lo volveré a ver -respondió Bady manteniendo la esperanza.

- Bueno, pues a ver si tienes suerte, como yo, adiós -se despidió Bors.

“Eres tú, el príncipe azul que yo soñé, eres tú, tus ojos me vieron con ternura....” oyó Bady canturrear a Bors....

Publicado la semana 49. 03/12/2018
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Los valses de las princesas Disney
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