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Jo, Ybáñez

UN CUENTO DE HADAS, MODERNO III

En el patio del castillo, los reyes habían ordenado preparar un gran banquete, no tan grande como si la novia fuera una princesa de alto rango, pero suficientemente aceptable para que sus invitados más insignes no se sintieran humillados. Codornices, ostras, langostas, cochinillos y diferentes salsas y purés competían entre sí para ser los platos más elogiados; vino tinto, blanco, dulce, amontillado, rosado, espumeante, miles de vinos de la bodega real fueron descorchados y bebidos en la fiesta de la boda y, para terminar, una dulce y artística tarta nupcial que los novios cortaron uniendo sus manos sobre un cuchillo hecho de oro y plata por orfebres especializados.

Y después comenzó el baile que era, realmente, lo que nuestras amigas habían estado esperando.

Ninguna se quedó sin pareja, todas las chicas habían sido invitadas a bailar por príncipes ricos y guapos. La música suave y bailable animaba a las y los jóvenes a charlar y contarse “sus cosas”. Conforme fue pasando la tarde y cayendo la noche (la fiesta iba a durar hasta la madrugada) los invitados entraron en el castillo, invadiendo sus enormes y suntuosos salones y las gentes de pueblo se desperdigaron para admirar la belleza de sus muebles, objetos de arte, tapices y todo lo que ni podían soñar en tener en sus casas.

Dröe, Soet y sus amigas fueron abriendo todas las puertas para ver cómo eran las habitaciones del nuevo hogar de Klonty y tratar de adivinar en cuál dormiría con su marido, el príncipe.

- Bueno, chicas, ¿creéis que alguna vez podremos vivir en un lugar como este? -preguntó Dröe.

- Claro que sí, yo he conocido a un príncipe guapísimo y nos hemos gustado mucho -contestó Bors.

- ¡Qué suerte! -dijo Dröe- porque con el que he estado bailando no es principe aún, es secretario del consejero de un rey, pero algo es algo. ¿Con quien estabas tu, Troos?, ¿no era muy mayor?

- No, no es muy mayor, es el rey de un país lejano, es muy rico e inteligente, y viaja mucho, creo que estoy enamorada de él -contestó Troos.

- ¿Que estás enamorada de él?, ¡pero si casi no lo conoces! -respondió, asombrada, Bady.

- Ha sido un flechazo, un puro y romántico flechazo, cuando ha dicho que no era príncipe sino rey, de repente, al mirarle a los ojos me he dado cuenta de lo buena persona que es y me he enamorado -dijo Troos seriamente.

- ¿Estás segura? -dijo Oorwining.

- Pues claro que si, ¿qué os creéis?, ¿que lo diría si no fuera verdad?, lo que pasa es que estáis celosas porque ni tu, Oorwining, ni tu, Bady, habéis encontrado a alguien rico y guapo que se haya enamorado de vosotras -Troos estaba enfadándose.

- Bueno, bueno, haya paz, chicas, la fiesta no ha hecho más que empezar, después cenaremos y seguiremos bailando y pasándolo bien -terció Soet, dulcemente- sigamos abriendo puertas a ver que hay por aquí.

- ¿Con quien has bailado tu, Soet? -le preguntó su hermana.

-Con nadie; para que tu pareja no se confundiera, me he quedado sentada charlando con el contable de nuestro rey. Un buen chico. -contestó Soet.

Y siguieron dándole gusto a su curiosidad.

La siguiente puerta que abrieron daba a la cocina, una amplia y luminosa estancia llena de personas cortando, friendo, guisando, limpiando y aderezando alimentos, encendiendo y apagando fuegos, lavando preciosas vajillas, entrando y saliendo con verduras recién cogidas del huerto. Era tal la algarabía que las chicas se asustaron un poco y huyeron lo más rápidamente que pudieron hacia la siguiente puerta; todas menos Oorwining, que era una chica muy hacendosa y siempre con ganas de ayudar a los demás.

Oorwining fué hacia el chico que entraba con la cesta de la verdura fresca y le ayudó a llevarla hasta la mesa, limpiarla y prepararla para que la cocinera la guisara.

- Hola, me llamo Oorwining, ¿puedo ayudar en algo más?

- Hola, yo me llamo Toon, soy el hijo de la cocinera, trabajo en otra parte del castillo, pero ayudo a mi madre si tiene mucho trabajo, como hoy.

- Sí, hay aquí mucho trabajo hoy -a Oorwining le estaba gustando el muchacho y él la miraba con ojos embelesados- bueno, si necesitas algo más, me buscas, estaré dando vueltas por aquí.

- De acuerdo, Oorwining, cuando acabe la cena, todos iremos a bailar al salón y nos podremos volver a ver - contestó Toon, deseando que el tiempo pasara rápido.

Y Oorwining se fue corriendo, ilusionada, a buscar a sus amigas y continuar el recorrido.

Ellas, mientras tanto, habían encontrado la biblioteca, una enorme sala con estanterías hasta el techo llenas de libros de todos los tamaños y colores, había incluso escaleras para poder llegar a los más altos rincones. El techo era espectacular: pintado con una bucólica escena llena de naturaleza y nubes y del que colgaba una enorme y delicada lámpara de araña con miles de cristales transparentes.

Bady se quedó extasiada mirando los miles y miles de libros que allí descasaban, imaginando los miles y miles de historias que, encerradas entre las hojas de papel, dormían esperando que alguien las leyera y las comprendiera. Tan emocionada estaba que no se dió cuenta de que sus amigas habían cerrado esa puerta y se habían marchado en busca de otras puertas que abrir. Dio vueltas y vueltas por toda la estancia mirando detenidamente cada libro, leyendo su título, abriéndolos para mirar sus imágenes, el tipo de letra, el olor del papel. Pero, de repente, se abrió de nuevo la puerta y entró un chico, uno de los príncipes con los que habían estado charlando y bailando durante la tarde.

- Hola, tu te llamabas...Bady? -dijo el chico.

- Hola, sí, te acuerdas, gracias, pero lo siento, no me acuerdo de tu nombre -contestó, timidamente, Bady.

- Soy Fijne Mener, es normal que no te acuerdes -dijo con una sonrisa.

- Sí, es un poco difícil, Fijne Mener, trataré de acordarme. ¿De dónde eres?- preguntó Bady.

- Soy el príncipie de Banestania, no está muy lejos de aquí, ¿y tu? -preguntó Fijne Mener.

- Yo soy una chica del pueblo, normal -dijo Bady, agachando un poco la cabeza, sin saber que la debiera haber levantado con mucho más orgullo que el que sentía en ese momento.

Fijne Mener y Bady empezaron a charlar sobre libros e historias y pasaron un buen rato en la biblioteca.

El tiempo pasó, se sirvió la cena, a la que asistieron, además de la realeza y la gente del pueblo, también todos los habitantes del castillo, se terminó la cena y empezó de nuevo la música y el baile, y las charlas y las risas y hacia la medianoche todos estaban cansados, hartos, adormilados y con muchas ganas de irse a la cama, asi que poco a poco fueron parando los músicos, callando las personas y saliendo del castillo los que allí no vivían, como …

Publicado la semana 48. 29/11/2018
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Valses de Tchaikovski
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