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Jo, Ybáñez

UN CUENTO DE HADAS, MODERNO l

Era un día de sol radiante, un domingo de primavera lleno de olor a azahar y romero. Las ovejitas hacía rato que se habían marchado, así que se respiraba de nuevo el aire puro de la mañana.

Klonty había dormido con la preciosa sonrisa iluminando su cara toda la noche, como si el sol se hubiera quedado a su lado, y cuando abrió los ojos se quedó extasiada de agradecimiento porque el día, su gran día, había amanecido esplendoroso.

Se quedó remoloneando un ratito más en la cama: hoy era su gran día, ese único y maravilloso día que espera toda mujercita desde la infancia, hoy ya no iba a trabajar y nunca más lo haría porque había llegado por fin el día de su boda.

¡Y con un príncipe!, casi se le saltaron las lágrimas de la emoción, de la alegría, porque había conseguido su sueño: casarse por todo lo alto y con un príncipe. ¡Qué envidia iba a darles a todas!: a sus amigas, a sus hermanas e incluso, segura estaba, a las amigas de sus hermanas, porque, pobrecillas, ¡a ver quien podía superarla ahora!.

Klonty se levanto y abrió las ventanas para que el sol entrara e iluminara esa humilde habitación que ya nunca más volvería a ser la suya.

Apoyada un momento en la ventana, se quedó mirando la plaza de su pueblecito, las casas que la rodeaban, la escuela y más allá, subiendo una leve colina, la iglesia donde iba a celebrarse su boda.

El pueblecito era pequeño, sus casitas, apiladas en torno a esa plaza, tenían las paredes muy blancas, enjalbegadas todos los veranos por los niños cuando acababan la escuela y ya no tenían nada más que hacer. Los tejados eran también todos iguales, cubiertos por tejas rojas que eran la mejor protección y, además, las podían comprar en el mismo pueblo porque allí tenían su propia fábrica de tejas rojas. Puertas y ventanas de madera, calles de tierra y árboles, luz de candiles, hogares de leña de pino oloroso, flores en los patios y en las puertas, todo ésto hacía de este pueblecito un lugar de cuento de hadas. Y más cuento de hadas parecía porque, volviendo la vista hacia la derecha estaba, alto e imponente, en la cima de la montaña, el castillo; un castillo lleno de torres, almenas, estandartes y patios y lleno también de personas: los reyes, los príncipes, los parientes, la corte entera, los criados, consejeros, vigilantes, soldados, caballerizos... ¡qué sabe Klonty de cuanta gente vive allí¡, y ella será, casi casi, la dueña de todos, ¡qué ilusión!, ¡qué día más bonito!, ¡qué feliz está Klonty!.

Y volviendo la vista a la plaza, esa plaza que se llenaba de ovejitas todas las mañanas muy tempranito antes de salir hacia los prados, podía Klonty ver también, en una esquina, una tiendecita que tenía todos los productos que te podías imaginar: desde libros, cuadernos, bolígrafos y cometas para los niños, hasta lejía, jabón y escobas de esparto para las amas de casa o cayados, tabaco y hoces para los hombres; solo le faltaba traer telas bonitas y delicadas, por eso, Klonty había tenido que ir a una lejana ciudad para comprar la tela de su vestido de novia, porque ¡claro!, casándose con un príncipe, no podía ponerse cualquier tela de raso o gasa vulgar: tenía que ser una preciosa tela de encaje tejido a mano; un enorme gasto para su humilde familia, pero que ya se encargaría ella de resarcírselo cuando pudiera disponer del oro y las joyas del príncipe, su marido.

Oro, joyas, vestidos elegantes hechos especialmente para ella, viajes a ciudades lejanas, fiestas, criados, Klonty deseaba eso con todo su corazón desde muy jovencita y lo había logrado, ¡qué felicidad!.

- Bueno, tendré que bajar a desayunar – se dijo a si misma Klonty-. Seguro que mis hermanas me están odiando en este momento, estarán enfurruñadas y queriendo discutir conmigo, pero no se lo permitiré, hoy no voy a enfadarme con nadie, hoy es el día mas feliz de mi vida.

Klonty tenia muchos hermanos, pero solo dos hermanas más: unas gemelas llamadas Droë y Soet que tenían cuatro años menos que ella y que la envidiaban a muerte porque también querían casarse con príncipes y ser felices como Klonty.

Droë y Soet no eran tan bonitas como Klonty, y además, estaban repetidas, así que pensaban que no encontrarían un marido tan maravilloso como el de su hermana, pero además, creían que, si lo encontraban, solo una de ellas se casaría: ¿cómo iba a saber un chico si estaba enamorado de una o de otra?, si eran iguales ¡qué más le daba!, escogería a una y la otra se quedaría para vestir santos (que decía su madre).

Porque Klonty era muy guapa y alta, delgada, morena, con un largo pelo azabache, ojos grandes y negros y labios sonrientes y rojos, “vamos”, una Blancanieves de pueblo, pero sus hermanas, aunque se le parecían, no eran tan bonitas ni altas como ella ni sus cabellos eran tan brillantes, sino un poco... marrones, y las dos iguales, ¡qué desgracia!.

Klonty no tenía muchas amigas porque con lo del noviazgo y por las envidias, las había perdido poco a poco a todas, pero Droë y Soet sí que tenían un buen grupo de amigas: estaba Troos, que vivía en la casa de al lado; Oorwining, que vivía junto a la tiendecita; Bors, que vivía en la calle que subía a la iglesia y Bady que vivía en el camino del castillo, así que Klonty había invitado a su boda a las amigas de sus hermanas como si fueran amigas suyas también.

Por supuesto que estaba invitada toda la familia de Klonty: sus padres, hermanos, abuelos, los hermanos de sus padres, sus primos y sus amigas. Lo que no sabia Klonty es a quien había invitado el príncipe, sería sorpresa, seguro que había invitado a toda la realeza de la comarca y parte del extranjero, porque el príncipe, no sé si lo he dicho ya antes, era muy rico y tenía mucho oro y joyas y podía e iba a pagar la suntuosa fiesta.

Efectivamente, el príncipe era muy rico, era el heredero del trono de ese castillo, y su padre era el rey (su madre era la reina, pero eso ahora no importa) y las posesiones del rey eran inmensas: era suyo todo el pueblo, las casas, las gentes, las ovejas y los perros, suyo era también el castillo y las personas que en él habitaban desde los criados hasta los consejeros, las tierras que lo circundaban y sus cosechas, la montaña, sus bosques, el río que los atravesaba e incluso la iglesia, el cura y el sacristán.

La lista de invitados por el rey era muy larga (esa sí que la había tenido que hacer la reina), tan larga tan larga, que estaban incluidos, además de las personas que le pertenecían y que ya conocemos, otros reyes de las ciudades vecinas, otros príncipes venidos de más lejos, los duendes de sus ríos y las hadas de sus bosques.

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Publicado la semana 46. 24/11/2018
Etiquetas
Rufino, de Luz Casal , Todos los cuentos de hadas , Mientras ves "Di sí a ese vestido"
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