Semana
42
Jo, Ybáñez

HUGO, ESTRELLA Y EL HADO IV

Género
Relato
Ranking
1 30 0

- Hola, buenas tardes -dijo Hugo.

- Buenas tardes, mocoso -dijo el hombre, levantándose -, así que duermes aquí, ¿no?.

- Sí, en un rinconcito, no quiero molestar, les estoy muy agradecido por dejarme dormir aqui.

- Soy el dueño de este palacio, soy el amo de todo y todos los que estáis aqui, así que también soy tu amo y te exijo que me digas por qué todos en este pueblo tenéis cama como yo, siendo tan pobres como sois. ¿Es que os creéis mejores que vuestro amo? -dijo el hombre este, enfadándose´

- No, señor, no somos mejores que nadie, pero he trabajado muchísimo para ahorrar y comprarles a todos camas para que pudieran dormir mejor -contestó Hugo.

- Pues ahora vas a trabajar para mi, todo lo que ahorres será para mí, para comprarme algo mejor que las camas que tienen estos pueblerinos, mi cama tiene que ser mejor, ¿a que sí, cariño? -dijo dirigiéndose a la mujer que estaba a su lado-, tiene que ser mejor que la de todos estos pueblerinos, así que ves pensando qué vas a comprarme a mi.

Y dando media vuelta, cogió del brazo a la mujer, apartó de un codazo al pastor y se fué a la calle principal para entrar por la gran puerta de la casa, en vez de ahorrar tiempo y pasos y entrar por la de la cocina, mucho más humilde y cercana.

Hugo se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir, entonces el pastor se le acercó y le dijo que su amo se había enfadado mucho cuando vió las sonrisas de la gente y cuando se enteró por qué estaban tan contentos y descansados.

- ¿Qué puedo hacer?, puedo seguir recogiendo verdura, vendiéndola y ahorrando dinero, pero no sé qué comprar para contentar a este señor -dijo Hugo.

- Pues yo tampoco, porque tiene de todo: cama, muchas sábanas blancas preciosas, dos o tres colchones blanditos llenos de paja, mantas tejidas con lana de oveja...no sé -dijo el pastor-, tal vez si se lo pregunto a mi mujer, la cocinera, sepa decirnos algo.

Pero la cocinera tampoco sabía qué le podía faltar a su amo para parecer más importante que la gente de su propio pueblo, así que Hugo siguió con su trabajo diario, gastando poco y ahorrando mucho hasta que se le ocurriera en qué gastarlo.

Un día, una de las criadas del palacio fué llorando a la cocinera a decirle que su ama la había reñido mucho porque detrás de la cama, en la pared, había una gran mancha de color naranja y creía que nunca se había limpiado. La criada le dijo que sí que la limpiaba todos los días, pero la señora dijo que era una mentirosa y que no quería volver a ver la mancha nunca más. Y la criadita lloraba y lloraba en el regazo de la cocinera diciendo que ella era muy limpia y todos los días tenía que limpiar la dichosa mancha naranja, pero que hoy había hecho otro trabajo antes y por eso la señora la había visto y la había castigado a no salir en su día libre.

Cuando Hugo llegó por la tarde, la criadita aún tenía los ojos rojos de tanto llorar y la cocinera le contó lo que había pasado.

- ¿Y de qué es esa mancha naranja que sale todos los días? -preguntó Hugo.

- ¿No viste a los señores?, los dos se tiñen el pelo para parecer pelirrojos porque es última moda en la ciudad y ellos son muy modernos, pero claro, cuando se acuestan, si se apoyan en la pared, dejan manchas de su tinte naranja -explicó la cocinera.

- ¡Vaya, vaya, vaya!, así que si hubiera algo entre sus cabezas y la pared, no habría mancha naranja todos los días -pensó de repente Hugo.

-¿Qué quieres decir?

- Pues que mi regalo, que nadie más tendría porque no le hace falta a nadie más, sería algo bonito, artístico, como un cuadro, para poner sobre la cama y que impidiera que sus cabezas llenaran de manchas rojas la pared.

- ¡Qué buena idea!, pero, ¿eso cómo se hace? -dijo la criada, que lo había oído todo.

- Pues no tengo ni idea, pero seguro que mis padres sí que sabrían hacerlo -contestó Hugo.

- ¿Tus padres?, ¿tus padres sabrían hacerlo?, ¿por qué?, ¿quienes son tus padres? -preguntó la cocinera.

Entonces Hugo les explicó que sus padres eran los herreros que hacían las camas, que antes él era un niño llorón y haragàn y por eso no había aprendido a hacer nada y que solo cuando se fué de casa, conoció a Estrella y estuvo solo en el bosque había aprendido a valerse por sí mismo, a ser valiente y a apreciar el trabajo y el agradecimiento, pero que no quería aún volver a casa porque sus padres seguirían pensando que era un vago; quería, cuando volviera a verlos, que se sintieran orgullosos de él.

Entonces el pastor dijo que le ayudaría, que dibujara en un papel qué es lo que quería que hicieran sus padres en la herrería y él se lo llevaría para que lo fabricaran y cuando supieran que había sido su hijo quien había tenido la idea y cuánto los había ayudado a todos, seguro que se sentirían orgullosos de Hugo. Y así lo hicieron: Hugo dibujó un precioso cabezal de hierro, con volutas, hojas, florecitas y muchos adornos para que los dueños de la casa (y del pueblo) no apoyaran sus cabezas en la pared y no la mancharan de color naranja.

Cuando el pastor llevó a los padres de Hugo su dibujo se quedaron muy extrañados porque no habían visto nunca nada igual ni sabían para qué podía servir, pero entonces el pastor les contó toda la historia de cómo un chico había conseguido que todos durmieran plácidamente en camas, pero que el amo quería algo mejor para él y así Hugo había inventado un cabezal para su gran cama.

- ¿Hugo?, ¿has dicho Hugo, buen hombre? -le preguntó la herrera- Nosotros teníamos un hijo que se llamaba Hugo.

- Sí, -dijo el herrero- a nuestro hijo le disgustaba tanto trabajar que prefirió huír a aprender nuestro oficio, ¡qué desagradecido!.

- Pués su hijo ha crecido y ahora es muy trabajador, todos los días va al bosque a recoger fruta, verdura y cualquier comestible que luego vende y reparte el dinero entre la gente del pueblo que lo necesita. Gracias a él tenemos todos camas y ahora, incluso le va a dar este capricho al amo -explicó el pastor.

- ¿Nuestro Hugo?, ¿él ha hace todo eso? -dijo, extrañada la herrera.

- Sí, señora, Hugo es un jovencito muy bueno.

- Pués, por muy bueno que sea ahora, aún estamos muy enfadados con él, vamos de culo con tanto trabajo y sin nadie que nos ayude ni en la casa ni en la herrería. Su deber es estar aquí con nosotros.

- Bueno, pero sin esas correrías de Hugo, no se le hubiera ocurrido hacer cabezales, porque ahora podéis hacer cabezales para todo el que os lo pida.

Y de esta manera se despidieron hasta que los herreros tuvieran preparado el cabezal.

Al cabo de unas semanas, los herreros, en vez de llamar al pastor para que fuera a buscar el cabezal, lo llevaron ellos mismos en persona, por las ganas que tenían de ver a su hijo y comprobar si era verdad todo lo que les había contado, así que una mañana, engancharon el caballo a su carro, cargaron el precioso cabezal de hierro forjado lleno de florecitas y hojas grandes como acelgas y se dirigieron al pueblo donde vivía su hijo.

Cuando llegaron a la plaza del pueblo, preguntaron a los vendedores si conocían a un chico que se llamaba Hugo.

- ¿Hugo?, claro que sí, un buen chico y muy trabajador -les contestó una de las vendedoras.

- ¿Y saben dónde podemos encontrarlo?

- Pues a estas horas estará en el bosque, recolectando hierbas aromáticas, champiñones, espinacas y toda esa verdura que nos vende cada día. Hasta la tarde no suele venir. Hoy le guardo para cenar estas patatas rellenas de queso y tomate y esta tortilla hecha con los mejores huevos que tengo -dijo otro vendedor.

- Bueno, pues vamos al palacio del amo a llevarle esto que nos encargó Hugo, esperemos que le guste -dijo el herrero, a modo de despedida.

- Ya nos hemos enterado, ya, de los celos que tiene el dueño ese de toda la gente que duerme en cama, ¡qué cara más dura! -dijeron los vendedores del mercado.

Así que allá fueron los padres de Hugo, llamaron a la puerta (la de la cocina, porque la otra solo se abría para que entraran los dueños), descargaron el cabezal, lo colocaron en su sitio y los amos se quedaron boquiabiertos de lo bonito que era, con sus volutas y sus adornos. Pero, claro, los herreros no iban a cobrar hasta que volviera Hugo, que era el que había estado ahorrando el dinero según le había exigido el dueño, así que bajaron a la cocina a esperarlo. Allí estuvieron charlando con la cocinera sobre lo bueno que era Hugo, tan limpio que todos los días se lavaba la ropa, ayudaba a la cocinera a lavar los platos y tenía siempre arreglado el establo. Los herreros no se podían creer que su hijo hubiera cambiado tanto, pero así era. Y fueron pasando las horas hasta que ya casi era de noche. Los herreros tenían que volver a casa antes de que fuera noche cerrada, pero querían cobrar y ya no sabían por qué su hijo no volvía.

La verdad es que a media tarde, Hugo había recogido ya mucha verdura e iba a volver al pueblo cuando vió una lucecita alli en medio del camino, una lucecita que fue haciéndose cada vez más grande hasta llenar todo el camino y de ella salió Estrella, azul y brillante como siempre. Hugo se asustó, claro, porque siempre que aparecía Estrella todo se llenaba de gritos, insultos, culpas, castigos y deberes, pero enseguida pensó que ya no tenía nada que temer porque tenía trabajo, tenía amigos, cumplía sus compromisos y era casi feliz. Pero la voz que salió de Estrella, esta vez era suave como su luz, su aura y su aroma.

- Hola, Hugo -dijo Estrella.

- Hola, Estrella, ¿cómo te va? -dijo Hugo.

- ¿A mi?, ¿me lo preguntas a mi?, ¿cómo te va a ti?

- Bien, bien, creo que bien. Tengo trabajo y amigos, ahora estoy bien.

- Me alegro, ya lo veo, has aprendido mucho, ¿cuánto tiempo hace que no lloriqueas? -le preguntó Estrella.

- Pues, ahora que lo dices, hace mucho tiempo que no lloro, no tengo motivos, me parece. Lo único que desearía es volver junto a mis padres y ayudarles en la herrería porque tengo muchas ideas nuevas.

- Tus padres están ahora en el pueblo, esperándote, pero no vas a poder ir -dijo Estrella.

- ¿Mis padres?, ¿ahora? -dijo, emocionado, Hugo - ¿y no voy a poder ir a verles?, ¿por qué?.

- Porque no, confía en mi -y en un ¡pluf! Estrella desapareció, dejando a Hugo asombrado y muy triste.

- Mis padres están en el pueblo y ¿yo no puedo ir a verles?, voy a ir corriendo, ¡faltaría más! -pensó Hugo, y echó a correr, pero iba tan nervioso que tropezó con una rama y cayó de cabeza contra el suelo.

Cuando pudo levantarse, estaba tan mareado que tuvo que sentarse sobre una piedra, pero ya casi era de noche y Hugo pensó que sus padres ya se habrían marchado sin verlo y, encima, sin cobrar, con lo que pensarían que era tan irresponsable como antes, asi que sintió tanta tristeza que las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.

Parecía que no iba a ser posible volver a su casa con la cabeza bien alta con todo lo que había aprendido de la vida y la gente, de trabajar, limpiar, regalar y agradecer, y todos estos pensamientos iban aumentando la tristeza que sentía y las lágrimas eran tan abundantes que ya no podía ver nada, por lo que no pudo ver al hado que, revoloteando, se había acercado hasta él.

Como Hugo lloraba cada vez más desconsoladamente, el hado tuvo que posarse en su nariz para que lo viera y le hiciera caso.

- ¡Eh!, ¿qué haces aquí? -dijo Hugo, entre sollozos.

- Ya lo sabes, los hados vamos a ayudar a la gente que llora tristemente en los bosques -le respondió el hado.

- Bueno, bueno, ya se me pasa, ha sido un momento de debilidad -dijo Hugo, secándose las lágrimas.

- ¿Qué te ha pasado?, cuéntamelo, desahógate, a lo mejor te puedo ayudar.

Y Hugo le contó al hado todo lo que le había pasado desde que sus hermanas se fueron de casa y lo dejaron solo frente a una vida que no sabía que existía: las pocas ganas de ayudar que tenía antes, el tonto deseo que pidió, su huída para no escuchar los reproches de sus padres ante su holgazanería, Estrella, el bosque, el pueblo, la verdura, las camas, sus amigos, todo se lo contó, hasta la caída que había tenido y que le había impedido correr al pueblo para ver a sus padres. Entonces el hado le dijo:

- ¿Crees que ahora puedes pedir un buen deseo?, ¿qué pedirías?

- Te pediría que me llevaras junto a mis padres, para que vieran que ya no soy un holgazán, para pagarles por el trabajo que han hecho y para que me perdonaran -dijo Hugo.

- Entonces, ¿qué me pides? -dijo el hado.

- Pequeño hadito, deseo que me lleves junto a mis padres.

Y dicho y hecho, de repente, Hugo se vió a sí mismo al borde del camino que llevaba de su pueblecito al de sus padres y vió la carreta acercarse hasta él, así que corrió hacia ellos y ellos pararon el carro y bajaron y todos se fundieron en un abrazo cariñoso.

Mientras se abrazaban, Hugo vió una luz conocida y a Estrella surgir de ella diciendo:

- Te lo dije, te dije que desearías volver con tus padres y así ha sido. Has vencido todas las pruebas que te puse en el camino y muchas más que ni se me hubieran ocurrido, ahora eres un buen chico. Y a ti, hado último -dijo refiriéndose al hadito que había concedido el deseo a Hugo- ya veo que tu y tus compañeros habéis aprendido mucho también sobre como tratar y ayudar a las personas, así que os concedo la graduación, sois libres, enseñaré a la siguiente generación de hados tanto como os he enseñado a vosotros. - Y desapareció, seguramente para siempre, de la vida de Hugo.

Y así acaba este cuento: Hugo con mucha ilusión por aprender el oficio de herrero e innovar con todas las ideas que se le ocurrían, sus padres contentos de que hubiera madurado, sus hermanas viviendo con sus propias familias, el dueño del pueblo pensando en qué más podía tener que los otros no tuvieran, los habitantes del pueblo riéndose de su amo, la cocinera, el pastor y la criadita trabajando todos los días y visitando a Hugo tanto como podían, los hados estudiando psicología y Estrella tratando de elegir un género.

Y conte contat, per la ximeneia s'ha escapat.

Publicado la semana 42. 15/10/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter