Semana
41
Jo, Ybáñez

HUGO, ESTRELLA Y EL HADO III

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Relato
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Con los primeros rayos de sol, Hugo se despertó hambriento y con mucho frío y se puso a llorar de nuevo. Al oír sus lamentos sin fin, un hado se arriesgó a acercársele.

- A ver, Hugo, "porelamordedios", haz el favor de dejar de llorar, levantarte y hacer algo. Estoy arriesgándome a que Estrella me castigue de nuevo por hablar contigo, pero ¿es que estás tonto?, ¿necesitas que alguien venga y te diga que tienes que hacer algo ya? -le dijo el hado mirando a derecha e izquierda por si venía Estrella- Me voy, deja de llorar y apáñatelas.

- ¿No me concedes un deseo?, estoy llorando -dijo Hugo.

- Llora lo que te dé la gana, haz lo que te dé la gana, yo me voy, eres imposible.

Y Hugo dejó de llorar y por primera vez pensó que igual tenía que hacer algo, porque parecía que nadie le iba a ayudar y tenía mucha hambre, así que se levantó y miró atentamente las plantas que habían por allí por si alguna le parecía comestible. Y sí, casi sin moverse vió unas hojas grandes y verdes que eran iguales que unas que sus hermanas cocinaban algunas veces para cenar, así que las arrancó y las mordió; no estaban tan buenas como las que hacían sus hermanas, pero eran comestibles. Cuando hubo saciado su hambre, se dió cuenta de que había abierto un pequeño espacio por el que podía moverse y caminar, así que fue cogiendo hojas pensando que ya tenía más comida para después y, además, estaba haciendo un caminito por el que acercarse al lago, que era donde quería ir.

Hugo se estaba cansando mucho, pero como ya sabía que no iba a tener ayuda, de cuando en cuando lloraba un poquito y enseguida se ponía otra vez a recoger acelgas y espinacas. Llegó un momento en el que tenía tantas que se le caían de los brazos, así que se quitó la camiseta y se la anudó a la espalda haciendo una especia de saquito donde llevarlas cómodamente.

Y así, poquito a poquito, llegó hasta el lago al caer la tarde. ¡Qué alegría sintió!, ¡qué satisfecho se sintió de su trabajo!, había conseguido dos cosas por primera vez en su vida: encontrar qué comer y hacer un camino para llegar donde quería, así que pensó que se merecía un descanso, y se tumbó al lado del lago a comer un poco más, beber y dormir.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, se dispuso a seguir el camino, pero entonces se puso a pensar por segunda vez en su vida. Y pensó que si el camino era muy largo le iba a entrar hambre otra vez y ya no le quedaban hojas, así que en vez de ponerse enseguida a caminar, lo primero que hizo fue llenar otra vez el saquito de hojas, lo llenó muchísimo, por si acaso, y emprendió el camino.

Era un camino ancho, bordeado de árboles, con muchos más animalitos que en el profundo bosque que estaba dejando atrás, porque había conejitos que atravesaban el camino, habia venados entre los árboles, ardillas, ratones, pero Hugo ahora ya no tenía miedo porque iba confiado en que llegaría al pueblo y, además, tenía comida.

A media tarde empezó a ver las casas y echó a correr. A medida que iba acercándose vió que el suelo estaba todo lleno de barro y charcos. ¡Menos mal que tengo zapatos! -pensó.

El pueblo muy pequeñito, tendría sólo seis o siete casas, pero era muy similar al suyo y la gente vestía igual: con viejos trapos de color marrón o gris, con perros sueltos por las calles, con personas que tiraban cubos de agua por las ventanas, pero se dió cuenta de que faltaba un sonido que en el pueblo de Hugo era omnipresente: el de la herrería, en ese pueblo no había herreros.

Al encontrarse con los pobladores, todos se le quedaban mirando, ¡claro!, nadie lo conocía, era un forastero para todos. Hugo llegó hasta la plaza del pueblo, donde estaban los ultimos comerciantes vendiendo los productos que les quedaban del día; en sus puestos aún habían algunos racimos de uvas, patatas hervidas, platos de arroz blanco, huevos fritos e incluso unas cuantas sardinas fritas. A Hugo se le hizo la boca agua porque hacía mucho tiempo que no comía algo verdaderamente bueno e incluso, los últimos días, sólo había comido acelgas y espinacas crudas.

- Muchacho, ¿quieres un huevo frito?, si quieres hasta puedo freírte en un momento unas pocas patatas -le gritó uno de los comerciantes.

- Si tienes hambre, mi arroz con verduras y carne es mucho mejor, te lo dejo barato, es el último platito que tengo -le dijo una vendedora.

- Pero, es que no tengo dinero para pagaros, me gustaría mucho comer un huevo frito y un plato de arroz porque hace tiempo que solo como hierba, como esta que llevo -dijo, triste pero sin llorar, Hugo.

- A ver qué llevas ahí -le dijo el primero.

- Sí, si, enséñanos qué hierbas tienes -dijo la mujer.

Y Hugo les mostró la gran cantidad de hojas verdes comestibles que había ido recogiendo por el camino.

- Están buenas, son comestibles, ¿os las puedo cambiar por un poco de vuestra comida? - les dijo Hugo

- Vaya, vaya, ¡cuántas espinacas!, con ellas podría cocinar empanadillas y venderlas mañana aquí. Te las cambio por un plato de arroz.

- ¿Qué tal si te doy la mitad y me das un poco de arroz?, la otra mitad será para tu compañero porque me apetece comer también un huevo frito.

- De acuerdo -dijeron los dos. Y así fué como Hugo se dió cuenta de que su trabajo, aunque al principio le pareció cansino y creyó que solo le serviría para no morir de hambre, se dió cuenta, decimos, de que gracias a él ahora podía comer manjares que ni había soñado antes.

Bueno, caía la tarde ya y tendría que ir pensando en dónde o cómo iba a dormir. La gente iba desapareciendo de las calles, refugiándose en sus casas porque también empezaba a hacer frío. Hugo le preguntó a la mujer del arroz si sabía donde podría dormir, pero ella le dijo que no sabía nada, que no vivía en ese pueblo y que ahora iba a volver a su casa, que estaba lejos. El hombre del huevo frito le dijo que él tampoco era de allí, sólo iba de pueblo en pueblo ofrenciendo comida en los mercados, pero que creía que había una casa muy grande en una de las calles y que allí siempre ayudaban a quien lo necesitaba, así que Hugo se puso a buscar la casa más grande del pueblo y no paró hasta que la encontró.

Estaba en una calle estrecha, pero la casa era grandísima, con unas puertas enormes en el centro y rodeada por diez o doce ventanas a cada lado, así que Hugo golpeó con fuerza la puerta, pero nadie le abrió; golpeó una y otra vez, cada vez más fuerte, pero nada, seguían sin abrirle.

- Y ahora ¿qué hago yo?, ya casi es de noche -y tuvo la tentación de volver a llorar, pero entonces recordó que había superado varias dificultades ya: dormir solo, encontrar comida, despejar un camino para poder pasar... y se le pasaron las ganas de llorar y se puso a pensar. Pensó que, tal vez, la casa era demasiado grande y por eso ni siquiera podían oír los golpes en la puerta, pensó que, si era tan grande, tal vez tenía puerta trasera o incluso alguna ventana abierta por la que pudieran oírle mejor, así que lo que hizo fué empezar a rodear toda la casa por si veía alguna ventana abierta u otra puerta.

De tan grande que era la casa, no acababa hasta el final de la calle y continuaba por la calle de arriba. Hugo caminó y caminó por la calle embarrada sin dejar de tocar la fachada de la casa y luego por la calle de arriba, pero todas las ventanas estaban cerradas; hasta que llegó a la parte trasera de la casa no encontró una puertecita más pequeña a la que golpeó con todas sus fuerzas. Enseguida oyó voces desde dentro:

- ¿Qué son esos golpes?, ¿quien llama a estas horas? -se había hecho de noche mientras Hugo buscaba la puerta de la casa.

- Me llamo Hugo, estoy solo y perdido, ¿podrías dejarme dormir en tu casa?, está muy oscuro aquí.

Entonces abrió la puertecita un señor muy grande, alto, mayor, tosco.

- A ver que te vea -le dijo a Hugo. Y Hugo se colocó de forma de la luz de la cocina, que ahí daba la puertecita, le diera de lleno y el señor pudiera ver que solo era un chiquillo- Es verdad que eres un niño, ¿de dónde sales tu sólo?, ¿has comido ya? -le dijo amablemente.

- Sí, acabo de comer arroz y huevo frito del mercado, muchas gracias, solo necesitaria un lugar en donde dormir esta noche.

- Bueno, mira, yo solo soy el pastor de esta gran casa, así que no puedo dejarte entrar sin el permiso de mis amos, los dueños de la casa, pero podrías dormir en el establo si te parece.

- ¿En el establo?, ¿con la paja blandita?, claro que sí, me parece muy bien, muchas gracias -volvió a repetir Hugo, que había estado durmiendo encima de arbustos o del barro.

Así que el pastor de la casa lo acompañó al establo y lo dejó en un rincón llenito de paja blandita y olorosa.

- Mañana cuando te despiertes, vuelve a llamar a la puerta de la cocina y mi mujer te sacará un tazón de leche y algo para comer.

El agradecimiento de Hugo fué tan grande que volvieron a llenársele los ojos de lágrimas, aunque esta vez no de auto-compasión ni tristeza ni rabia, sino de alegría por haber encontrado personas tan buenas.

Pero al cabo de un rato de estar durmiendo, Hugo empezó a oír unos sonidos muy extraños, parecían muchas personas llorando o quejándose así que salió fuera del establo para ver de dónde provenían esos sonidos. La verdad es que se oían en todo el pueblo; Hugo caminó por las calles y de todas las casas salían esos sonidos lastimeros y quejumbrosos que conseguían que ningún búho ni ninguna culebra acudiera al pueblo. Era como una sinfonía del dolor: en todas las casas se oían quejidos, lloros y hasta enfados: "ésto no puede ser, no se puede dormir así", oyó Hugo que decía alguien.

Al día siguiente, cuando llamó a la puerta de la cocina, la cocinera le sacó a la puerta un gran tazón de leche calentita y una buena rebanada de pan recién hecho, y Hugo, después de agradecerle su bondad, le preguntó porqué la gente se quejaba tanto durante toda la noche, si siempre era así.

-Sí, hijo, sí, todas las noches cuando nos acostamos en nuestros jergones de paja, en vez de poder dormir, lo que nos pasa es que nos duele todo el cuerpo porque hay ratas y ratones paseando por el suelo, no nos muerden ni nada, son muy buenos, pero salen a divertirse de noche y como tenemos los jergones apoyados en el suelo nos pasan por encima y no podemos descansar, cuando no nos despierta una ratoncita, nos despierta su padre corriendo tras ella o si no, un ratón que ha encontrado un buen trozo de queso, es un desastre. Mira, ¿sabes quién no se queja?, ¿sabes quién descansa en este pueblo?, los señores de este palacio. Como tienen mucho dinero, hace tiempo se fueron a un pueblo que hay no muy lejos de aqui donde les habian dicho que unos herreros hacen un cuadrado grande de hierro para dejar caer encima el jergón y que los ratones pasen por debajo sin molestar, y así pueden dormir, pero el pueblo no nos podemos permitir ese gasto.

Hugo se dió cuenta de que hablaban de sus padres, que eran herreros y habían inventado ese artilugio que les daba tanto trabajo y que él no había querido aprender a hacer, pero no se lo dijo a la buena cocinera. De todos modos, su corazón, que estaba despertando, quería agradecer a la buena gente que lo había ayudado y empezaba a hacerse una idea de lo que podía hacer: iba a recolectar todas las hojas verdes comestibles que pudiera, las vendería a los cocineros del mercado y con el dinero que le dieran, les encargaría a sus padres bases de hierro para las camas de la gente del pueblo.

Y así lo hizo durante muchísimos días: se levantaba, bebía la leche y comía el pan que le daba la cocinera y se iba al bosque a coger espinacas y acelgas, comía unas cuantas a mediodía, descansaba un poquito y volvía a recoger montones de verduras, al atardecer regresaba al pueblo cargado, vendía su mercancía, que ahora le pagaban con dinero y con algun platito para cenar y se iba al pajar a descansar hasta el día siguiente.

Un día, en el bosque vió unas cositas blancas y marrones que parecían un sombrerito, eran tan graciosas que cogió unas cuantas para enseñárselas a la cocinera. Ésta le dijo que se llamaban champiñones y eran muy buenas para comer, así que Hugo, a partir de entonces, además de las hojas verdes también recogía champiñones, con lo que pudo ahorrar mucho más dinero. Así fueron pasando los días hasta que Hugo pensó que ya tenía bastante dinero ahorrado y podía empezar a encargar las camas para la gente del pueblo.

Pero él no quería volver a su casa porque aún tenía mucha vergüenza de cómo se había comportado con sus padres, así que le pidió al pastor que fuera él a encargar tantas camas como pudiera pagar con el dinero que tenía. Y así fué: el pastor encargó diez camas para que todos los habitantes del pequeño pueblecito pudieran dormir sin preocuparse por las andanzas de los ratones, incluso había una para Hugo.

¡Qué contentos se pusieron todos!, hubo una gran fiesta en la plaza del pueblo cuando el pastor volvió con el carro lleno de camas para todo el mundo. Sonaron las flautas y los tambores y todos se pusieron a bailar y al final, cuando ya era noche cerrada, todo el mundo se fué a sus casas a probar las camas. Fué una noche mágica, no se oyó ningún sonido en toda la noche y todos durmieron como hacía muchos años que no lo podían hacer, al día siguiente todos lucían una preciosa sonrisa y lucecitas en los ojos.

Hugo estaba muy contento, sentía más alegría que nadie de saber que sus amigos descansaban y el agradecimiento que sentían. Pero volvió al bosque para recoger más verdura y champiñones a pesar que ya no necesitaba ahorrar dinero. Ese día, cuando volvió por la tarde, en vez de comer un poquito y ahorrar mucho, se dió un gran banquete con huevos, patatas, tomates frescos y pan acabado de hacer, pero cuando fué a dormir al establo había un hombre que no conocía esperándolo a la puerta. Era un hombre mayor, casi un anciano, con el pelo rojo, muy bien vestido, con ropa limpia y sin ningun agujero, unos zapatos relucientes y un bastón largo con un puño de marfil que apoyaba en el suelo aunque estaba sentado en una silla, a su lado, de pie, estaba una mujer joven, también muy limpia y bien arreglada, pelirroja igual que el señor, con un vestido blanco y zapatitos con botones y detrás de los dos estaba el pastor, su amigo, sucio, con cara de susto y la mirada baja, estrujando entre sus manos su sombrero.

*********************************YA CASI ESTÁ---

Publicado la semana 41. 14/10/2018
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