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Jo, Ybáñez

HUGO, ESTRELLA Y EL HADO II

Al cabo de un rato, cinco o seis hados, igual que el que había visitado a Hugo en su casa, aparecieron revoloteando por entre los árboles y, cuando vieron al chiquillo dormido, se acercaron a él.

Al oir el revoloteo de sus alas, Hugo se despertó y cuando vió que eran muchos hados, volvió a llorar.

- Por tu culpa -lloriqueó, señalando a uno de ellos- por tu culpa estoy solo y lejos de casa.

- Yo no te he hecho nada -le contestó un hado.

- Y ¿qué hago ahora? -dijo Hugo, aún triste .

- Ven, síguenos, siempre que un niño se pierde en el bosque, lo llevamos a una cabaña que hay ahí por ese caminito para que duerma un poco y se calme.

- ¿Es que hay muchos niños a los que le pasa lo mismo que a mi?

- Bueno, muchos no, pero algunos pedís tonterías, como tú, que pediste unos zapatos y luego echáis a correr, os perdéis y venís a nuestro bosque llorando.

- ¡Yo no pedí unos zapatos! -dijo, enfadado, Hugo.

- Sí que los pediste, tienes que darte cuenta de lo que dices y lo que deseas, porque si no, siempre irás perdido. Síguenos y te llevaremos hasta la cabaña.

Y allá que fueron, los hados revoloteando y Hugo siguiéndolos lloroso y renqueando por el bosque hasta la cabaña que albergaba niños perdidos.

¡Y qué cabaña!, estaba peor aún que su casa: los platos, vasos y cazuelas sin limpiar, las camas sin hacer, las sábanas eran grises, el suelo estaba lleno de comida y suciedad, los pocos muebles estaban llenos de polvo... un desastre.

- ¿Aquí queréis que me quede? -dijo Hugo con un poquito de asco.

- Tu verás, es lo que hay.

- ¿Y no hay comida?, tengo hambre.

- Cuando esté la casa limpia. Nosotros podemos hacer la comida, pero limpiar, no podemos limpiar.

- Pues yo tampoco.

- Pues no hay comida.

- Pero yo tengo hambre -gritó Hugo ya enfadado.

- A ver, te ofrecemos donde dormir y la comida que quieras, ¿y tu te enfadas?

- Si -volvió a lloriquear Hugo- estoy enfadado con vosotros, por vuestra culpa voy de una casa sucia a otra, corriendo, sin comer, sin saber qué hacer...

- Podrías haber limpiado tu casa, podrías haber aprendido el oficio de tus padres, podrías haber pedido un buen deseo, podrías limpiar esta casa, pero en vez de eso, has querido unos zapatos y lo único que has hecho ha sido llorar y correr.

- ¡Yo no pedí unos zapatos! - gritó más fuerte Hugo.

- ¡Sí que lo hiciste! -gritaron todos los hados al mismo tiempo.

Y entonces, entre toda la suciedad gris de la cabaña, la oscuridad de la tarde, las ventanas de cristales opacos y los hados y Hugo, sucios, embarrados y enojados, de repente, apareció una luz, una pequeña y brillante luz que fue haciéndose cada vez más grande, una luz blanca que llenó la estancia de alegría y paz. Y desde la luz, salió poco a poco una preciosa figura vestida de azul, brillante, una Estrella de mar con una pequeña varita nacarada en su mano. Era tan bonita la imágen que Hugo y todos los hados callaron de repente, avergonzados por la discusión que estaban teniendo ante un ser tan especial.

La luz había llenado toda la estancia ya y la figura de azul emergió completamente, les dirigió una mirada intensa llena de energía y les dijo, gritando, desgañitándose:

- ¡Por el amor de Dios!, ¿qué creéis que estáis haciendo?, ¡me cago en todo lo que se menea!, ¿es eso lo que os he enseñado?, estoy hasta las narices de vosotros, ¿cómo tenéis la casa así?, ¿por què estáis gritando tanto?, ¿quien es este niño?, os voy a suspender a todos -cada vez gritaba más, daba mucho miedo ver salir aquella voz desbocada de una Estrella tan dulce y los hados se quedaron sin fuerza ni para volar. Ni qué decir tiene que Hugo estaba con la boca abierta sin saber qué decir ni donde esconderse de ese ser tan extraño e iracundo.

- Es que... es que... -balbuceaban los hados con la cara agachada, llenos de vergüenza y temor ... -

- Es que qué?, eh?, qué?, ¿cómo que vosotros no podéis limpiar y sólo podéis hacer la comida?, '¡venga!, ¡aire! ¡a dejar la casa como los chorros del oro, pero ya! Y tu, niño, no sé quien eres, pero no me importa ahora, venga, a limpiar, deja de lloriquear, cierra la boca y ponte a trabajar enseguida, que hasta que no acabéis no comemos y tengo muchas cosas que deciros a todos.

Asi que todo el mundo excepto la preciosa y resplandeciente figura mágica se pusieron a barrer, lavar, fregar.... limpiaron el polvo, cambiaron las sábanas, los cristales de las ventanas se volvieron transparentes, el suelo resultó ser de un bonito color beige y sacaron montones de bolsas de basura (biodegradables).

Cuando todo estuvo listo, Hugo volvió a quejarse del hambre que tenía, pero ni siquiera entonces la figura de Estrella de mar le dejó hacer la comida.

- ¿Pero tú te has visto lo sucio que vas?, toda la ropa sudada y sucia, ¿y los zapatos?, los llevas todos llenos de barro, ¡¿y vosotros qué miráis?! -gritó todavía más fuerte dirigiéndose a los hados que, temblando, volvieron revoloteando a sus quehaceres - ¡todos a la ducha!, vamos, ¿a qué esperáis? Os quiero a todos limpios y con la ropa nueva en menos de quince minutos. ¡Aire!

Así que llenaron varias vasijas con agua caliente y se limpiaron a conciencia todos, quitándose la ropa gris mugrienta y poniéndose limpias camisas blancas, calcetines azules y vaqueros nuevecitos. Para Hugo tenían preparada también ropa de chico grande: una camiseta de rayas y unos pantalones chinos de color tostado. Hugo se limpió los zapatos embarrados a conciencia de forma que todo parecía diferente cuando se sentaron a la mesa.

- Bueno, ya veo que mi idea de dejar que asumieráis vuestras responsabilidades ha resultado muy mal, así que me tendréis cerca hasta que aprendáis. Niño, -dijo dirigiéndose a Hugo- ¿cómo te llamas y qué haces aquí?

- Me llamo Hugo y uno de estos tontos seres pequeños me engañó diciéndome que me iba a conceder un deseo y, al final, sólo me dió este par de zapatos que no me sirven de nada -dijo Hugo, enfadándose otra vez.

Los hados empezaron a protestar otra vez, pero callaron enseguida, no fuera que les castigara de nuevo la autoritaria Estrella azul.

- Hugo, ¿estás seguro que no pediste zapatos?, yo creo, oí allá en el fondo, que dijiste que te gustaría tener unos zapatos para correr mundo. ¿No fué así? -gritó estentóreamente, toda roja de ira.

- Yo... yo... -balbució Hugo.

- Tu... tu...qué?. Odio a la gente que dice mentiras, ¿oyes?, -gritó, nuevamente, el ser etéreo y azul- Estáis todos castigados, todos, y hasta que no cumpláis con mis condiciones, ni vosotros podréis conceder deseos, ni tú podrás volver a tu casa.

- No, si yo no quiero volver a mi casa, está toda sucia, mis padres están enfadados conmigo y todo el pueblo es una mierda llena de barro -dijo Hugo.

En ese momento un chorro de luz salió de los ojos de la Estrella azul; toda ella se había puesto roja, menos su aura, la rabia le estaba saliendo de los ojos y todas las cosas a las que dirigía su mirada, ardían en un momento: las cortinas de las ventanas acabadas de lavar, la lámpara de sobremesa, las sillas sin polvo, la puerta de la entrada, todo ardió y desapareció en un momento, antes de que se pudiera calmar. Cuando consiguió cerrar los ojos, se puso a respirar hondo y despacio y se fué calmando poco a poco. Los hados estaban todos quietecitos en un rincón, cogidos de las manos para compartir su miedo, pero ya sabían como era, así que esperaron calladitos a que este "ser superior" se tranquilizara un poco, pero Hugo se meó en los pantalones del susto.

- Bien, no vamos a discutir más, ni quiero oír más excusas ni más "destarifos" (¿qué?), atended lo que tenéis que hacer para que os perdone y todo vuelva a la normalidad y podamos ser un poquito más felices:

Vosotros, pequeños tontos, a partir de ahora, cuando vayáis a ver a alguien que sufre y queráis concederle un deseo, lo primero que quiero que hagáis es preguntarle qué le pasa y consolarlo, y solo cuando esté calmado y confíe en vosotros podréis ayudarle y darle lo que realmente necesite. Para saber si habéis aprendido la lección os encontrarèis a tres personas que os necesitarán. ¡A ver si aprendéis!

Y tu, desagradecido niño, tu también te enfrentarás a tres pruebas y sólo cuando las venzas conscientemente, te dejaré volver a tu casa.

- ¡Que yo no quiero volver a mi casa!

- ¿Otra vez?, mira lo que te digo: al final de la prueba desearás ciegamente poder volver a tu casa y a tu embarrado pueblo, ¡ya verás, te lo juro!, niño de mierda.

Y en medio de una explosión roja, llena de humo gris y negro, la Estrella de mar que parecía un ángel, pero con voz de león furibundo, desapareció dejándolos a todos deslumbrados por la luz blanca.

Todo habia quedado en silencio, incluso los haditos y Hugo, temiendo que aún reapareciera para gritarles y amenazarles de nuevo, pero al cabo de un rato, empezaron a moverse, casi seguros de que estaba todo dicho y poco a poco volvieron a revolotear y Hugo a quejarse de hambre, así que cocinaron algo, comieron y enseguida lo lavaron todo y guardaron, seguros de que, si no lo hacían, la Estrella azul les gritaría desde allá donde estuviera tan fuerte que les dolerían los oídos de nuevo. Después se fueron a dormir.

Al día siguiente, nada más salir el sol, todos se despertaron, desayunaron, limpiaron, se vistieron y ...

- ¿Qué soléis hacer todos los días por aquí? -dijo Hugo

- Pues ahora nos vamos al bosque y escuchamos, escuchamos los sonidos de los pájaros, de las plantas al crecer, de los animalitos corriendo, de las hormigas trabajando... y entre todos los sonidos, si oímos a alguien llorar, vamos a ver si podemos concederle un deseo para que vuelva a estar alegre.

- Pues ya oísteis ayer lo que dijo: primero hay que calmarle porque si no, haréis lo que hicistéis conmigo, que, con lo triste que estaba, solo se me ocurrió pedir unos zapatos para huir de mi casa.

- Uf, sí, tendremos que escuchar primero y conceder el deseo cuando ya no esté llorando. Bueno, nos vamos.

- ¿Os váis?, ¿y yo qué hago?

- Ya te apañarás. Mira a ver en la huerta si hay fruta o verdura por recoger o invéntate algo para hacer.

Y Hugo, que nunca había trabajado ni hecho nada de provecho en su vida, en vez de pensar qué podía coger de la huerta para hacer la comida, se tumbó sobre la hierba y se echó a dormir.

Al empezar a caer la tarde, Hugo, oyó en el fondo de sus sueños la charla de los hados, que habìan vuelto y se estaban contando lo que les había pasado durante todo el día.

- Encontré a una chica jovencita llorando desconsolada sentada en el tronco caído de un árbol. Me posé en su hombro y la acaricié hasta que dejó de llorar. Entonces le pregunté qué le pasaba y si la podía ayudar. Me dijo que su novio le había cantado una canción horrible que hablaba de golpes y de obligarla a cosas que ella no quería y cuando le dijo que esa canción no quería volver a oírla en su vida, su novio se había enfadado y se había marchado insultándola. Le dije que pensaba que ella tenía razón y que comprendía que llorara porque había sido una desilusión pensar que su novio era bueno y la quería y resulta que estaba equivocada, pero que seguro que luego se iba a sentir mejor por no hacer lo que los demás le decían que tenía que hacer. Eso pareció consolarla y dejó de llorar del todo, hasta sonrió un poco, así que le dije que le podía conceder un deseo, que si sabía qué es lo que quería. La chica me dijo que sí que lo sabía, dijo que desearía que desaparecieran del mundo todas las canciones ofensivas, a ver si así los imbéciles, por lo menos se estrujaban la cabeza para decir imbecilidades sin que se las dieran pensadas y cantadas, y así lo hice: levanté mi varita negra y ¡pluf! le concedí el deseo. No creo que vuelva con su novio, pero al menos ninguna otra niña llorará por lo mismo.

- ¡Qué bien!, yo también encontré a alguien triste. Era un chico que había estudiado para ser maestro, había estudiado mucho, estaba sentado llorando porque no había escuelas infantiles y no podía enseñar a los niños como siempre había soñado. Me senté a su lado y le pregunté qué había aprendido y por qué le gustaba tanto enseñar a los niños y me estuvo contando lo feliz que se sentiría si podía enseñar a los más pequeños a cantar y bailar, a hablar palabras cada vez más difíciles, a compartir juguetes y juegos. Entonces le dije que yo era un hado y que podía concederle un deseo y él me preguntó si podía construírle una guardería para que los niños fueran a jugar y aprender con él y en un momento la tuve lista. ¡Qué alegría tuvo!, se puso a cantar y bailar y al momento varias mamás que pasaban por allí con sus nenes le preguntaron si se los podían dejar un rato, y ¡claro! Allí se quedó tan feliz...Y tu, Hugo, despierta ya, ¿qué has hecho hoy?.

- ¿Yo?, nada, ¿tenía que hacer algo?, he estado esperando a que vinieráis para comer...

- !Madredelamorhermoso¡, ¿no has hecho nada?, ¿no has recogido la fruta y la verdura madura al menos?, yo que tú me escondería no sea que venga la Estrella y nos castigue a todos por tu culpa.

- Sí, sí, vámonos, vámonos.

Y en un momento desaparecieron todos los haditos dejando a Hugo sólo, aún recostado en la hamaca y trantando de levantarse. Y dicho y hecho: apareció la pequeñita luz brillante en medio de la sala, empezó a crecer y crecer, y de su interior apareció otra vez la luz azul que envolvía a la mágica Estrella de mar. De su cuerpo deslumbrante salió una vocecita dulce y cantarina esta vez:

- Hugo, Huguito -decía suavemente Estrella- Hugo, ¿qué has hecho hoy?, ¿qué has estado haciendo durante todo el día?, ¿puedes enseñármelo?.

Su voz era tan dulce que Hugo no sabía si estaba perdonado o es que Estrella estaba muy muy enfadado (o enfadada, no sabía).

- ¿Yo?, nada, he estado descansando de todo el trabajo que hice ayer.

- ¡Que has estado descansando de qué?! -dijo Estrella subiendo en cada sílaba el tono de su voz hasta que salió un grito estentóreo con el último "qué"- ¿todo el día tumbado sin hacer nada?. Te vas a arrepentir de ésto, ¿es que ayer no me escuchaste?. Tus pruebas empiezan ahora -ésto ya lo chilló a voz en grito, con rayos rojos saliéndole de las puntas de sus extremidades.

Y antes de que Hugo se diera cuenta, todo había desaparecido a su alrededor, se encontraba en una oscuridad completa, incluso parecía que estuviera flotando en un espacio negro infinito. Y entonces oyó de nuevo la voz de Estrella:

- Ahora apáñatelas como puedas. A partir de ahora tienes que cuidar de ti mismo, nadie te ayudará y solo cuando lo merezcas, podrás pedir un deseo, un último regalo que te haré cuando hayas aprendido a vivir de verdad.

Y con un destello, la luz volvió a rodear a Hugo y vió que estaba en pleno bosque, un frondoso bosque lleno de plantas y animalitos. No había ningun camino hecho, asi que Hugo no se podía mover. Las plantas altas, verdes, doradas, algunas llenas de flores grandes y pequeñas de todos los colores, lo invadían todo; los altísimos árboles llenos de ramas y hojas, destilaban gotitas de agua como si hubiera llovido, así que el suelo, cuando Hugo pudo verlo, estaba lleno de charcos y embarrado. El sol se filtraba entre las hojas y las plantas en rayitos de luz que iluminaban caracoles, culebritas, arañas y sus telas. Los pájaros de muchos colores y tamaños saltaban de rama en rama o sobrevolaban los altos árboles bajo el cielo azul.

- ¿Y ahora qué hago yo?, ¡si no me puedo ni mover!, ¡qué fastidio de hados, Estrellas, deseos, pruebas y castigos!, ¡qué harto estoy, desde luego!, si lo sé me quedo en mi casa. ¿En qué dirección estará mi casa?.

Y haciendo un esfuerzo de atención y cerebro, se dió cuenta de que podía trepar un poco por las ramas de un árbol y ver si había bosque en todas las direcciones o si podía haber algo más allá de la espesura. Subió a una rama a pesar de que le costó muchísimo porque nunca en su vida había hecho ejercicio, se sentó en ella y miró a lo lejos a ver qué había.

Enfrente de él seguía viendo bosque y bosque, a su izquierda, bosque y bosque, a su derecha había un lago grande de limpia agua transparente y un caminito (¡qué alegría sintió!) que se perdía entre más árboles y plantas, pero cuando se dió la vuelta completa sobre la rama para ver qué es lo que había por detrás, vió los tejados rojos de muchas casas apiñadas alrededor de una casa mucho más grande que las otras y que también tenía los tejados rojos de las torrecitas y cúpulas, parecía un palacio. Así que bajó rápidamente del árbol, casi cayendo, y quiso correr hacia el lago y el caminito porque estaba seguro que lo llevaría hasta el pueblo.

Pero, ¿cómo podría llegar hasta allí si las plantas se lo impedían?, entonces Hugo se puso a llorar de nuevo porque no sabía qué hacer y estuvo llorando hasta que se hizo de noche y se durmió.

----------------------------------------------- Y SIGUE

Publicado la semana 40. 07/10/2018
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