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Jo, Ybáñez

HUGO, ESTRELLA Y EL HADO I

Érase una vez, allá por los tiempos de Maricastaña, un niño que vivía en un pequeño pueblo sin mar, pero con mucha agua, todas las calles estaban siempre embarradas por la lluvia, por el río que lo cruzaba o por los cubos de agua sucia que, desde las ventanas de las casas, echaban a la calle (era un poco peligroso caminar cerca de las casas).

Ese niño era el hijo pequeño de una familia grande. Sus padres eran los herreros del pueblo y tanto su madre como su padre se pasaban el día con el martillo en la mano dándole golpes ensordecedores al yunque, haciendo saltar chispas a su alrededor, en un taller gris y oscuro.

El niño de nuestro cuento, que se llamaba Hugo, tenía cuatro hermanas cantarinas, despreocupadas y mayores que se pasaban el día limpiando la casa, comprando y cocinando comida, charlando incansablemente, lavando y planchando ropa y echando cubos de agua sucia desde las ventanas de la cocina a la calle. Por la tarde, mientras sus padres continuaban pegando martillazos y atendiendo a los dueños de los caballos que se habían quedado sin herraduras, sus hermanas caían en un embrujo, Hugo no sabía qué les ocurría: se iban todas a una habitación muy misteriosa que había en la casa, con muchísimas cajas de cartón llenas de hojitas de papel todas rayadas, se sentaban cada una en una silla o un sillón y hojeaban durante horas y horas esas cajitas raras, pasando las hojas rayadas y haciendo muecas constantemente: una abría los ojos como platos, la otra lloraba calladamente, otra reía y la otra bostezaba.

Nadie hacía caso de Hugo, así que Hugo salía a la calle a buscar amigos con los que jugar, pero sus amigos estaban en la escuela.

Hugo no quería ir a la escuela así que todas las mañanas, cuando sus padres y sus hermanas se levantaban, desayunaban y se vestían, él se quedaba en la cama hasta que cada uno iba a su tarea. Nadie se acordaba de Hugo, asi que él se levantaba más tarde y, sucio y mal vestido, comía un pedazo de pan con manteca y salía a la calle a deambular molestando a los gatos y buscando perros para tirarles piedras, mientras sus padres trabajaban rodeados de hierro y sus hermanas trabajaban rodeadas de agua y suciedad.

Y así pasó el tiempo: sus padres seguían martilleando, pero sus hermanas, poco a poco, fueron dejando la casa, una se casó, otra encontró trabajo en una tienda de telas, la mayor dijo que se iba a estudiar a la ciudad y la más pequeña se fué un día con sus amigas y no regresó, poco después recibieron una carta en la que les explicaba que estaba viviendo en el pueblo de al lado con su novio (o con su novia, no estaba claro), que ya volvería un día a presentárselo ( o presentársela).

Así que la casa se quedó toda para Hugo y, lo que era peor, ahora él tenía que hacer todas las tareas que hacían sus hermanas mientras sus padres trabajaban: limpiar la casa, comprar y cocinar, lavar y planchar la ropa y echar los cubos de agua sucia por la ventana. Pero la tarde la tenía libre porque era el tiempo que utilizaban sus hermanas para leer en la biblioteca y Hugo no sabía leer, así que, a pesar de no ser ya un niño, Hugo seguía buscando gatos y perros por las calles embarradas.

Sus padres empezaron a preocuparse por Hugo porque nunca sabían qué es lo que estaba haciendo por las tardes y, además, necesitaban un poco más de ayuda en la herrería: además de herraduras, ahora se les había ocurrido hacer unas estructuras con patas para poner encima el colchón de paja, y así las personas podían dormir más confortablemente y esta idea había tenido mucho éxito y les estaba dando mucho trabajo. Así que querían que Hugo aprendiera el oficio de herrero pero, ahora que lo necesitaban, nunca sabían donde estaba por las tardes.

Una mañana, antes de bajar a la herrería, el padre de Hugo lo llamó por toda la casa:

- Hugo, Hugo -gritaba-, ¿dónde estás?.

Pero Hugo no respondía, escondido dentro de las toscas sábanas de su cama, aún sin estructura de hierro.

Fué su madre la que lo encontró, quitándole de un manotazo esos trozos de tela que eran las sábanas.

- Venga, arriba, que tenemos que hablar contigo, baja a desayunar con nosotros.

Era la primera vez en catorce años que le dirigía la palabra así que Hugo se asustó un poco y la obedeció.

- Mira, Hugo -le dijo su padre.- sé que no te hemos hecho mucho caso hasta ahora, dejamos que te cuidaran tus hermanas porque teníamos mucho trabajo, pero ha llegado el turno de que nos ocupemos de tí: a partir de ahora te enseñaremos un oficio, vendrás con nosotros a la herrería y aprenderás todos los trucos de herrero.

- ¿Todos los trucos?, ¿hay truco en coger un martillo y hacer saltar chispas del hierro? -contestó Hugo, molesto.

- No hay truco en coger un martillo, pero sí en hacer bien el trabajo.

- Yo no quiero ser herrero -dijo Hugo.

- Pues te aguantas -contestó su madre.

Así que, cuando terminaron su desayuno, fueron los tres a la herrería y su padre le dió un martillo a Hugo, pero era tan grande que se le cayó de las manos, así que, después de darle un cachete, le dijo que encendiera el fuego del horno. Hugo puso papeles dentro y carbón y encendió cerillas y cerillas con las que no conseguía prender el fuego, así que su padre volvió a darle un cachete y Hugo ahora se puso a llorar, se sentó en el suelo, a la puerta de la herrería y lloró, quizás, por primera vez en su vida.

Su padre se desesperó y su madre le dijo que fuera a casa a limpiar y eso hizo Hugo, bueno, a limpiar no fué, pero a la casa sí: se acostó otra vez y se tapó con las sucias sábanas. Cuando sintió hambre de nuevo, salió de su habitación, pero como no había ido a la compra, no había comida y Hugo se asustó: "ahora vendrán mis padres a comer y se enfadarán más aún conmigo -pensó - ¿qué hago?", y se puso a llorar de nuevo.

Estaba sentado en la cocina, con las ventanas abiertas y por ella entrò un .... ¿ser? un poco extraño: parecía a primera vista un moscón grande, pero al acercarse a Hugo, éste vió que era un chico muy pequeño, vestido con una camiseta gris, unos bermudas de tela vaquera y que también tenía alas, dos pares de alas grises que salían de su espalda y un palito negro en su mano derecha. Tenía el pelo oscuro y largo.

Este "hado" revoloteó alrededor de Hugo, de su cabeza, hasta que Hugo se dió cuenta y levantó la vista.

¡Qué susto se llevó!

- ¿Qué eres tú?, -gritó, despavorido, Hugo.

- Soy un hado y acudo cuando alguien está sufriendo -le contestó.

- Pues yo estoy sufriendo mucho: mis padres quieren que trabaje y, encima, de herrero, la casa está sucia y sin comida y se van a enfadar mucho cuando vengan y yo tengo mucha hambre -lloriqueó Hugo.

- No te preocupes, yo me ocuparé en un momento de la casa, pero tienes que pensar qué es lo que quieres hacer a partir de ahora, para que te pueda conceder el deseo.

- ¿Qué deseo?

- ¿No sabes que los hados concedemos deseos?

- No sabía que existían los hados hasta que has hablado, ¡qué susto me has dado!.

- Pues ya me ves, ¡anda!, ves pensando en el deseo que quieres que te conceda mientras soluciono lo de la comida.

Y Hugo volvió a sentarse en la silla de la cocina a pensar qué es lo que quería pedirle al hado. Y pensó y pensó..... y pensó más y no se le ocurría qué pedirle al hado, y pensó en los gatos y los perros, y pensó en el martillo y el fuego, y pensó en la cocina y en las sábanas sucias, pero nada de esto era suficientemente importante como para pedírselo al hado, tenía de todo ésto mucho, así que, cuando el hado hubo traído comida y la hubo cocinado, Hugo aún no tenía claro qué es lo que deseaba, pero el tiempo estaba acabando.

- Bueno, Hugo, aquí tienes comida suficiente para varios días, para tus padres y para ti, ahora tienes que decirme qué deseo quieres que te conceda.

- No sé... no sé... -balbuceó Hugo.

- ¿Cómo que no sabes?, ¡si tienes un montón de carencias!, ¿sabes leer y escribir?, ¿sabes historia, ciencias, lengua, literatura?, ¿tienes suficiente ropa, zapatos?, ¿a què quieres dedicarte, cómo vas a ganarte la vida, sabes un oficio? -dijo el hado, cansándose ya de Hugo.

- ¡Ay, no sé, no sé!, ¿no aburrirme? -contestó Hugo.

- ¡Vaya!, pues no sé, ¿me lo pides o me lo preguntas? -dijo el hado.

- ¿Yo qué sé?, no sé nada, no hago nada, no quiero nada, ahora mismo me irìa de mi casa a correr mundo, por ahí, cogería el camino embarrado este y me iría hasta que me cansara, lejos, lejos de la herrería, de la mugrienta casa y de mis padres enfadados.

- Y ¿por qué no lo haces?

- Es que no tengo ni zapatos, me gustaría, al menos, tener zapatos.

- ¡Hecho! -dijo el hado y PLUF, de su negro palito salió una chispa y de repente Hugo tuvo zapatos.

- ¿Qué haces?

- Concederte un deseo, ¡hala!, hasta luego -y desapareció por la ventana tal como había venido

- ¡EH, EH, VUELVEEE! -gritó Hugo hasta desgañitarse esperando que el hado volviera y le concediera más deseos y mejores.

Pero el hado ya no volvió, Hugo esperó y esperó, pero, los únicos que entraron fueron sus padres a la hora de comer.

Cuando Hugo los oyó entrar, se asustó aún más porque, además de no haber aprendido el oficio, iban a verlo con unos zapatos que no le habían comprado, así que Hugo se escurrió por una ventana y, aunque cayó sobre un charco de barro, salió corriendo con los nuevos y ya sucios zapatos que le habia concedido el hado.

"¿Qué hago?, ¿qué hago?" -pensaba Hugo mientras corría por la calle. Y corrió y corrió por la calle embarrada alejándose cada vez más de su casa. Y corría sin pensar en los gatos con los que se encontraba, y corría más cuando los perros lo perseguían ladrando enfadados por lo que siempre les había hecho, y corríó más cuando la calle se acabó y con ella, el barro y el camino sin barro lo llevó hasta el bosque, pero Hugo aún no se había cansado de correr y casi casi que atravesó todo el bosque antes de dejarse caer en la hierba y bajo un árbol.

Y allí volvió a llorar y lloró y lloró hasta que se quedó dormido de cansancio y hambre.

                                                         .................. CONTINUARÁ

Publicado la semana 39. 30/09/2018
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