Semana
36
Jo, Ybáñez

MEDIO CUENTO

Género
Relato
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Marieta era una niña pequeña. Tenía los ojos azules y el pelo negro. Siempre llevaba sandalias, en invierno y en verano.

Con falda corta y camiseta de algodón, iba cómoda y era feliz.

Su hermanito sólo era un año mayor que ella y como no recordaba cuándo había sido hijo único, todo su mundo, todos sus juegos y todo en su vida incluía a Marieta.

Para Marieta, su hermanito Andrés era el maestro y guía, le obedecía en todo y le seguía siempre.

Andrés y Marieta vivían en el campo, en una preciosa y gran casa llena de personas mayores: los abuelos, la tía Pilar y la tía Nieves, el primo Nicolás, la cocinera, la criada, la maestra ... ah¡ sí¡, y a veces, los padres.

De todos, de todos, la que más les gustaba era la maestra. Por la mañana, cuando los rayos de sol asomaban por entre las ramas de los árboles (parecían rayas de luz buscando la ventana de la habitación) la maestra entraba y, a besos y caricias, despertaba a los niños. Cuando por fin abrían los ojos, ella, abriendo las celosías de las ventanas les decía:

- Mirad, levantáos y ved cómo el sol nos da los buenos días. No veremos nunca un paisaje como este, es el más bonito que he visto nunca.

Y esto lo decía un día tras otro, todas las mañanas eran las más bonitas, menos cuando estaba lloviendo, claro. Entonces, les decía a los niños:

- Mirad, levantáos y ved cómo la lluvia nos visita. Cómo moja los campos y lo limpia todo. Cada gota brilla de vida y belleza. No veremos nunca un día como este, es el más bonito que nunca veremos.

Y Andrés y Marieta se levantaban corriendo de la cama, agradecidos de ver por la ventana, cada día, un paisaje tan bonito como aquel.

Se bebíanla leche y se comían el pan con tomate, charlando sin parar de lo que podrían hacer todo el día. La maestra les empujaba o los frenaba según las travesuras que se les ocurrían, principalmente a Andrés, que era el mayor y más atrevido.

Al final, siempre llegaban a un acuerdo con la maestra, y el acuerdo siempre incluía, por supuesto, un buen rato de leer, escribir, repasar números y tablas de multiplicar. Después iban a regar las plantas y la maestra les enseñaba el nombre de una o dos cada día, cómo crecían, qué había que hacer para que estuvieran sanas y fuertes y si tenían algún uso en la cocina o qué se podía aprovechar de ellas . Y también iban donde estaban los animales: dos o tres gatos, dos perros, el gallo y las gallinas, los conejitos ... les daban de comer y los acariciaban un rato. Los animales, a quien más querían era a Marieta, era tan dulce con ellos ... ¡¡

Cuanto todos los animalitos estaban bien cuidados y mimados, Andrés decía:

- Maestra, ya nos podamos ir a jugar?

Y la maestra les decía que sí, que no se fueron lejos y que volvieran antes de la hora de comer. Entonces, Andrés llamaba:

- Marieta, ¿dónde estás? Vamos a ver el árbol ese tan alto que hay en el bosque.

Marieta le decía:

- Espera, Andrés, que este polluelo se ha perdido y no encuentra a su madre, espera que lo acompañe.

Y tardaba, y tardaba ...

- Marieta¡¡ -gritaba Andrés- vamos a jugar al bosque ya.

- Espera, Andrés, es que Toni el burrito está disgustado y estoy acariciándolo.

- Venga, Marieta, déjalo y vamos.

Y cuando Marieta pensaba que todos los animales estaban atendidos y felices, corría con Andrés hacia el bosque.

Alli había otra clase de animalitos y plantas, árboles a los que les gustaba subir y arroyos donde se mojaban los pies.

Como Marieta siempre llevaba sandalias, no se las sacaba y en un momento tenía los pies secos, pero como Andrés llevaba deportivas de tela, tenía que quitárselas para no llevar los pies siempre mojados.

Un día, cuando Marieta ya había abrazado a los gatitos y había convencido a la madre gata de que la quería mucho (la gata le bufó dos veces, pero después, vencida, ronroneó cuando Marieta le acarició la cabecita), y las gallinas estaban relajadas porque Marieta les había cantado dos canciones de cuna, cuando Andrés ya estaba enfadándose porque la hermana sólo sabía decir: "espera, espera, ahora voy", vieron volver corriendo a la maestra hacia ellos y les dijo:

- Andrés, Marieta, hoy no podéis ir a jugar por ahi; vamos a casa, que vuestros padres están a punto de llegar y quieren veros enseguida, comer con vosotros y pasar un buen rato todos juntos.

- El papá y la mamá? -preguntó Andrés asombrado-. Hoy ?, bbuuff, qué pesados¡

- Andrés, no digas eso¡ -le regañó la maestra-, hace ocho o diez días que no les ves.

- Siempre están trabajando, siempre están trabajando¡¡ ¿y ahora vienen?,¿ ahora que nos íbamos a jugar al río?.

- Al río ?, qué río? -pregunta la maestra, toda extrañada y enfadándose.

- Ese que hay por los cañaverales; como ha llovido mucho, se ha formado un arroyo.

- Ah¡ bien, ya sé donde es, durará dos días, no es hondo. Pero no podéis ir, vamos a casa, a lavaros bien las manos y os contaré un cuento mientras llegan.

A todo esto, hasta ahora, Marieta no había dicho ni pío. Cuando oyó que los padres estaban a punto de llegar se puso a pensar en ellos. Ya hacía más de una semana desde la última vez que los había visto. Recordó a su padre: alto, delgado y tieso, con bigote que le picaba cuanto la besaba, no recordaba si llevaba gafas o no, recordaba que a veces llevaba corbatas divertidas, de colorines y dibujitos. No hablaba mucho, a veces preguntaba:

- Bueno, y ¿qué me cuentas de la maestra ?, ¿os enseña mucho ?, ¿ya sabéis las capitales de Europa? ¿y las tablas de multiplicar?

Y cuando Marieta quería contestarle que era demasiado pequeña para eso de las capitales y que lo que había aprendido era como crecía la hierbabuena y para qué servía, él, sin mirarla ni escucharla, le preguntaba a la Andrés si ya sabía escribir con buena letra y cuantas palabras de inglés conocía.

Por eso, Marieta había aprendido a no hacer caso de su padre, sólo le dedicaba un comienzo de sonrisa como respuesta a las tradicionales preguntas, que le bastaba a su padre como respuesta.

La madre (ay, la madre¡) era otra cosa. Cuanto entraba en la casa se pasaba un buen rato apretando y besuqueando a los dos niños diciendo:

- Ay, mis niños¡¡ ay, mis niños¡¡ qué ganas tenía de veros. Angeles mios¡¡que abandonados os tengo¡¡ que abandonaditos os tengo¡¡ como os quiero¡¡, ay mis niños¡.

Todo esto a grito pelado y con las lágrimas cayéndole por la cara y mojando a los niños también.

Acto seguido los miraba bien y empezaba:

- ¿Por qué no le habéis cortado el pelo a la niña ?, lo lleva un desastre, todo liso y mal peinado. Y Andrés? Siempre que lo veo lleva heridas en las rodillas, ¿eso como es? ¿que no tenéis cuidado del niño ?, así no vamos bien.

Y se dirigía, rápida y furiosa, hacia la cocina a regañar a la maestra por todo y a la cocinera para hacer o no hacer tal o cual comida y para obligarlos o no a comer o no comer a los niños.

La madre también era alta y delgada, con un precioso pelo largo y dorado que ni Andrés ni Marieta podían tocarle nunca porque siempre acababa de venir de la peluquería, unos ojos grandísimos y una boca siempre roja que les dejaba estampada en las mejillas. Su piel desprendía olor a flores y las uñas siempre eran del mismo color que los labios.

Eso es lo que recordaba Marieta de sus padres.

- Venga, a peinaros enseguida, que ya sabéis que vuestra madre no quiere que vayáis desastrados -dijo la maestra ........

 

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Marieta era una xiqueta xicoteta. Tenia els ulls blaus i els cabells negres. Sempre portava sandàlies, a l'hivern i a l'estiu.

Amb faldilla curta i samarreta de cotó, anava còmoda i era feliç.

El seu germanet només era un any més gran que ella i com no recordava cuan havia estat fill únic, tot el seu món, tots els seus jocs i tot en la seua vida incloïa a Marieta.

Per Marieta, el seu germanet Andreu era el mestre i guia, li obeïa en tot i el seguia sempre.

Andreu i Marieta vivien al camp, en una preciosa i gran casa plena de gent gran: els avis, la tia Pilar i la tia Neus, el cosí Nicolau, la cuinera, la criada, la mestra ... Ah¡ sí¡, i de vegades, els pares.

De tots, de tots, la que més els agradava era la mestra. Al matí, cuan els raigs de sol apuntaven per entre les branques dels arbres (semblaven ratlles de llum buscant la finestra de l'habitació) la mestra entrava i, a besades i carícies, despertava als xiquets. Cuant per fi obrien els ulls, ella, obrint les gelosies de les finestres els deia:

- Mireu, alceu-se i vegem com el sol ens dóna el bon dia. No veurem mai un paisatge com este, és el més bonic que he vist mai.

I això ho deia un dia rere l'altre, tots els matins eren els més bonics, menys cuan estava plovent, és clar. Llavors, els deia als xiquets:

- Mireu, alceu-se i mireu com la pluja ens visita. Com mulla els camps i ho neteja tot. Cada gota brilla de vida i bellesa. No veurem mai un dia com este, és el més bonic que mai veurem.

I Andreu i Marieta s'alçaven corrent del llit, agraïts de veure per la finestra, cada dia, un paisatge tan bonic com aquell.

Es prenien la llet i es menjaven el pa amb tomàquet, xerrant sense parar del que podrien fer tot el dia. La mestra els empenyia o els frenava segons les isaetes que se'ls ocorrien, principalment a Andreu, que era el major i més atrevit.

Al final, sempre arribaven a un acord amb la mestra, i l'acord sempre incloïa, per descomptat, una bona estona de llegir, escriure, repassar números i tables de multiplicar. Després anaven a regar les plantes i la mestra els ensenyava el nom d'una o dues cada dia, com creixien, què havien de fer perquè estagueren sanes i fortes i si tenien algun ús a la cuina o què es podia aprofitar d'elles. I també anaven on estaven els animals: dos o tres gats, dos gossos, el pollastre i les gallines, els conillets ... els donaven de menjar i els acariciaven una estona. Els animals, a qui més volien era a Marieta, era tan dolça amb ells ... '

Cuant tots els animalets estaven ben cuidats i mimats, Andreu deia:

- Mestra, ja ens puguem anar a jugar?

I la mestra els deia que sí, que nom se'n anaren lluny i que tornaren abans de l'hora de dinar. Llavors, Andreu deia:

- Marieta, on estàs? Anem a vore l'arbre eixe tan alt que hi ha al bosc.

Marieta li deia:

- Espera, Andreu, que este pollet s'ha perdut i no troba la mare, espera que l'acompanye.

I tardava, i tardava ...

- Marieta¡¡ -cridava Andreu- anem a jugar al bosc ja.

- Espera, Andreu, és que Toni el burret està disgustat i estic acariciant-lo.

- Va, Marieta, deixa-ho i anem.

I cuan Marieta pensava que tots els animals estaven atesos i feliços, corria amb Andreu cap al bosc.

Alli hi havia una altra classe d'animalets i plantes, arbres als cuals els agradava pujar i rierols on es mullaven els peus.

Com Marieta sempre portava sandàlies, no se les treia i en un moment tenia els peus secs, però com Andreu portava esportives de tela, havia de llevar-se-les per no portar els peus sempre mullats.

Un dia, cuan Marieta ja havia abraçat als gatets i havia convençut la mare gata que l'estimava molt (la gata li va esbufegar dos vegades, però després, vençuda, ronronejà cuan Marieta li va acariciar el cabet), i les gallines estaven relaxades perquè Marieta els havia cantat dos cançons de bressol, cuan Andreu ja estava enfadant-se perquè la germana només sabia dir: "espera, espera, ara vaig", van veure tornar corrent a la mestra cap a ells i els va dir:

- Andreu, Marieta, hui no podeu anar a jugar per ahi; anem a casa, que els vostres pares estan a punt d'arribar i volen veure-vos de seguida, menjar amb vosaltres i passar una bona estona tots junts.

- El pare i la mare? -va preguntar Andreu asombrat-. Hui?, Bbuuff, què pesats¡

- Andreu, no digues eixò¡ -li va renyir la mestra-, fa huit o deu dies que no els veus.

- Sempre estan treballant, sempre estan treballant¡¡ i ara vénen?, ara que ens anàvem a jugar al riu?.

- Al riu?, quin riu? -preguntà la mestra, tota estranyada i enfadant-se.

- Eixe que hi ha pels canyars, com ha plogut molt, s'ha format un rierol.

- Ah¡ bé, ja sé on és, durarà dos dies, no és fondo. Però no podeu anar, anem a casa, a rentar-vos bé les mans i vos contaré un conte mentre arriben.

A tot això, fins ara, Marieta no havia dit ni pío. Com va sentir que els pares estaven a punt d'arribar es va posar a pensar en ells. Ja feia més d'una setmana des de l'última vegada que els havia vist. Va recordar al seu pare: alt, prim i tieso, amb un bigot que li picava si la besava, no recordava si portava ulleres o no, recordava que de vegades portava corbates divertides, de colorins i dibuixets. No parlava molt, de vegades preguntava:

- Bé, i què em contes de la mestra?, vos ensenya molt?, ja sabeu les capitals d'Europa? I les tables de multiplicar?

I cuan Marieta volia contestar-li que era massa xicoteta per això de les capitals i que el que havia après era com creixia la menta i perquè servia, ell, sense mirar-la ni escoltar-la, li preguntava a Andreu si ja sabia escriure amb bona lletra i cuantes paraules d'anglès coneixia.

Llavors, Marieta havia après a no fer cas del seu pare, només li dedicava un començament de somriure com a resposta a les tradicionals preguntes, que era prou per al seu pare com a resposta.

La mare (ai, la mare¡) era una altra cosa. Cuan entrava a la casa es passava una bona estona apretant i besuquejant als dos xiquets dient:

- Ai, els meus xiquets¡¡ ai, els meus xiquets¡¡ quines ganes tenia de veure'ls. Angeles meus¡¡que abandonats vos tinc¡¡ que abandonadets vos tinc, com vos vull¡¡, ai els meus xiquets¡.

Tot això a plena veu i amb les llàgrimes caient-li-per la cara i mullant als xiquets també.

Tot seguit els mirava bé i començava:

- Per què no li heu tallat els cabells a la xiqueta?, els porta un desastre, tot llis i mal pentinat. I Andreu? Sempre que el veig porta ferides als genolls, això com és? Que no teniu cura del nen?, Així no anem bé.

I es dirigia, ràpida i furiosa, cap a la cuina a renyar a la mestra per tot i la cuinera per fer o no fer tal o cual menjar i per obligar-los o no a menjar o no menjar als xiquets.

La mare també era alta i prima, amb un preciós pèl llarg i daurat que ni Andreu ni Marieta podien tocar-li mai perquè sempre acabava de vindre de la perruqueria, uns ulls grandíssims i una boca sempre roja que els deixava estampada a les galtes. La seua pell desprenia olor de flors i les ungles sempre eren del mateix color que els llavis.

Això és el que recordava Marieta dels seus pares.

- Va, a pentinar-vos de seguida, que ja sabeu que la vostra mare no vol que aneu desastrats -va dir la mestra ........

Publicado la semana 36. 03/09/2018
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La canción de Heidi con un chirrido final
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