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Jo, Ybáñez

DESPARRAMÁS -Capítulo 7-

Se acaba agosto y el sol quema ya a las nueve de la mañana. Marina camina muy aprisa hacia la estación del tren. No sabe realmente a qué hora sale porque no utiliza mucho ese servicio, pero sabe que, aunque hay un horario, siempre hay retrasos e incluso adelantos en la salida de los trenes, eso es lo que le han dicho.

Su jefe la llamó ayer para decirle donde y a qué hora tenía que ir para firmar el contrato, así que tiene que coger el tren.

Marina trabaja en un taller de confección: una nave donde decenas de mujeres se doblan durante muchas horas al día sobre las máquinas de coser para dar forma a miles de bragas; una nave larga, de altos techos y ventanas con viejos cristales que dejan pasar el frío en el invierno y el tórrido calor de las cuatro de la tarde en verano, pero nunca la luz del sol.

A finales de julio, un par de días antes de empezar las vacaciones, su jefe la llamó al despacho.

El despacho estaba al final de la nave; era una cabina hecha de maderas, vidrios y perfiles de aluminio a la que se subía por unas precarias escaleras que alguien habría recogido de algún desguace, seguro. Marina no sabía cómo su jefe se sentía seguro allí arriba, ella desde luego que no... con ese suelo moviéndose a cada paso..., pero él allí estaba, sentado, pegado a su sillón con ruedas que movía arriba y abajo impulsándose con los pies y haciendo que toda la madera del suelo crujiera y temblara: buscaba papeles en los armarios archivadores, se asomaba constantemente para vigilar que todas estuvieran trabajando, ponía papel en la impresora...

Temblando estaba ella también por lo que pensaba que iba a decirle la persona esta: que no volviera en septiembre, que no podía seguir pagándole los tres euros a la hora que le daba, que no podía coger vacaciones, que..... Los seiscientos euros al mes que cobraba, aproximadamente, por las ocho horas cosiendo bragas todos los días, era el único dinero que entraba en casa, no podía perderlo, no tenía paro, todo era en negro, no tenía contrato..., por favor, que no sea eso...

Pero no, no se cumplieron sus màs negras expectativas, muy al contrario: "Siéntate", le dijo mientras miraba los papeles que tenía sobre la mesa, sin levantar la vista, sin mirarla a ella. Y empezó a contarle cosas sobre la empresa que hicieron que a Marina se le subiera a la garganta un nudo de no sabía qué, amargo y grande: que si se ganaba poquísimo con el taller de confección, que si había un montón de impuestos que pagar, que si la calidad tenía que ser mejor cada día, que si.... , pero que como quería mucho a sus empleadas, había decidido hacerles un contrato a varias, entre ellas a Marina, si estaba de acuerdo con las condiciones...

A Marina se le abrieron los ojos como platos, el nudo se le bajó directamente al pecho y sintió una inmensa alegría, pero se dió cuenta de que temblaba aún un poco por lo de las condiciones...

El jefe siguió hablando sobre cómo se sacrificaba por ellas, para que no perdieran el trabajo, porque el mercado está muy mal y se tiene uno que mover muchísimo para conseguir vender el producto y yo trabajo mucho, muchísimo, porque esta mañana mismo.... y seguía y seguía hablando, pero Marina sólo temblaba y estaba contenta por lo del contrato, pero a la vez asustada por las condiciones y sentía moverse el suelo de tablones de madera vieja y pensaba en la factura de la luz y en el calor que hacía abajo cosiendo y en su casa por las noches, tanto calor que no la dejaba dormir... y él seguía hablando de los chinos y sus bajos precios y la gente que no compra producto bueno, sólo bragas de los chinos porque son muy baratas, ¡claro!, les pagan con un plato de arroz y yo aquí tengo que pagar un montón de sueldos y de impuestos, y Marina pensaba en su marido, que no tenía trabajo desde hacía más de cinco años, y nadie quería contratar a un hombre de mediana edad que se había pasado veinte años manejando un elevador de palés, pero allí arriba estaba tan fresquita que podía aguantar la perorata del hombre este... que quiere que le agradezca lo que no sé aún ni qué es.

Y llegó el momento de las condiciones: un contrato de treinta horas semanales, con un sueldo de setecientos cincuenta euros al mes, con todo incluído : "pero tienes que hacerme las horas que sean necesarias, o sea, las cuarenta que ya haces ahora, más las horas extras que se necesiten, sábados, lo que sea para que salgan los pedidos. Y de las vacaciones ya hablaremos, porque este es el último año que os cogéis vacaciones en agosto, que ahora os quedáis la mitad y todo se retrasa mucho".

Marina sólo escuchó "contrato" y "setecientos cincuenta euros al mes", lo demás le daba igual, casi todo le hubiera dado igual, el nudo quiso salir hacia arriba y no se paró en la garganta, quería salir por los ojos, pero Marina lo aguantó como pudo y sonreía, sonreía...

- ¿Qué te parece?, es un sacrificio que hago por vosotras, !eh¡, para teneros contentas.

- Sí, sí, de acuerdo, muy bien.

- Bueno, pues a finales de agosto te llamaré y te diré dónde tienes que ir a firmar el contrato. Y ahora vete a trabajar, que tendrás que quedarte media hora más para adelantar lo que has perdido charlando aquí arriba.

Y Marina bajó y cosió y se quedó a coser más y pasó el mes de agosto muy contenta, con mucho calor, pero alegre y feliz.

Y el día que iba a firmar el contrato, Marina sube al tren haciendo planes ... ahora que cobraría ciento cincuenta euros más al mes, igual podía ahorrar ... y para el año próximo ponerse el aire acondicionado... (¿podían ser "la felicidad" ciento cincuenta euros?), y ¡claro! teniendo contrato... todo lo veía con otros ojos, la vida podía ser distinta.

Cuando faltan solo cinco minutos para que el tren salga, empiezan a entrar en el mismo vagón muchas mujeres de edades muy variadas, en grupos de dos y tres, charlando, riendo, contándose historias y chistes, compartiendo la crema de manos; más tarde aún, otra entra corriendo acalorada, sus compañeras la riñen por no llegar antes. Luego las oye preguntarse entre ellas por un nombre, otra chica que no ha llegado aún (Marina no conoce a ninguna) y alguien se levanta de su asiento y se coloca en la puerta a esperarla, dicen no se qué de que mientras el conductor la vea en la puerta, no pondrá en marcha el tren, pero después otra dice que la chica a la que esperan ha cogido vacaciones y entonces se ponen a reír como locas y se sientan todas ya para que el tren arranque.

Por lo que hablan, Marina deduce que son, seguramente, dependientas de tiendas. Piensa que tienen suerte de tener un horario tan bueno: entran a las diez de la mañana y a mediodía tienen al menos tres horas para hacer lo que quieran, no como ella, que tiene que entrar a coser a las siete de la mañana casi todos los días, (con suerte, algunos días puede entrar a las ocho) y luego a mediodía solo tiene hora y media para hacer algun recado, comer y descansar un poco, porque tambien se pasa toda la tarde dándole al pedal de la máquina de coser hasta las seis: en invierno entra de noche y sale de noche..., menos mal que trabaja muy pocos sábados y sòlo por la mañana...

 

Publicado la semana 33. 16/08/2018
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Sixten tons , Norma Rae , Cuando pienses que estás mal en el trabajo, pero no para conformarte, sino para luchar. , Que la cosa está muy mal, pero solo salen las modelos, las abogadas y las influencers en la tele.
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