Semana
32
Jo, Ybáñez

MICRORRELATOS II

Género
Relato
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A PARTIR DE MAÑANA

A partir de mañana empezaré una vida màs sana (dice Alberto Cortez), pero es que nos ha sobrado mucha gamba de Nochevieja y hay que aprovecharla, así que empezaremos pasado mañana, ¿no?.
¡Ah, no!, que el día 2 es el cumpleaños de Pepita y ya nos ha preparado unos dulces típicos de su pueblo y la mistela, ¡que no falte!. Empezaremos el día 3. ¡Uf, es domingo!, comemos en casa de mi madre, seguro que ha preparado tarta de manzana, pero bueno, es sana, ¿no?, manzana y eso... El lunes, el lunes...

 

EL DINOSAURIO

Precioso cielo azul cubre de vida la tierra exuberante.

Un encendido sol de verano hace brillar las gotas de rocío que se deslizan por las grandes hojas de las plantas. Sus rayos penetran entre las ramas de los árboles formando bellísimas líneas de luz. El color naranja y rojo que desprende llena de energía a toda la vida que bulle sobre la tierra.

Altas palmeras de troncos flexibles buscan alegremente el sol mezclándose entre ellas, como si fueran corriendo en busca de las olas, riendo, cayendo...

Las plantas verdes, de todos los tonos de verdes, y amarillos y marrones, inundan la vista.

El olfato está lleno de ese olor verde que impregna todos los sentidos. Vida.. verde...

Hay árboles de todas clases, formas, tamaños y colores. Arboles grandes que pugnan por un pedazo de luz, árboles pequeños que aprenden y crecen y buscan, árboles de grandes hojas en cortas ramas o de millares de pequeñas hojas en ramas gruesas.

Cuando dejan al viento pasar entre ellas, las hojas ríen moviéndose a su compás, contagiando su alegría al resto de seres vivos y acaban cantando todas juntas una bella melodía de vida.

Los insectos revolotean zumbando. Puntitos de color negro, verde, rojo y amarillo se mueven arriba y abajo entre hojas, flores y luz. Pero las mariposas son las que reinan en el cielo, entre enredaderas y colores. Su elegancia y fragilidad llenan de sutil energía la vida en la más pura naturaleza.

Toda la tierra está cubierta de plantas, musgo, hierba... Mojada y blanda, eternamente gestante, cada pedazo de suelo, de tierra, hierve y se mueve abriéndose a la vida, incluso las piedras, los minerales duros, buscan vida, vida que les abraza, integrándose, uniéndose en una danza de amor y alegría.

La conciencia se fue haciendo real, notaba la espalda mojada, los hombros, y sí, también las piernas. Y la cabeza, también estaba la cabeza mojada, apoyada en una mullida almohada de tierra esponjosa y húmeda. Insipiró fuerte por si olía algo especial y sí, sí que olía a... a algo que no encontraba en su memoria. Trató de abrir los ojos, pero tenía miedo de lo que pudiera ver. Movió las manos a su alrededor, tocando suavemente la tierra, la hierba, las hojas secas... y ahora sí que se atrevió a abrir los ojos, pero un brillante rayo de sol hizo que los cerrara rápidamente.

No se lo podía creer: ¿plantas?, ¿tierra?, ¿qué es esto?. Se incorporó hasta quedar sentado y entonces abrió los ojos poco a poco.

Y él aún estaba allí.

 

AMORES PERDIDOS

¡Yo me marcho a la Legión!: he perdido a todos mis amores, hasta el mío propio.

Primero me enamoré de Bimba, porque tenía unos pechos preciosos y la perdí porque resultó que eran naturales y algún día se le caerían, ¡fijo!.

Después fue Nora, pero cuando quiso estudiar .... ¡tú dirás qué iba a hacer!: la perdí también.

Y ahora, con lo enamoradísimo que estaba de Andrea, le digo que la quiero mucho como la trucha al trucho, ¡y va y me dice que soy tonto!, ¡la he perdido también, la he perdido!, ¡yo me voy a la Legión!. ¡Pero no quiero nada con la cabra, ¿eh?, no sea que la pierda también!, que en el desfile se notaría.

 

¿EROS?, NI LO SUEÑES, YO NO LE PONGO ESE NOMBRE AL NIÑO, QUE SE PARECE DEMASIADO AL TUYO

Angus Og voló escaleras abajo, decidido a encontrar un rincón en el que la naturaleza le sirviera de inspiración y serenidad. Pasar un fin de semana con sus padres ... ¿cómo se le ocurriría aceptar la invitación?, bueno, ya estaba hecho, pero ahora necesitaba pintar.

En el bosquecillo, sólo se oía el viento entre los árboles, el canto de los pájaros, el murmullo del agua, y absolutamente nada más: la felicidad completa. Encontró el riachuelo: agua clara, alegre y cantarina corriendo entre las rocas y rodeada de arbustos y hierba.

Montó el atril y colocó un lienzo en blanco. Estaba observando el paisaje, las luces y sombras del lugar, el mejor encuadre para transmitir tanta belleza y paz, cuando su mirada se detuvo en unos sonrosados y finos pies descalzos que compartían el frescor del agua en la orilla opuesta del arroyo, y sus ojos, curiosos, siguieron recorriendo la delicada piel tobillos arriba, piernas perfectas, deseable triángulo. La mujer, completamente desnuda, estaba acostada sobre el musgo, medio en penumbra.

Angus continuó paseando su mirada por la bella piel femenina, admirando tanta dulzura y libertad, olvidando el paisaje, las pinturas... El vientre firme, la cintura estrecha, arqueando la espalda para que sus dedos, suaves, llegaran hasta su sonrisa vertical. Lentamente se acariciaba para conseguir placer para sí misma.

Sus redondos pechos, sus pequeños pezones de un rosa tan pálido como el resto de su piel, también eran acariciados: los dedos de la otra mano los pellizcaban y oprimían. Su cuerpo entero, sus movimientos, los susurros de placer se fundían completamente en tan perfecta naturaleza, tan alegre, tan viva y libre.

Angus no podía dejar de mirar, deseando formar parte de lo que estaba viendo, pero sentía que la mujer era feliz por sí sola, arqueando cada vez más la espalda, gimiendo cada vez con mayor placer, abriendo más y más las piernas, los firmes dedos acariciando su clítoris, entrando con cada vez mayor fuerza en su vagina.

Absorto en tan bello momento, no levantó la vista hacia el rostro de la mujer, oculto por las sombras de los árboles, hasta que los movimientos de su cuerpo lo dejaron expuesto a los rayos de sol que penetraban entre los arbustos.

Nunca imaginó Angus que fuera Afrodita la que disfrutaba de estos momentos de solitario placer... ni quería imaginar de qué iban a hablar durante la cena.

 

FALLAS II

Mi prima de Cuenca vino a Valencia a pasar conmigo el día de San José. ¡En mi vida he visto a una persona sentir tantas emociones distintas!: pasaba de la alegría más festiva al integrarse en el ambiente fallero, a la absoluta sorpresa cuando vió el hermoso manto de la Virgen; sufrió los mayores sustos de su vida con cada petardo, hasta llegar al paroxismo del miedo al oír la “mascletá” y, para finalizar, lloró de emoción y tristeza viendo arder las Fallas. Me ha dicho que nunca se había sentido tan feliz. Ya tenemos otra “fallera adoptiva” para siempre.

 

LA ABUELITA DE LA CASA

Se pasa el día tumbada en su cama, duerme, mira lo que hacemos los demás, cambia de postura y, cuando ya está harta de no hacer nada, se levanta, deambula por la casa, bebe agua, busca algo que comer.

- No, no te doy nada para picar entre horas que te estás poniendo muy gorda de no hacer ejercicio.

No le entretiene la televisión, ni las imágenes ni el parloteo incesante, prefiere, si se siente bastante bien, jugar un poco con la pequeña gatita que, desde hace poco, tenemos en casa.

Cuando quiero acompañarla a pasear le entra una pereza enorme, ¡con lo que le gustaba salir a la calle!, se hace la remolona, no se quiere levantar. Yo sé que le duelen los huesos, por eso se mueve poco, pero tengo que conseguir que haga ejercicio, al menos algo cada día.

- ¡Vamos, vamos! -le digo- venga, demos un paseo, es mejor para ti.

Y al final la convenzo, pero no puedo soltarla ni un momento: se caería por las escaleras, se perdería: ya no reconoce el portal de la casa, y si tiene una pared enfrente ni siquiera sabe que puede dar la vuelta y seguir andando. Tengo que ayudarla a subir y bajar los cuatro escalones que hay hasta la calle. ¡Pobrecita, es tan mayor!.

Antes le encantaba viajar, que la lleváramos a alguna parte en el coche: montaña, playa, camping, lo que fuera... disfrutaba descubriendo nuevos caminos y paisajes, y sentarse en los blanditos asientos del coche era una experiencia maravillosa para ella, que había sufrido tanto.

A veces nos molesta su olor a vejez (tengo que bañarla más a menudo, pero ... me cuesta tanto... le molesta tanto...), aunque ya sabemos que es lo normal a su edad, ¡cuántos quisieran haber llegado a su edad! y con la familia que tiene... ¡la queremos tanto!, es toda ternura, su mirada nos dice cuánto nos ama y sabe que nosotros a ella también, aunque a veces nos impacientemos con sus cosas, sus manías, sus incontinencias.

Ya no era joven cuando vino a vivir a nuestra casa; tenía sus costumbres, su forma de hacer las cosas y poco a poco fuimos adaptándonos, conociéndonos, aprendiendo ella y nosotros a convivir y cuidarnos. Y, al poco tiempo, sin darnos cuenta, ya era un miembro más de nuestra familia; con nosotros ha vivido y ha envejecido. La cuidaremos hasta el final, de la mejor forma posible, que no sufra, que todo sea dulce en su vida porque se lo merece, porque nos ha enseñado cómo reflejar amor solo con la mirada; cómo es el cariño leal, sin condiciones; nos ha enseñado a asumir nuestras responsabilidades, aunque sean molestas; nos ha preparado para la convivencia y el cuidado de otros mayores; a tolerar, a comprender.

Cuando me mira, como esperando algo de mi, siempre le digo: "Mi nena, mi bonita, ¡qué guapa eres, reina mía!" y pienso: Muchas gracias, Madi, perrita buena, por haberme elegido a mi.

Publicado la semana 32. 06/08/2018
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