Semana
31
Jo, Ybáñez

DESPARRAMÁS -Capítulo 6-

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Relato
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Merche y Lola se han encontrado mientras corrían hacia el tren al acabar su jornada laboral. Son las nueve menos veinte, así que seguramente van a perderlo y tendrán que coger el siguiente, media hora más tarde.

- ¿Qué te ha pasado hoy, Lola?, ¡si tu siempre coges este tren!.

- ¡Hay que joderse!, estoy que ¡trino!, a las ocho y media me pongo a bajar la persiana de la tienda y cuando faltan cuatro dedos para llegar al suelo, me veo a una tía que se me asoma por debajo y me dice: “¿estás cerrando ya?”, y yo me quedo paralizada y le digo con recochineo: “no, ¿qué crees?, bajo la persiana para que refresque...” Y va se me cuela por debajo y me dice: “pues sí que tienes razón, se está más fresquito, ¿tienes rosas artificiales?, pero tiene que ser de color rosa palo, de un colorcito dulce y suave para que haga conjunto con las toallas de mi cuarto de baño, porque ¿sabes?, mientras estaba tomando café ahora mismo ahí en la cafetería de la esquina, esa que hace el café tan bueno, ¿la conoces?, pues esa; estaba yo ahora mismo tomando café con mi amiga y he visto las toallas que necesitaba para mi cuarto de baño, que me lo estoy arreglando muy bien arreglado, es todo de diseño, y en el escaparate de enfrente de la cafetería he visto justo-justo las toallas que le van bien y ¡claro! por eso necesito un ramito de flores de color rosa palo, que es el mismo de las toallas y entonces lo tendré todo....”, y ha seguido y seguido y yo cada vez más nerviosa y cuando he podido, he metido lo de “pués no, no tengo flores de color de rosa, lo siento” y me he puesto a empujarla hacia la puerta otra vez, y ella. “chica, pues enséñame las flores a ver qué colores tienes, por si algún otro color me gusta”, y yo: “es que no tengo flores”, cada vez más enfadada hasta que he conseguido que saliera de la tienda. Y aún me ha dicho: “pués mañana volveré y me enseñas lo que tengas”, seguro que viene a las ocho y media otra vez cuando acabe de tomarse el café con las amigas y ya esté aburrida y no sepa qué hacer. “Pa matarla”. Y por culpa de eso, llegaré media hora más tarde a casa. Y cuando llegue, a las nueve y media, ponte a hacer la cena mientras repasas los deberes de los niños, los duchas, les pones el pijama y que coman...

- Pero, ¿por qué no hace la cena Román?

- ¿Román?, hacer la cena?, pero si no sabe ni pelarse una naranja¡

- Pués ya podría colaborar un poco, que tú llegas tarde y cansada, podría tener la cena hecha y los niños duchados y con el deber hecho.

- Ya hace bastante con llegar del gimnasio a hora de recoger a los niños de casa de mi madre, porque hubo una temporada en la que ahora a las nueve y media los recogía yo porque él decía que necesitaba tener su espacio.

- No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.

- Es lo normal, ¿no?,  ¿que tu marido te ayudaba mucho en casa?

- No, no ¡qué va!, también lo hacía yo todo; él, como el tuyo: gimnasio, bicicleta y cervecita. Y lo demás... ya sabes... Hasta que no quise aguantar más.

- Pués Román es bueno, lo único que no ayuda en casa y me toca hacerlo todo a mí. Ahora, por ejemplo, tengo que comprar el pan.

- ¿No perderemos el siguiente tren, no?

- Imposible, me muero si llego a casa a las diez. ¿Y tú?, ¿cómo has pasado el fin de semana?

- ¡Uy!, muy bien, ¡cuánto tiempo hacía que no salía por ahí!, mi amiga y yo fuimos a tomar una copa y a bailar y nos acostamos tardísimo, pero me lo pasé muy bien, con gente de nuestra edad...lo necesitaba.

- Me alegro por tí.

Y suben al tren con el pan, la leche, el zumo y todo lo demás que a Lola se le ha ocurrido que puede necesitar.

Cuando llega a casa, a las nueve y media de la noche, encuentra a su marido, Román, sentado en el sofá viendo el telediario, a su hijo de siete años jugando con la consola y a su hija de once años llorando en su habitación.

- ¿Cómo llegas tan tarde?, le pregunta Román.

- He perdido el tren de antes porque ha entrado una pesada cuando estaba cerrando ya.

- Pues habla con tu jefe porque tú no puedes quedarte hasta más tarde porque le dé la gana a nadie. Tienes que decirle que necesitas salir todos los días a tiempo de coger el tren.

- ¿Qué le pasa a la niña?, ¿por qué está llorando?

- Es una niña caprichosa y malcriada, los estás malcriando a los dos y luego me lo tengo que cargar yo.

- Siempre dices lo mismo. Pero ¿qué le pasa?

- Pues que quería comerse un yogurt y le he dicho que iba a cenar enseguida y que no se comiera el yogurt porque luego no tendría hambre.

- Y le has hecho la cena.

- ¿Yo?, no, yo no sé qué hay que hacer de cena.

- Son las nueve y media, la niña tiene hambre y ¿no le has dado nada de comer?

- Si hubieras venido en el tren de antes, la cena ya estaría hecha.

- Ya. Y entiendo que si el niño está jugando a la Play es porque tiene los deberes hechos, ¿no?.

- ¿Deberes?, supongo que sí, ¿no, nene?, ¿has hecho los deberes?.

Lola, se va a la habitacion de su hija, la abraza y se pone a llorar de impotencia, cansancio y rabia. Cuando consigue calmarse y la niña deja de llorar, se la lleva con ella a la cocina.

Llama al niño también y, mientras fríe patatas y huevos y asa gruesas lonchas de pavo, le pide que le enseñe los deberes y le da una galleta de chocolate a su hija para que se le pase el disgusto y no cene tan nerviosa. Ella decide comer una también.

- ¿Qué hacéis ahí dentro?, ¿ya está la cena? -grita Román desde el sofá.

Más tarde de las diez, consigue que los niños se duchen y se acuesten fresquitos, limpios y tranquilos. Les cuenta un cuento a pesar de que ya son mayorcitos, pero así sigue la tradición y además, está un ratito más con ellos.

Román ha cenado ya sin moverse del sofá, viendo ahora un partido de fútbol. Lola limpia la cocina y proyecta las comidas del día siguiente. Luego prepara la ropa de los chicos y sólo ahora se puede sentar a cenar, son casi las once de la noche.

Después lee un poco en el sofá, al lado de Román y cuando acaba el fútbol y Román ha gritado lo suficiente, van a la cama.

Román se queda mirando a Lola mientras ella se pone el pijama.

- No te lo pongas, si te lo voy a quitar enseguida -le dice, lleno de testosterona y endorfinas porque ha ganado su equipo preferido.

- Estoy muy cansada -le contesta Lola.

- Siempre estás igual, siempre con excusas, que si estoy cansada... que si estoy con la regla... que si he tenido un mal día... yo también trabajo, ¿sabes? -ahora Román habla enfadado.

- Si, lo sé, tu también trabajas, pero te levantas a las siete y media, desayunas y te vas y por la tarde, cuando acabas a las seis de la tarde, te sientas en el sofá y hasta que te acuestas estás descansando.

- ¿Descansando?, ¿crees que es descansar recoger a los niños y pelear con ellos hasta que vienes?.

- ¿Qué les has dado de merienda?.

- Sí, ¡encima!, ¿que no les da la merienda tu madre?.

- ¡Ves!, ni siquiera lo sabes.

- No cambies de tema, no cambies de tema porque lo que quieres es desviar la atención. Estamos distanciándonos y es por culpa tuya, porque nunca tienes ganas de hacer el amor.

- ¿Nunca?, si me ayudaras en la casa, si cuando vuelvo del trabajo no tuviera que hacer todo, no estaría siempre tan cansada y enfadada.

- ¿Ayudarte?, ¿más?, yo también trabajo, ¿sabes?.

- Bueno, dejemos el tema, es tardísimo y mañana me tengo que levantar a las seis para preparar la comida, la ropa y limpiar un poco antes de que se levanten los niños.

- Pues no te levantes tan pronto -dijo ahora más mimoso Román.

- Déjame, Román.

- Tu te lo pierdes, te dejo, te dejo, encima te estás poniendo gorda. -Y se da la vuelta en la cama.

Y Lola llora acurrucada en el otro extremo de la cama, cansada, hastiada y triste. Mañana será otro día.

Publicado la semana 31. 05/08/2018
Etiquetas
Bebe , La vida misma
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