Semana
27
Jo, Ybáñez

DESPARRAMÁS -Capítulo 5-

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Relato
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Empezó a ser consciente cuando notó que el cuerpo de su marido se acoplaba lentamente al suyo. No quería abrir los ojos aún, quería dejarse hacer, sentir como, poco a poco, el nuevo día se abría paso en su cuerpo, en su mente. ¡Qué dulce!, ¡qué suave!, ¡qué calentito era el cuerpo de su marido!

Sintió como él posaba suavemente tres dedos de su mano sobre su hombro desnudo, tan suavemente que notó que no quería despertarla aún, solo acariciarla.

Tenían un duro día por delante, no iban a levantarse antes de que sonara el despertador. Sabía que su piel firme y morena le provocaría ternura recién despierto, recién despierta. ¡Cuánto lo quería!, ¡qué querida se sentía!, ¡qué contenta estaba!, sabía que su alegría era contagiosa. Estaba feliz compartiendo su vida con él, todo estaba bien. Y sus cuerpos, firmes y accesibles, uno al lado del otro … se provocaban... se acoplaban.

Los dedos de él seguían deslizándose a lo largo de su brazo, delgado y fuerte, sintió sus labios en la nuca, su intención de morderla, su deseo de que la mordiera, pero sólo la besó muy suavemente. Siguió bajando los dedos y llegó a la curva de la cintura, apoyó toda su mano en el hueco y la deslizó por su cadera, redonda y dura, después por la nalga, ¡qué culo más bonito tengo!, ¡cómo le gusta! -pensó, después, los dedos llegaron hasta el final de la curva y los metió entre sus piernas, muy despacio.

A ella le emocionó el cuidado con el que lo hacía, sintió cómo se dejaba llevar por el deseo, empezó a separar un poco las piernas y a respirar más rápido, se estaba excitando, se movió para acoplarse màs al cuerpo de su marido, se sintió humedeciéndose. Y él pasó la otra mano por debajo del cuerpo, por la cintura, subió la mano y empezó a acarciarle el pecho.

Sus pechos, pequeños y un poco blandos, con pezones que se endurecían casi siempre cuando la tocaba; estaba orgullosa de sus pechos, habían amamantado a sus hijos, tenían un sabor dulce, lo sabía, él se lo decía, como si aún destilaran leche.

Respiraba más y más fuerte, cada vez estaba más excitada, se movía contra él. La respiración de los dos se hizo más pesada, más intensa. Él bajó su mano hasta acariciar el pubis de ella, sus dedos entraron con mucha suavidad en su sexo, acariciando el clítoris, un poco, un poco, el pulgar sobre el clítoris, los demás dedos hacia abajo, uno de ellos rozando la vagina, un poco más, un poco más hacia adentro, disfrutando los dos la humedad.

Ella ya no pudo aguantar más y se dió la vuelta, le pasó la pierna por encima de la cintura de él para ofrecerle todo el sexo abierto y lo besó profunda y húmedamente, con pasión, con ganas, con amor.

Los dedos de él le acariciaban el clítoris y ya entraban en la vagina, insinuando cuánto podían hacerla gozar. Y ella le puso los pezones en la boca para que los chupara y mordiera. Después le mordió en el cuello y empezó a bajar por su cuerpo lamiendo y mordiendo pedazos de la piel deseada, el pecho fuerte, el estómago, la piel de la barriga... Cuando llegó a su pene lo lamió y lo mordió un poco, pero el estado de excitació de los dos exigía la penetración rápida y pasional ya. Los dos se mordían sus propios labios para tragarse los sonidos de su pasión, sonidos salvajes de placer y entrega, de vida, amor, alegría. Después de tantos años conocían perfectamente los gustos del otro, los puntos más sensibles, los mejores momentos.

El orgasmo los llenó de energía, de fuerza brutal, de paz, de vida, de vocales no pronunciadas. No habían hablado ni una palabra y, sin embargo, su placer fue infinito, propio y ajeno, completo. Se quedaron unidos aún unos momentos, abrazados y juntos, hasta que sonaron los despertadores. Se dieron un último beso de amor y él le dijo a ella que la quería mucho y luego dijo:

- Uno, dos y tres -y consiguieron separarse dando un salto cada uno por su lado de la cama.

- Dejaste preparada la ropa de los niños como siempre, ¿verdad?.

- Sí, -contestó ella.

- Pués dúchate tu primero mientras los levanto y los visto y luego me ducharé yo. -dijo él

Y así empezó el nuevo día:

El agua tibia le recorrió el cuerpo y le mojó el largo cabello negro; después de secarse, se acarició todo el cuerpo con aceite hidratante y se arregló el rizado pelo; se maquilló, se pintó los ojos y los labios, se puso perfume y se vistió con prendas casuales y cómodas. Y lista ya para enfrentar el nuevo día, sustituyó a su marido en la cocina para que pudiera ducharse y vestirse él.

Acabó de darles el desayuno a los niños mientras preparaba la comida del mediodía. Su marido, cuando se vistió, hizo las camas, puso la lavadora con toda la ropa recogida y revisó las mochilas de los chicos.

- Por favor, ¿comprarás el pan en el mismo sitio de ayer?, estaba muy bueno.

- Vale, ¿te gustó?, pues lo compro alli. ¿Qué hacemos para la cena?.

- Haré tortilla de patatas para todos y un poco de ensalada. Creo que hay huevos y patatas, no compres nada, ah¡ sí, chocolate para los niños y plátanos, que les gustan.

- ¿Se los han comido todos?, pues plátanos hasta que se cansen¡¡¡ -rieron.

A las nueve menos cuarto salieron todos de casa, el marido llevó a los niños al cole y ella fué a la estación del tren para llegar a su lugar de trabajo como todos los días.

Consiguió subir al tren un minuto antes de la salida, en el último momento, como siempre. Sus compañeras le dijeron:

- Noelia, siempre llegas a última hora, pero siempre llegas guapa y de buen humor.

- Claro que sí, que no nos falte la alegría y el buen humor -responde Noelia, pensando en su marido, en su piel, en sus besos.

- Pues yo, con todo lo que he hecho esta mañana, ya estoy cansada: los niños, la ropa, la comida...

- Yo he hecho paella para comer -dice Noelia.

- ¿Te ha dado tiempo de arreglar a los niños, llevarlos al cole y hacer la comida?.

- Y para más... entre los dos hemos hecho mucho más...

Publicado la semana 27. 06/07/2018
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