Semana
12
Jo, Ybáñez

DESPARRAMÁS - Capítulo 2-

Género
Relato
Ranking
1 129 5

Cuando el tren se para en la estación todo el mundo sale corriendo hacia su puesto de trabajo, sobre todo Magda, que trabaja en una tienda a un kilómetro de la estación, distancia que tiene que recorrer en diez minutos si no quiere empezar el día explicándole a su jefe por teléfono por qué no está abierta la tienda a la hora en punto, porque la tienda la abre ella, Magda: la abre, quita la alarma, la limpia toda, cuando se va pone la alarma, programa las luces, la cierra, se lleva las llaves a casa... le pesa, le pesa esa responsabilidad: todos los días tiembla a la puerta de la tienda buscando las llaves en su bolso por si no las tiene mientras oye sonar el teléfono en su interior; si no las encuentra pronto, su jefe le gritará porque la tienda no estaba abierta a su hora en punto.

Aún de camino, le suena el móvil a Magda: es su hija que le pide que vaya a buscarla al instituto porque se encuentra mal, está muy resfriada. Magda, con todo el dolor de su corazón, le dice que no puede, que ya casi ha llegado al trabajo, que si da la vuelta, total no sale un tren hasta casi una hora después, que se lo pida a su padre. Su hija dice que ya se lo ha dicho, pero que no puede ir a buscarla porque si no, su jefe no le permitirá salir a tomar café más tarde. Respiran las dos profundamente, aguantando la indignación, su hija le dice a Magda que no se preocupe, que le pedirá una aspirina al conserje y a ver si mejora. Magda aprieta el paso para llegar a la tienda a hora. En la puerta, busca y rebusca dentro del bolso las llaves, ya está nerviosa por no poder ayudar a su hija, porque no encuentra las llaves, porque empieza a sonar el teléfono al otro lado de la puerta, porque son las diez de la mañana y le queda todo el dia por delante...

Por fin las encuentra, abre y corre hacia el teléfono mientras intenta desactivar la alarma con la otra mano. ¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono?, Magda no sabe si callar, decirle la verdad o una mentira, el mal está hecho, Magda ya se siente mal solo con la desconfianza y la agresividad contenida en la voz de su jefe, - porque estaba afuera barriendo -, le dice, aunque sabe que no va a tragárselo, pero ha aprendido a mentir un poco desde que trabaja aquí. Suelta el teléfono y el bolso, se quita el abrigo, enciende las luces habituales y los ordenadores, coge la escoba y se pone a barrer la acera mientras piensa que tiene la casa hecha un asco: hoy no ha podido limpiar los baños ni ha fregado antes de salir de casa, pero aquí tiene que hacer toda la tienda: mopa, mocho, polvo...

Vuelve a llamar el jefe y le pregunta cómo ha quedado con tal o cual proveedor, ella le contesta que aún no ha podido sentarse porque está limpiando y él le exige que llame enseguida aunque la fecha de entrega prevista es dentro de cuatro semanas,

Asi que Magda guarda los trapos de limpieza, la mopa y el mocho y se sienta a repasar los pedidos y llamar a los proveedores

Cuando entra su jefe en la tienda, primero le pregunta por qué están encendidas “esas” luces, Magda no le contesta porque son las mismas luces que enciende todos los días y no sabe por qué se lo pregunta; como no le contesta, su jefe ahora le echa en cara que haya polvo en una de las mesas, ella calla otra vez pero su interior empieza a arder, respira hondo y le cuenta lo que le ha dicho el proveedor al que ha llamado; su jefe le contesta que eso ahora no le importa, pero que no puede haber polvo en una mesa y que no llame tanto por teléfono. Magda se encierra en el water a llorar, su rabia le impide contestar coherentemente a su jefe y además tiene miedo de que, si le replica, la eche a la calle: necesita el trabajo para mantener a sus hijos.

A media mañana llama a su hija para ver cómo se encuentra y le dice que un poco mejor, pero que cuando vaya a casa, la pase a recoger con el coche porque no cree que pueda ser capaz de caminar desde el instituto hasta casa; Magda se preocupa un poco más aunque quiere pensar que solo es un resfriado. Sigue realizando su trabajo de la mejor forma posible, no es novata, lleva más de treinta años haciendo trabajos de administración, pero este jefe que tiene ahora parece que no sabe mucho aunque intenta disimularlo exigiéndole tonterías como si fueran cosas normativas: “ese texto se pone siempre en negrita, ¿que no lo sabes?”, “esa columna se pone más a la izquierda”, (dos días más tarde): “¿por qué has puesto esa columna a la izquierda?”, “escribe lo que yo te diga”, “¿por qué lo has escrito al pie de la letra?”, “¿por qué no aparece el texto que he escrito bien alineado?”, “porque estás escribiendo en excel y no en word, excel no es un procesador de textos -le dice Magda”, “pues yo quiero escribirlo aquí y tiene que salir bien”. Y asi pasa la mañana, intentando complacer a su jefe en lo normativo y en lo imaginativo, cosa dificil, por cierto.

A mediodía, cuando cierra la tienda, sale corriendo hacia el tren, no puede perderlo porque el siguiente tardará mucho en llegar y tiene que coger el coche para ir a buscar a su hija al instituto, y a saber a qué hora van a comer hoy y aún tiene que volver al trabajo por la tarde. Pero necesita ponerse los auriculares del móvil y, a todo volumen, escuchar La Voz Dormida: los cinco segundos que dura el grito desgarrado del cantante le nacen a Magda en el estómago, cogen fuerza en su pecho y salen por la garganta de José Andrea, que grita por ella con toda la rabia y la fuerza de su impotencia, para poder enfrentar el resto del día con un mínimo de humanidad y sin perder la cordura.

Publicado la semana 12. 20/03/2018
Etiquetas
La voz dormida de Mägo de Oz , La vida misma , De camino al trabajo
Compartir Facebook Twitter