08
Jo, Ybáñez

UN LUGAR DIFERENTE

La niña estaba acostumbrada a despertarse con el sol. Su vida era jugar, reír, saber, amar y ser amada. Nada había más allá de deslizarse por las horas de luz con alegría, paz y felicidad.

Para sus amiguitos, la vida era igual a la suya: infancia pura, diríamos nosotros... si nos acordáramos de qué es eso.

Así que, ese día, Selena se despertó, abrió sus transparentes ojitos y, con su preciosa sonrisa de oreja a oreja, miró por la ventana e, inconscientemente, dio gracias a la luz, al sol, a las ramitas de los árboles que se veían desde su ventana, al cielo azul y a todos los pajaritos que piaban y revoloteaban en el exterior por estar ahí para ella, para todos.

No se levantó hasta que su mamá no fue a verla, ¡con lo bien que se estaba tapadita, calentita!, no es que fuera de la cama hiciese frío, no, nunca hacía mucho frío ni mucho calor, pero, ¡estaban tan alegres los pajaritos...!, no quería que nada cambiara durante un ratito. Ni nunca, en realidad, no quería que nada cambiara, nadie que ella conociera quería que cambiara nada, todo estaba bien así, en cada momento del día, todo estaba bien.

Volvía a adormecerse cuando entró su mamá:

–         Selena, vamos, arriba, ya está casi preparado el desayuno. Vístete

–         Hoy toca rojo.

–         Si, hoy toca rojo: aquí tienes tu pantalón rojo, la blusita blanca y roja, la camiseta blanca, las braguitas y los calcetines rojos y los zapatitos blancos.

–         ¿Esa blusa no es muy blanca?

–         Mira: tiene muchos cuadraditos rojos.

–         ¿Y tú por qué no llevas cosas rojas?

–         A mi batín rojo le faltan muchos botones, ahora cuando salgáis de casa, los coseré y me lo pondré.

–         Si, póntelo mamá, porque si no, parece que estás en el día azul y no en el rojo.

–         Jajaaja -rio un poquito la mama- es como si el día azul fuera muy largo, ¿no?

–         Si, Jajaaja, -rio ahora Selena-, tu día azul es muy largo, pero tu día rojo va a ser muy corto.

–         ¡Vaya, qué inteligente es mi nena!, venga, vístete y baja a desayunar,

 

 Sus casas eran como las nuestras: entrada, salón, comedor, cocina, habitaciones, baños, ventanas, puertas, suelo, tejado, escaleras... igual; bueno, igual a las que tienen esas cosas, porque si tu casa no tiene entrada y cuando abres la puerta te encuentras de repente en la cocina, o si tu casa es una habitación alquilada sin ventanas, o si tienes el techo lleno de grietas y goteras, pues no, sus casas no eran como la tuya, ya te lo digo.

Así que Selena bajó a desayunar vestidita casi completamente de rojo. No le favorecía mucho ese color, teniendo en cuenta que su pelo era una maraña de rizos de brillante color naranja, pero como ese día era el día rojo, pues había que aguantarse. Igual pasaba con el día marrón: para la gente de piel color “negra”, o con el día blanco para la gente albina: todos podían estar alegres o todos podían estar tristes, así que la gente solía decidirse por sentirse alegre.

Cuando desayunó, subió de nuevo a su habitación para arreglarla y ordenarla. Su mamá entró al momento y le preguntó si ya podía pasar la mopa:

–         Si, mamá, mira, ¿está bien recogido?

–         Si, bien... no hay nada por el suelo... todo parece en su sitio... bien, toma esta bayeta y limpia tu escritorio, la mesita... bien, por hoy bastará.

Así que, en cinco minutos, la habitación quedó preciosa.

–         ¿Puedo ir ya a la calle, mamá?

–         Si, anda, ve a jugar ya

Y en una calle sin coches, sin peligros, con sus amigos, con los maestros guiándolos en sus aprendizajes, con la naturaleza desplegada, pasaban los días Selena y todos los niños de ese lugar.

Pero ¿en qué lugar estamos?, pues estamos en las ciudades del este: las ciudades de los vivos. Aquí se vive muy bien, hay paz y alegría, amabilidad, amistad, amor (¿todas las cosas buenas empiezan por “a”?) y sólo hay enfermedad si te falta alguna de estas cosas.

¿Qué sigues sin saber dónde estamos?, no sé, ¿qué quieres que te diga, no está aún claro?, no son las ciudades del agobio, del trabajo, del estrés, del dinero, de las traiciones, del poder inútil, de la ambición... esas son las ciudades del norte.

Tampoco estamos en las ciudades del sur: ahí es donde vive la naturaleza más primitiva y salvaje, los animales que no tienen dueño, los árboles inmensos, las enredaderas libres, el agua desatada (hace lo que quiere el agua allí en las ciudades del sur, ¡eh!) que salta desde las montañas hasta llegar a su río, las piedras enormes y las pequeñitas que se colocan en cualquier lugar, y más animales, grandes, pequeños, todos sueltos.

Y bueno, ya sabes, también están las ciudades del oeste, las ciudades de los muertos. Allí la gente es muy gris: no hablan, sus ojos no dicen nada, la mayoría vienen de las ciudades del norte, cuando ya no pueden resistir más y se deciden a emigrar. Si vienes del norte directo al este, se te quema la piel y los ojos y el corazón porque la impresión es muy grande: tanto sol, tanta risa... eso no lo pueden aguantar, así que van hacia el oeste y entonces dejan de hablar, de pensar y poco a poco van quedándose quietos, y al final los meten en cajas y a la pared.

En las ciudades del este también se muere la gente, claro, y entonces las ponemos en una caja de madera bonita y las llevamos a las ciudades del oeste para ponerlos en la pared, pero antes de morirse, la gente ha sido feliz.

Bien, ¿lo tienes claro?, ¿sabes ya dónde estamos?, ¿dónde vive Selena? ¿Y tú, dónde vives tú?

Selena tenía un papá y una mamá y dentro de poco tendría una hermanita, se lo había dicho su mamá hacía unas semanas. También tenía un hermano mayor, grande, que desayunaba y se marchaba de casa muy temprano porque tenía que estudiar. Alan era muy mayor y cuando eres así de mayor ya no puedes estudiar en la calle viendo las plantas y los bichitos, tienes que ir a otro sitio donde estás casi todo el día sentado leyendo libros y escribiendo.

Y...

Publicado la semana 112. 20/02/2020
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