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Jo, Ybáñez

UN INDIGENTE, MI AMIGO

A Rafa M

Internet es una buena herramienta, pero a veces encuentras la información que buscas y entonces ya no sabes si hubiera sido mejor no tener internet.

En un pequeño pueblecito de Italia han logrado identificar el cadáver encontrado en la montaña un par de meses atrás; había estado bastante tiempo a la intemperie cuando lo encontraron y era  dificil reconocerlo; con unas pocas pistas lo lograron: era un indigente de origen dominicano nacionalizado español, un hombre que vagaba por los alrededores del pueblecito haciendo pequeños recados a los vecinos que se lo pedían, bueno, amable, tranquilo, y pobre: no tenía nada más que la ropa que llevaba prestada.

Mi amigo, esa persona que un día se marchó, que prometió llamar periódicamente para informarnos de su paradero, pero que un día dejó de hacerlo. Mi amigo, que llevaba años llorando por todos sus poros y no conseguía comprender que él no tuvo la culpa. Esa persona que pasó de tenerlo todo un día: familia, trabajo, compañeros, aficiones, a no tener nada más que una tristeza enorme que llenaba todo su horizonte, sus pensamientos, su alma.

Mi amigo llegó a nuestra vida, a nuestra ciudad, como siempre pasa, por casualidad. Al principio trabajaba la tierra recolectando naranjas cuando era temporada, y de obrero cuando no había naranjas; después, como era muy sociable, empezó a conocer gente y encontró mejores trabajos, hasta que le hicieron un contrato fijo en una fábrica: su sueño; ahora podría traer a su familia, a sus hijos, darles un futuro mejor en una tierra de promisión.

Nos hicimos amigos porque nosotros asistíamos a la misma iglesia que él. Poco a poco fuimos intimando y llegamos a ser su familia en esta ciudad. Los domingos comíamos juntos, como una gran familia y nos contaba cómo había ido el partido de baloncesto (era el entrenador  de un grupo de chicos que, incluso, estaban federados y jugaban partidos todas las semanas), cómo había ido su trabajo esa semana, cuánto tiempo había estado hablando con sus hijos, sacaba a pasear a nuestro bebé... ¡Qué felicidad!: trabajo, amigos, deporte... ya había ahorrado el suficiente dinero, sus hijos vendrían pronto.

El tiempo, la integración, la nacionalidad, los hijos, el trabajo, los amigos, el baloncesto, el piso, el coche, todo se borró en un momento, todo. Un segundo, un corto segundo que cambia lo que se ha construido con amor, con trabajo y esfuerzo, con miles de segundos y de días, un segundo en una carretera de segunda, en una curva mal hecha, un segundo en el que pierdes la consciencia por una estúpida y primera bajada de azúcar en sangre,  y enfrente hay un coche con dos ancianos que quieren dar una vuelta por el campo y no van a llegar nunca porque el coche de mi amigo es más grande y más nuevo y durante ese segundo en el que pierde la vista y el equilibrio, se lleva por delante el cochecito viejo y ya nada es lo mismo.

La pena puede hacer estragos en la personalidad: la fuerza arrolladora de encontrar un culpable a quien demonizar y exigir una compensación que nunca llenará un vacío resta claridad en la mente y en el corazón. La crueldad aparece, la venganza, la rabia destructiva hacen creer a la otra víctima que no lo es, que se ha convertido en un asesino, por un maldito segundo. Y la gente, ignorante e insensible, prefiere seguir en su día a día, sin problemas, sin dificultades, el camino más fácil, aunque sea el más injusto y destructivo.

 La terrible culpabilidad ahoga la esperanza, el amor propio, la ilusión, la cotidianidad y si en realidad no tuviste la culpa y nadie te castiga, te castigas a ti mismo de la peor forma posible, te flagelas dejando perder todo lo que tienes. Si el castigo no te parece suficiente, la pena te mata.

Mi amigo se dejaba morir de pena y de culpa. Se castigó en cuerpo y alma, su corazón se deshizo en pedazos, su cerebro se colapsó, su cuerpo se destruía. No quería tener nada, solo pobreza y culpa, ni ayuda, ni familia, ni amigos (los falsos ya habían desaparecido), ni vida. Si no hubiera sido creyente ni religioso, no hubiera sido necesario subir a una fría montaña de un pueblecito italiano en una fría noche de invierno y con tan poca ropa. Probablemente habría bastado con saber el horario de los trenes que pasaban sobre el puente que le sirvió de cobijo durante un tiempo aquí, en mi ciudad, que también era la suya.

 

La única salida que intuyó fue acudir a los lugares sagrados donde sería posible obtener un perdón de alguien superior, de Dios. Santiago, Lourdes, cualquier lugar de peregrinación, Roma... Italia...

Caminaba y caminaba buscando un sentido a su vida, un nuevo sentido. Una y otra vez, por si se le escapaba algún indicio, por si no veía la respuesta a la primera, hacía el Camino y lo rehacía. Llamaba cada cierto tiempo:

–        Sí, estoy bien

–        ¿Seguro?, ¿te cuidas?

–        Sí, sí

–        Sabes que te queremos, vuelve.

–        Volveré a llamar.

 

 

–        Estoy en Francia

–        ¿Por qué?, ¿no sientes todo nuestro amor?

–        Volveré a llamar.

 

 

–        He llegado caminando a Roma.

–        ¿Cómo estás?

–        Bien, bien.

 

Y nada más. Pasan las semanas y los meses y nada más. Y buscamos y buscamos a nuestro amigo recurriendo a amigos y a conocidos y a amigos de conocidos. Pero nada más.  Y busco en internet su nombre y no aparece nada. Y pasa el tiempo y me angustio y tememos lo peor, pero no sabemos nada.

Y un día vuelvo a buscar en internet y entonces aparece su foto y la foto de la policía italiana y la historia del indigente del pequeño pueblo y el cadáver de la montaña y todo acaba. Su pena, su culpabilidad, su vida, nuestra incertidumbre, todo acaba. Y nadie en Italia sabe lo buen amigo que era, su ilusión por el baloncesto y por hacer mejor la vida de sus hijos, nadie sabe las largas jornadas de trabajo ni cómo era su casa. Solo saben que un indigente rondaba por el pueblecito con andrajos prestados, sin nada que comer ni donde vivir.

Y en esta, su ciudad, pocos recuerdan al entrenador de baloncesto, al amigo ocasional, al compañero de trabajo. Se fue, desapareció, ¿a quién le importa?

A mí me importa, a mi familia, a su familia, que no supimos compartir y aliviar su pena y su culpa, que ahora es nuestra pena y nuestra culpa. Lo siento, perdóname, te amo, gracias por haber estado en mi vida. Siente ahora tu paz y nuestro amor, amigo.

Publicado la semana 110. 04/02/2020
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