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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .47

Sublime Amelia

 

Hay que ser sublime sin interrupción, escribió Baudelaire en perfecto francés. Paco Umbral lo recogió en Las ninfas vertido a ese castellano suyo tan universal y nuestro. Por aquel entonces, ¡dios, cuánto te amaba!, buscaba modelos que guiaran mi inexperta mano por el camino de la literatura. Pasaba de la luz levantina de Gabriel Miró y la concisión de Azorín al denso Madrid de Pio Baroja y Pérez Galdós, que era el Madrid que yo soñaba para nosotros. Paco, al contrario que ellos, era madrileño, aunque ejerciera mucho de vallisoletano. Yo quería escribir como él, amar, con la fuerza intelectual que yo no tendría nunca, a las mujeres y las letras. Andaba a vueltas con el estilo porque un escritor que se precie ha de tener estilo propio, una voz única y un afán de ser sublime sin interrupción. Ciencia del lenguaje y arte del estilo era un libro de Martín Alonso que leía en la biblioteca de Miralar y siempre quise poseer (desde el pasado año está en mi librería la edición en dos volúmenes de 1975); Jesús Mª Burgos me regaló La formación del estilo, del jesuita Luis Alonso Schökel, libro que me fue de gran ayuda para ejercitar los dedos y la mente; después adquirí, para completar mi formación autodidacta, el  Curso de redacción de Martín Vivaldi. Por aquel entonces Madrid y tu amor se habían roto y recalé en la lectura del Miguel Delibes más castellano para reafirmarme en mi identidad mesetaria. Quería ser sublime, aún sin saberlo, poniendo voz a una Castilla que sentía y veía distinta a la Castilla literaria del 98. Escribía sobre todo poemas porque Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, desde el senado de la biblioteca de la casa de Cervantes, con su melena nívea de versos ondeando al viento de Santovenia, decretó que yo era poeta, en parte por culpa tuya, pues escribí “¡Este invierno frío de Castilla/ atravesándonos con su espada de hielo!”, pensando en ti, como ahora pienso y dibujé esta estampa otoñal que sólo es posible  sentir desde un amor no correspondido:

Cargado de lluvia y tierra

bajo el puente pasa el Duero.

Por un cansino sendero

el viento empolvado yerra.

 

Ya vuelven los labradores,

su paso el camino criba.

-Ha llovido por arriba…

-Se acabaron los calores…

 

Cargado de lluvia y tierra

bajo el puente pasa el Duero.

Por un cansino sendero

la noche el verano cierra.

 

Había poeta aunque no supiera ser sublime sin interrupción, ni maldita la falta que hacía porque era necesario ganarse la vida, torneando matrices y tornillos a poder ser, y buscar un amor que cicatrizara las heridas, ¡ay!, que el joven corazón ya congregaba. Había poeta y amanecía en Barcelona. Y aquí ando, tanto tiempo después, con tus ojos y las máquinas herramientas en el recuerdo borroso de los caminos renunciados. Aquí ando a punto de comenzar la lectura  de  El pan y la tierra, novela agotada de Ángel Cazorla, que el joven autor me dedicó el miércoles en la presentación de Unas alas para vivir, libro solidario en que ambos participamos junto a treinta y ocho autores más. También ha llegado a mis manos la XIII Antología Orola de Vivencias. Ya sabes, porque te acercaste a saludarme, que el viernes estuve en tu Madrid a recoger mi tercer Orola. Lo que ignoras, es que, en un alarde de sublimidad simbolista, te ofrecí compartir lecho perfumado con Las flores del mal, que es lo que pide este Madrid caduco, decadente y romántico, mas no escuchaste mi mensaje y me contenté con soñarte más cerca que otras veces. Madrid entre lluvia, meninas, turistas, lotería navideña y obras callejeras, recibió mis pasos en un fin de semana memorable. Junto a los premiados, la madrileña Maria Cureses y el bonaerense Marcelo Luján, ejercí de veterano y embajador de la vieja Castilla en la entrega de premios que está vez tuvo lugar en el Club Allard de la calle Ferraz y fue seguido de una cena sorpresiva y primorosa en un ambiente familiar, ameno y distendido, donde flotó el aroma literario que navega de Getaria  al mestizaje, entre veras figuras, partidas verídicas y paisajes en botella. Se habló poco de Catalunya y mucho de literatura. Tuve ocasión al día siguiente de departir con Félix Maraña, periodista, escritor y gran amigo. Y saludé a la nieta de Pilar de Valderrama. Al hacerlo sentí la voz de Antonio Machado en el corazón: De mar a mar entre los dos la guerra. Y pensé en ti. Me saludaste en las mismas calles que recorrimos juntos, pusiste tu mano en la mía para luego desvanecerte lentamente: de Madrid a Madrid entre los dos la nada.

Publicado la semana 99. 24/11/2019
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