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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .46

Inmarcesible Amelia,

 

Ayer comencé a escribirte una carta que no era esta carta, con ese frío en los huesos que trae el paso del tiempo y el otoño. Caían las palabras amarillas en el papel virtual y el papa Silvestre, desde el extremo del año, golpeaba con la tiara el calendario para recordarme que todo tiene su fin. Acabará el año y acabarán estas cartas y me habré dejado en el tintero tantas cosas… Y me habré repetido, tal vez. Y no te habré confesado que aún te quiero. Me consuela saber que nada es infinito y todo se marchita, hasta las palabras, hasta las 52 cartas que temblarán durante un tiempo en el aire común de esta página que va creciendo año a año. Hasta el Círculo de Lectores pasó al paraíso de las nostalgias: ha cerrado sus puertas por obsoleto y poco rentable. Cuando en este país no se leía, la gente compraba enciclopedias y libros del Círculo para llenar estanterías en el comedor sobre el aparador de la vajilla de fiesta. Yo me hice socio en Valladolid por los tiempos en que daba clases en San Pedro Regalado, y adquirí también la Gran Enciclopedia Larousse, y mi biblioteca iba tomando forma. En los primeros meses, aún sin trabajo, en Catalunya, integrado en un grupo de comerciales, fui de casa en casa captando socios para el Círculo. No aguanté ni una semana, no recuerdo si llegué a cobrar  alguna cantidad, en cambio sí que aproveché el descuento que hacían a los empleados para comprar varios libros,  entre ellos una antología de Miguel Hernández y otra de Pablo Neruda. Trabajando en Payma y ya felizmente casado, fui socio en varias ocasiones. Pero claro, tú sabes, esto de comprar libros es muy personal y, sobre todo en el apartado de poesía, la oferta del grupo editorial a domicilio nunca ha sido interesante, por no decir que lo fue nula.

 

A lo que íbamos: ayer te escribía. Te escribía y en Venecia el agua crecía casi dos metros. Los turistas paseaban con el agua a las rodillas y me nacían recuerdos de un amor cercano y tangible, un amor sin ti:

 

Cada vez que venimos a Venecia nos amamos

en una habitación distinta con la misma sed

y las mismas fuerzas, jadeantes y lozanos,

como si nunca hubiéramos estado en Venecia

y se fuera a  hundir la ciudad en el Adriático

como se hunde mi carne en tu carne.

 

Y cuando concluía aquella carta que no es ésta, escucho que a Joan Margarit le han concedido el Cervantes. A Joan Margarit no le conozco personalmente aunque, al menos en un par de ocasiones, he estado a punto de coincidir con él. No le conozco pero lo leo y prometo acabar Tots els poemes un día de estos. Y, en cuanto se presente la ocasión, se lo pongo delante para que me lo firme, como ocurrió el pasado año con José Corredor-Matheos y su Desolación y vuelo, que acabó deparándome una charla sumamente interesante con el poeta castellanomanchego durante varios minutos rodeados de libros. Posteriormente me envió un email con la crítica favorable de los sonetos de De decires y alondras. Esto del Cervantes a Joan Margarit me ha alegrado la semana porque es un poeta muy afín, tanto por el sector laboral en el que ambos trabajamos como por la forma de escribir. De él son estos versos que hago míos para ti:

La vida desconocida

yo la he vivido sin ti. 

A tu lado.

______

Los poemas, que son cartas anónimas

escritas desde donde no imaginas

a la misma muchacha que un otoño

conocí en aquel tren que iba vacío.

______

El ruido de ciudad en los cristales

acabará por ser tu única música,

y las cartas de amor que habrás guardado

serán tu última literatura.

______

Entre las voces suaves y lejanas,                      

alguna vez, se oye un grito de pánico.

Pero una herida

es también un lugar donde vivir.

 

Para no hacerme pesado te dejo  con uno de los poemas del poeta de Sanaüja y la recreación al castellano del propio autor:

 

CÀLCUL D’ESTRUCTURES

Ara aquesta ciutat ja no ve amb mi,
al meu costat, per fer-me companyia,
ni m’empara del vent i de la pluja.
Allò que vaig pensar-me que apreníem
-els temples grecs, el càlcul d’estructures-
quan la Diagonal creuava els camps
i jo era estudiant d’arquitectura,
és un ofici de paletes morts
i fonaments de boira. També ella,
la noia càlida que em va estimar,
s’ha convertit en la desconeguda
que, en la fotografia d’un jardí,
miro ageguda i en vestit de bany.
Batega rebel·lant-se un desig trist,
i busco rastres d’algun altre amor
en el camí que, entre les cames nues,
encara em du, cansat, cap al meu somni.

Així és com vaig entrant en la vellesa:
al principi no sembla haver-hi canvis,
com una barca que ha apagat els llums
i el motor en la nit, quan entra a port,
però que dins la fosca continua
relliscant en silenci per les aigües.
Ara, malgrat saber que recordar
el sexe en solitari és morir sol,
resseguint el cos d’ella ja perdut
calculo la meva última estructura.

CÁLCULO DE ESTRUCTURAS

Ya no viene conmigo esta ciudad:
no me hace compañía, ni tampoco
me proteje del viento y de la lluvia.
Aquello que pensaba que aprendíamos
-cálculo de estructuras, templos griegos-
cuando la Diagonal cruzaba descampados
y yo estaba estudiando arquitectura,
es un oficio de albañiles muertos
y cimientos de niebla. También ella,
la cálida muchacha que me amó,
se ha convertido en la desconocida
que, contemplo tumbada, en bañador,
en la fotografía de un jardín.
Un deseo rebelde late triste,
y busco el rastro de otro amor
en el camino que hoy, entre tus piernas
desnudas, todavía me conduce,
cansado, hacia mi sueño.

 Así entro en la vejez:
no parece haber cambios al principio,
como una barca que, al llegar a puerto,
ha apagado en la noche sus luces y el motor,
pero en la oscuridad aún prosigue
resbalando en silencio por el agua.
A pesar de saber que recordar
el sexo en solitario es morir solo,
recorriendo su cuerpo ya perdido
hoy calculo mi última estructura.

Publicado la semana 98. 15/11/2019
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