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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .43

Afortunada Amelia,

Afortunada como mi carta, que es feliz, pues va a buscaros, campoamorianamente o de borgiana manera, que hay días y momentos en la vida para todo. O, dicho de otra forma, la fortuna es veleidosa, incoherente, absurda y paradójica. Lo que para unos es ventura, resulta desdicha para otros. Y es que fortuna, entre otros, es sinónimo de suerte y de caudal. Y en esta pedestre acepción de crematística suerte, por lo general breve, quiere discurrir la misiva de hoy porque, como escribió Jorge Luis en su Poema de los dones:

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;

Y los llamados juegos de azar son el método más universal de autoengaño, el modo  de perderlo todo o, al menos, de no ganar nada.

En mi familia no hubo mucha afición al juego, como no fuera la brisca o el tute. Mi padre, en la cantina, jugaba al subastado o al dominó. Nunca a juegos en que se apostara dinero. Si alguna vez íbamos a Valladolid acaso compraba un igual de los ciegos o un décimo de lotería, pero no era de tirar las perras, tal vez porque no le sobraban. En eso, y en otras muchas cosas, yo no he salido a él. No es que me juegue los cuartos, no, pero como una gran parte del país, le dedico algo de presupuesto al azar, no vaya a darse el caso que deje escapar la suerte por guardar un par de euros que no van a ninguna parte. Cuando andaba, de joven, por la ciudad del Pisuerga y de la Esgueva, si, después de comprar un paquete de celtas sin boquilla y prever algún que otro gasto, me lo podía permitir, adquiría un cupón de la ONCE que en aquellos tiempos realizaba sorteos provinciales. Pero al primer juego que le cogí interés fue a las quinielas. En Sardón se sellaban en la Posada, el bar que regentaba Gerardo, el Gordo. Yo la rellenaba cada semana, aunque no siempre podía darle curso. En aquel entonces, el juego de apuestas deportivo benéficas había hecho de un tal Gabino, un personaje que andaba en boca de todo el mundo por ser el primero en hacerse millonario por mor del fútbol y del azar conchabados. Pronto se superaron las expectativas y los premios. En los tiempos en que estudiaba maestría, un grupo de alumnos formamos una peña y jugábamos algún doble, que para muchas variantes no daba la cosa, con escasa  fortuna. Yo continuaba también con mis dos columnas rellenadas un poco al tuntún, que así, el pelotazo, de haberlo, sería mayor. No fue hasta 1982, trabajando en la variante de Calaf, que la suerte me sonrío por primera vez: acerté doce, y pudieron ser catorce porque los dos últimos signos también los tenía, pero no estaban colocados en el orden en que salieron. Cobré casi 50.000 pesetas. Tres años después acerté 14 en una columna con un par de dobles y me correspondieron 11.000 y pico. Entonces los de doce no cobraron por ser legión. Seguí con la quiniela hasta hace unos años en que, para acertar el pleno al quince, se hizo necesario adivinar el resultado de un partido. Ya entonces estaba bien arraigada la primitiva a quien le han ido saliendo otros juegos afines para mayor gloria del afán recaudatorio del estado. Ahora juego cada semana a varios de ellos, pero no hay tu tía. Como, tú sabes, le pasa a mucha gente, con esto y con la lotería, sobre todo la de navidad, que tiene mucho predicamento. El sorteo que me ha dado más juego y al que más he jugado ha sido el de los populares ciegos. Ya te dije que en Valladolid jugaba alguna que otra vez, pero fue en Alicante, allá por el 85, cuando comencé a adquirir el cupón regularmente. Entonces, aunque seguía siendo un sorteo provincial, cambió el diseño: se hizo más grande y en color. Era el primer paso para desembocar en el sorteo nacional, formato que, ya en Catalunya, compraba con asiduidad en los bares donde almorzaba o comía. En uno de Santa María de Montcada, donde radicaba el laboratorio de construcción en que trabajaba (Payma de mis amores y de mis desdichas) regentado por un sabadellense y que, mira por donde, se me ha ido el nombre, solían tener a la venta varios números. Yo lo cogía cuando acababa en tres, ya sabes mi querencia por ese dígito. Una tarde noche, en la década de los noventa, estando un nutrido grupo celebrando el cumpleaños de Miguelito, aquel que asía una probeta de hormigón con la mano abierta y la alzaba a pulso como si fuera una naranja, el dueño se vino para mí gritando desencajado: ¡Nos ha tocado, Jesús, nos ha tocado! ¡Ha salido el tres! Me lo quedé mirando con cara de cordero degollado: ¡No jodas! No era un no jodas de inconcebible alegría; era un no jodas desalentado, incrédulo y resignado. Que hoy no llevo el cupón, joder. Algunos años antes había caído la suerte en Sant Julià, en un estanco donde compraba tabaco y, ocasionalmente, el cupón. Y tampoco lo adquirí. No eran las únicas veces que la esquiva suerte me anduvo cerca. La peña de Cristo Rey, ya que en navidad no había futbol, decidimos jugar un par de décimos de la lotería del colegio. No quisieron vendérnosla y cayó el tercer premio. Estuve trabajando largo tiempo en Trinidad Vella y almorzaba y comía en cierto bar. Acercándose diciembre me sustituyó Daniel, que en paz descanse, y le tocó el primer premio de la lotería de navidad; el número lo había adquirido en el bar al que yo iba y le recomendé a él. Por fin, un buen día del año 2002, creo que era martes, trabajando en la construcción de la L9 del metro, la buena señora que regentaba un quiosco de la ONCE en Santa Coloma de Gramenet, me vendió, un euro valía entonces, un cupón del 01117. Vaya mierda de número, pensé. Tocó. 12.000€ que habrían sido 500.000 si hubiera coincidido la serie. Meses después en el mismo quiosco obtuve 150€ por los cuatro últimos números; me falló el primero. Alguna vez acerté los cuatro primeros y no el último. Reintegro y vuelta a empezar. Desde hace años guardo los cupones no premiados y los uso como punto de lectura o llamada de atención en numerosos libros. Podría estar contándote anécdotas verídicas sobre la lotería, el bingo y otros juegos, que las tengo. Pero no, que esto se alarga y ya tengo algún décimo de navidad, esperando en un sobre la llegada de otros números ilusionados que acabarán siendo ceniza de decepción, como todos los años. Deséame suerte ya que tú no juegas y me has negado tu amor.

Publicado la semana 95. 24/10/2019
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