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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .42

Simbólica Amelia,

Alegórica, emblemática, metafórica Amelia, déjame ser tu abanderado; a mí, que no creo en banderas ni enseñas; déjame ser tu portaestandarte, tu alférez gonfaloniero particular.

Porque cuando las banderas se enfrentan entre sí, debe ondear la razón y el buen sentido, la divisa del amor, la esperanza, para que el mundo sea el lugar de encuentro y convivencia que alguna vez fue o quiso ser.

Yo tuve pendón morado, o rojo, que había discrepancias, cuando tomé conciencia de pertenecer a la tierra subyugada que me vio nacer. Eran tiempos de tardofranquismo y amores, o desamores, primeros. Luego murió el dictador y nos creímos libres y autónomos. En los ayuntamientos ondeaban banderas como blancas palomas mas, como Labordeta nos recordaba, veníamos de una larga derrota y no iba a ser fácil recomponer las enseñas rotas:

 

He puesto sobre mi mesa

todas las banderas rotas

las que nos rompió la vida

la lluvia y la ventolera

de nuestra dura derrota.       

 

También tuve tu amor, roto luego por la lluvia y la ventolera. Y otros amores tuve, otras banderas quebradas por la vida. Y uno acaba comprendiendo que una bandera no es más que un trapo de colores y la patria es una libélula. (Escribió Juan Carlos Mestre: Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria.)

Los emblemas son meros símbolos, excusas para dar salida a la testosterona, engaños para que el toro embista con la dehesa en la lejana mirada triste y la sangre brillando en la piel que luce divisa y casta, trapos rajados, violados, muertos, telas de llama fácil y explosión airada. Banderas…

Banderas enfrentadas como lo estuvieron las dos españas y ahora las dos cataluñas, así, con minúsculas, porque los odios y los partidismos nacionalistas, sean del signo que sean, no merecen más. Esta semana hemos conocido la sentencia del llamado juicio del procés y nuestras carencias democráticas se han puesto de manifiesto. España es un país tradicionalmente visceral, de escasos y grandes pensadores, de jefes de estado autócratas y tiranos, de políticos generalmente mediocres y corruptos, de jueces tributarios y dudosamente independientes. De unas masas, así nos va, coléricas y fácilmente manejables. Heredamos muchos vicios y pocas virtudes. Y ahora, tú lo ves en las televisiones y en la presa que nos desinforman, Barcelona semeja cada noche un campo de batalla, tanto que Norberto García Hernanz, ese gran profesor poeta que hizo de Segovia lugar de encuentro de la mejor poesía independiente y libre de ataduras que se escribía en España hace unos años, ha cancelado su viaje a la ciudad condal donde había de presentar libro la semana entrante (también en Abrera y Sabadell donde José Luis García Herrera y yo mismo ejerceríamos de maestros de ceremonia) Situación lamentable y triste. Daños colaterales a la cultura y a la poesía. Senyeras (amarillo y rojo) por un lado y enseñas (rojo y amarillo) por el otro. Y las palabras (amarillas, rojas) frente a frente sin querer comprenderse. Banderas rotas, sueños rotos. A nosotros también se nos rompió el amor, pero no es lo mismo.

 En 2015 escribí:

Cuando el VI Día de la Creación pueble la nada

volveré a Segovia,

y surque un mar de versos el Alcázar

volveré a Segovia.

A conversar con Antonio en el bronce de la Plaza

volveré a Segovia,

y llorar largamente con las campanas

volveré a Segovia.

Por un camino de agua

volveré a Segovia,

y los arenales de la madrugada

volveré a Segovia.

Con las flores nuevas y la nieve ajada

volveré a Segovia,

alacranes viejos y claras palabras

volveré a Segovia.

Cuando en brotes nuevos la tierra se abra

volveré a Segovia,

y quiebren el cielo garabatos de plata

volveré a Segovia.

A ofrecer de nuevo mis heridas albas

volveré a Segovia,

y darle a mis pasos acerada calma

volveré a Segovia.

Por las autovías de la tarde larga

volveré a Segovia,

y por el aire que resina sangra

volveré a Segovia.

Con viejos hermanos de sangre y llama

volveré a Segovia,

y amigos nuevos de sol y retama

volveré a Segovia.

 

Es menester trocar este estribillo, o el original de Lorca, por el de Iré a Barcelona, para que no se nos resienta la poesía porque, en palabras de José Luis García (algún día te hablaré de él y otros poetas que en el mundo son), necesitamos puentes que unan y no bombas que generen incomunicación. En definitiva, más diálogo. Y más poesía. Y menos banderas, menos patrias que salvar, menos fronteras. Y más versos. Por eso yo dejo caer alguno de vez en cuando como semilla entre la cizaña.

Te dejo volviendo a José Antonio Labordeta y sus banderas rotas, que es como volver a nosotros mismos y al buen juicio de la gente de bien:

 

Rota permanece aquella

que levantamos al cielo,

pensando que la justicia           

crecería como el vuelo

de gaviotas en el mar.

 

Y vimos como el final,

solo nos quedó el recuerdo

de un mástil desarbolado 

y unos jirones de tela 

rotos por el vendaval.

Publicado la semana 94. 19/10/2019
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