40
Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .40

Amelia mía, enfermera del ánima,

Me caí. Tontamente, por andar distraído e ignorar que ya no tengo veinte años. Por caminar sobre aceras estrechas limpiando las gafas y mirando al tendido. Hace ya quince días, y el tobillo izquierdo continúa resentido y quejándose como un gozne oxidado, una junta de dilatación fisurada, una articulación descoyuntada. Y es que llueve sobre mojado, tú sabes, (¿o nunca te hablé de mi accidente?) Sí, mujer. En junio del  97, en el tramo Magoria – Plaza España de FGC. Andaba yo en el departamento de metálica, con el señor Pla ya retirado y su sustituto cogiendo obras sin personal para atenderlas, lo que nos obligaba a ir de un lado a otro sin parar: mediciones, radiografías, líquidos, par de apriete, ultrasonidos…, puentes, estaciones, naves, edificios singulares… En Magoria habían retirado los andamios usados por los soldadores, así que decidí largarme pues debía examinar unas soldaduras a cinco metros de altura y no disponía de medios. Al final, mi nuevo jefe, contactado por la empresa constructora, me convenció y accedí a varias zonas con una escalera extensible que sujetaban dos operarios para paliar el que no sobresaliera del punto de apoyo la longitud mínima que la seguridad demanda. Todo fue bien hasta que, cercano el mediodía, me dispuse a examinar la última soldadura. Pasó entonces el encargado y se llevó a uno de los dos operarios, dejando a otro en su puesto. Yo comencé a subir armado con los aerosoles y vi como la viga, a la que ya casi había llegado, se alejaba de repente, extendí la mano inútilmente y miré hacia abajo, vi unos sacos apilados e intenté saltar hacia ellos, pero ya no tenía travesaño en que apoyarme y caí de pie sobre el hormigón y los raíles. La escalera rebotó, saltó, voló, y me golpeó en la cabeza. Pensé: se ha llevado al que ponía el pie para que la escalera no se fuera para atrás, porque eso pensé y pienso que ocurrió: que la escalera se desplazó al subir, aunque la versión de los testigos es que se desmontó uno de los tramos y dio conmigo en el suelo. Poco importa eso ahora, la verdad. Me recuerdo tirado en el suelo, dolorido y sangrando y que me colocaron entre varios trabajadores sobre los sacos que había visto al caer. En ningún momento perdí la conciencia. Sabía que tenía la pierna izquierda rota y que no iba a poder acabar la jornada laboral. El encargado permaneció a mi lado tras avisar a la ambulancia, hablándome, interesándose, tranquilizándome…, Vino luego el momento más doloroso que recuerdo: la reposición del hueso quebrado, tormentosamente astillado, el retorno a su sitio para colocar una férula. Te va a doler. Esto se debía haber hecho en cliente. Me inmovilizaron y me trasladaron al Clínico donde me suturaron la cabeza y me hicieron radiografías. Posteriormente fui operado en la Quirón. Diagnóstico: -accidente laboral grave con fractura de tibia y peroné en la pierna izquierda y del ligamento interior en la rodilla derecha. Me operaron de ambas piernas y anduve en silla de ruedas una temporada, luego con dos muletas, después  con una y, por fin, sin ayuda. Estuve un año y un día de baja. Y alguna secuela, que va a más con la edad, me ha quedado. Aunque había por entonces, ya cumplidos los cuarenta, abandonado la escritura, aproveché la larga inactividad para escribir algún que otro poema. Y fueron tomando forma de libro, Los pasos quebrados, que aún permanece inédito y se ha ido enriqueciendo con aportaciones nuevas, aunque también ha perdido algún pedazo de sí mismo como el Poema que no tiene nombre, dedicado a Miguel Ángel Blanco quien, como recordarás, fue asesinado por ETA aquel verano en plenos sanfermines, poema éste que se puede rastrear por internet y encontrar en una página dedicada a la memoria del desventurado concejal.

Me caí. Venía una señora de frente con el carrito de la compra. Yo me aparté hacia la izquierda sin dejar de caminar y con las gafas entre las manos (ya digo que las limpiaba al andar porque el sol había descubierto unas manchas enormes que me emborronaban la visión) Se acabó la estrecha acera y pisé el borde del bordillo. Caí más rápido que cuando lo hiciera de la escalera, también el suelo estaba más cerca. Noté que la señora se interesaba por mí, sintiéndose culpable. Levanté la vista y vi un coche parado delante de mis narices. Había dado con mis huesos en la calzada y los vehículos que circulaban se vieron obligados a frenar para no atropellarme. Por suerte la cosa no pasó de un susto. La señora, preocupadísima y alterada, me puso un ungüento, que venía en un practico dispensador como el del pegamento en barra, en el interior de la mano derecha que se tornaba morado a pasos agigantados. Lo llevo por mis nietos. Los niños, ya sabe, siempre acaban con chichones y moratones. Mano de santo, oye. Enseguida el morado desapareció y la mano no llegó a hincharse. Al cabo de un par de horas me diagnosticaron un esguince de grado 1 en el tobillo izquierdo y con el esguince sigo, aunque mejorando día a día.

¿Por qué te cuento esto ahora? Pues porque necesito que me cuides, que extiendas por mi maltrecho cuerpo el ungüento milagroso de tus caricias, que pongas en mi alma dolorida la terneza sanadora de tu mirar. Aunque sea telepáticamente y a distancia.

Y es que uno se cae se maneras distintas a lo largo de la vida. Me caí en el brasero de pequeño, igual que Obelix cayó en la marmita de la poción mágica, pero sin ninguna ventaja o compensación, que recuerde. Ni siquiera recuerdo el hecho, pero me lo han contado tantas veces que ha de ser cierto. Luego me habré caído en muchas ocasiones, supongo, como aquella vez, descendiendo por la falda del pico Miranda, en que quise saltar unos matorrales a la carrera y acabé rodando ladera abajo. ¿Que lo recuerdas? ¿Te lo conté en una tímida carta adolescente? ¡Dios, cómo pasa el tiempo!

Y es que siempre necesitamos una mano amiga que nos ayude a levantarnos, nos cure los moratones y deposite un puñado de tierra sobre el ataúd del recuerdo. Y unos ojos que acaricien las doloridas huellas de los pasos quebrados, que guarden el instante fugaz de una pisada en la arena y un beso en los labios del aire. Que lean estas líneas, amor, antes que el mar se las lleve al fondo recóndito de la pena.

Publicado la semana 92. 02/10/2019
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