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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .38

Amelia secreta,

¡Qué poco sabe el hombre de los hombres, de las  mujeres, de todo y de nada! ¡Cuán supina nuestra ignorancia! ¡Cuántos filósofos meditando para ignorarlo todo! ¡Cuánta ciencia razonando para no entender nada! ¡Tantas incógnitas, enigmas sin resolver, recónditas claves, mundos perdidos, pensamientos olvidados, universos ignotos y mágicos lugares secretos y enterrados! ¡Tantas palabras para escribir siempre la misma duda, el mismo poema!

Recuerdo…, no sé qué edad tendría, me recuerdo solo, tumbado en el desván, a oscuras, cerrando los ojos para hacer más negras las tinieblas; me veo allí, alto, flotando, niño pensante, apretando los ojos, imaginando la eternidad, el mundo sin mí, el mundo, que era luz, oscuro, tenebroso, eterno, porque no nací o había muerto ya. Y el tiempo transcurría y no era la eternidad, y me llamaba mi madre, y bajaba la escalera, y todo era tangible y lleno de colores. Fui un niño solitario, introvertido, lector ecléctico, desordenado y desmedido. Leía por buscar respuestas a una vida que no entendía, y sigo sin entender, ¿tú la entiendes? Leía, también, por gusto y esparcimiento, por saber, por conocer el mundo infinito, los innumerables universos que encierran los libros. Y a la lectura iba cuando bajaba del sobrado, salvado del no ser, resucitado por la voz de la madre. Y leía libros que no acababa de entender entre obras infantiles y otras nada pueriles, tebeos de toda índole, periódicos atrasados…, leía a Zane Grey y a Enid Blyton, a Corín Tellado y a Kent Wilson. Y hasta prospectos de medicamentos leía. Y no hallaba soluciones a la gran pregunta. Tendría que dirigirme al muerto que ejecutaba sones invisibles de dulzaina que me llegaban, audibles, cuando cerraba los ojos tendido en el desván, era una música que mi yo pitagórico atribuía a las esferas celestes porque no había nadie que tocara por los alrededores y yo ignoraba entonces que Encinas el de Sardón, vivió en aquella casa y dejó en la buhardilla el hueco de su instrumento cuyos ecos reverberaban en mis oídos traspasados. Nunca supo nadie de las melodías que escuchaba en mis altos retiros. Poco a poco fui dejando de oírlas, tal vez porque también fui dejando de subir por las escaleras del zaguán al mundo perdido de los sueños. Años más tarde, probablemente ya con nuestra relación enfriada, acaso rota, habiendo ya publicado mis primeros poemas en el Diario Regional de Valladolid, con una incipiente barba juvenil en mi rostro estudiantil, soñé, y después lo recordé con meridiana claridad, con el futuro: me vislumbré en algún paraninfo o lugar sumamente concurrido, dirigiéndome a un entregado público que respondía con aplausos a las palabras de un ya conocido poeta laureado, quien lucía en el labio superior un reconocible bigote. Desde entonces no volví a afeitarme el vello mostachero más que en contadas ocasiones. Pensé entonces por qué el bigote, si a mí me gustaba, y me sigue gustando, la barba. Misterios del inconsciente, de los dioses o del azar que rigen nuestros destinos y ordenan los sueños. El caso es que aquí ando, desbarbado y  bigotudo, yendo de recital en recital y de radio en radio y colgando las fotografías pertinentes en la red por si el subconsciente reconoce el sueño hecho realidad; aunque muy bien pudiera ser que no lo interpretara debidamente en su momento y que el hecho soñado ya hubiera sucedido y no hay más cera que la que arde.

Alguna experiencia más de tipo paranormal, que me reservo para mi Comala particular, he tenido. El caso es que, en mis paseos juveniles por la televisión española de entonces, a Encuentros con las artes y las letras y el Estudio abierto del gran José María Íñigo, se sumó Más allá, de Jiménez del Oso con toda su carga de fenómenos incompresibles que nos hacía mirar al cielo y al pasado con los ojos cada vez más abiertos. Había otros que merecían toda la atención del momento: A fondo, La clave, Félix Rodríguez de la Fuente, Cesta y puntos…Y Historias para no dormir, de Chicho. Pero es de los escarceos con el misterio de lo que imntento hablarte. La verdad está ahí fuera, oiríamos años más tarde y afuera continúa para regocijo de los defensores de los antiguos astronautas… El asombro ante lo numinoso y misterioso nos embargaba en las estrelladas noches castellanas cuando hablábamos de estas cosas, tumbados sobre la hierba o sentados en la tapia del cementerio. Un escalofrío recorría nuestras vértebras y, a veces, un miedo irracional y un placer morboso, nos embargaban. Más tarde leí Una historia mágica de España, Cien años de soledad y Pedro Páramo, leí a Poe y Lovecraft y supe que el misterio es parte de la vida y de la literatura. Mucho más tarde escribí:

 Más allá de algún milenio en blanco nos estáis esperando,

demonios, dioses, ángeles, visitantes furtivos

de noches olvidadas, cadáveres sin nombre, ignotos como astros,

náufragos que pobláis inundadas atlántidas,

ruinas sin memoria y pecios donde el oro

contempla su destino de olvidada ceniza,

ausentes anhelando salir del laberinto,

habitantes sepultos de apagados volcanes,

hecatombes de mundos, imperios florecientes del reino de la nada.

 

El tiempo inexorable oculta vuestros pasos, inunda de maleza

vuestros ojos vacíos, la sed que no saciáis nosotros la heredamos.

 

Nos cubrirán las aguas. Salados y sedientos podremos encontraros.

 

Y antes había publicado este romance:

Al principio eran los ángeles
soldados del dios antiguo.
Otean desde sus nubes
los universos niños.
Bajaron con su oropel
a los poblados con ríos
donde las mujeres bañan
su desnudez y su hechizo.
Y vieron que eran hermosas,
y bebieron de su vino.
Algunos partir pudieron,
otros quedaron heridos,
todos sus nombres dejaron
al olvido de los siglos.
Ellas narraban los hechos
a los hijos de sus hijos,
el tiempo como una araña
entretejía los hilos,
la verdad se hizo leyenda
al abrigo de los fríos,
a la luz de las antorchas
se fue vistiendo de limo.

[…]

Quiero beber en tus labios
hasta que sangren los míos,
beberme todo tu tiempo
hasta llegar al inicio,
soñar, borracho, que llego,
soldado del dios antiguo,
hasta ti, tierra, mujer,
y acaso no esté dormido.

Y ahora que voy a participar en el concurso más veterano de la historia de la televisión (te lo cuento en confianza, no se lo digas a nadie aún) pienso que el escenario del sueño aquel bien pudiera ser, no un paraninfo, sino un plató, y yo no sea más que lo que soy: un hombre frente al mar soñando con puertos lejanos y recordando que una vez amó en secreto a una misteriosa niña mujer.

Publicado la semana 90. 20/09/2019
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