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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .37

Amelia que fuiste niña,

Y niños éramos cuando comenzamos a cruzar palabras, nombres, verbos, afinando la caligrafía, hilando frases para cimentar la amistad que devendría en amor. Niños éramos, adolescentes fuimos, ya no somos sino cenizas sobre el agua (Con Cenizas sobre las aguas, obtuvo Félix Antonio García Díez, poeta leonés a quien no tengo el gusto de conocer pero sí de leer, el Ciudad de Torrevieja de 2001:

SOMBRAS Y OLVIDO

Cuando abres la ventana del pasado

y te acercas a un tiempo

del que ya sólo queda

el humo persistente

del primer cigarrillo

o la hoja marchita

de la primera soledad –guardada

en el álbum de fotos

de una familia rota por los años-,

piensas que todo aquello

que fue tu propia vida

es solamente un viento de promesas

lejanas, de palabras

cuyos ecos resuenan en los muros

de todos los silencios,

un mundo de presencias invisibles,

de paisajes desnudos,

de perdidos espacios.

Nada es ya lo que fue, nada suscita

el reencuentro imposible

tantas veces soñado.

Y apenas puedes reprimir el gesto

de cerrar la ventana,

en un desbordamiento

de sombras y de olvido.)

Y por la ventana abierta del pasado veo ahora al niño que fui, al joven que te amó. Y vienen los sueños volanderos, retazos de una vida, miedos y silencios, olvidos y ceniza, ramas desgajadas en la corriente del Duero. Me veo a punto de ahogarme en los remolinos de los tajamares del puente, en el déjà vu en que un niño que se va del pueblo reparte varios juguetes entre los amigos para que lo recuerden (la escena que se produjo al regalarme el colt con balas y cartuchera ya la había vivido, o soñado, antes.) Vienen recuerdos de juegos en las noches de verano por las calles del pueblo y los campos cercanos, de briscas y tutes en torno al brasero en las oscuras tardes invernales. Las primeras peñas, adolescentes ya, en las fiestas de San Juan, la música y los tímidos roces iniciáticos de pechos tersos y piernas torneadas. Y aquel amor inocente y platónico que se instaló en nuestras cartas.

Éramos niños cuando comenzamos nuestra recatada correspondencia, aquellas palabras cuyos ecos resuenan en los muros del silencio. Niños éramos que jugaban y se contaban sus juegos, que soñábamos y nos contábamos los sueños con discreción y sigilo, por si se hacían realidad. Mi infancia, lo dejé escrito, fue una infancia pequeña y castellana, una infancia de pueblo que buscaba tu infancia de capital de España y buena educación, tu infancia frágil de niña enferma para entrar juntos cogidos de la mano en la adolescencia desatada y confusa. Niños éramos y me  gustaba escribirte, casi tanto como leer.

Escribió Federico en su Poema de la Feria:  

Y hay un niño que pierden

todos los poetas.

Y, años después, en Infancia y muerte, buscaba al niño perdido:

Para buscar mi infancia ¡Dios mío!

comí naranjas podridas, papeles viejos, palomares vacíos

y encontré mi cuerpecito comido por las ratas

en el fondo del aljibe con las cabelleras de los locos.

Yo, que no soy poeta, busco al niño que fui en el agua de los pozos, el agua puesta en pie de la memoria, y en tus cartas, esas sí, perdidas. Era yo un niño solitario que gustaba de subir al desván o bajar a la bodega que había sido cuadra con cabra, asno y gallinas y era entonces fresquera y almacén. Buscaba lugares recónditos para leer o jugar, pero también lo hacía con los amigos en la calle, las vías, la sierra, los pinares… Jugábamos al pañuelo, la maya (el ori de los crucigramas), al churro, media manga, manga entera, a cachar y al cuadrillo. Montábamos columpios en cualquier sitio y construíamos cabañas. A veces jugábamos al fútbol en las eras. Y a muchos más juegos. Inventábamos palabras, como cutucutises y otras que he olvidado. Bebíamos agua del pozo de la estación que siempre salía fresca y con sabor a herrumbre y libábamos chupateles del portón del arroyo en las mañanas heladas de invierno. Algunas de estas cosas te las contaba en nuestra mutua correspondencia. Ahora en los grupos de wassap y en las redes sociales aparecen con cierta frecuencia vídeos con los juegos de entonces, con las canciones de entonces, con los objetos de entonces, imágenes para nostálgicos del tiempo ido que somos todos. Y te imagino, aunque nunca te vi, jugando con las tabas, saltando a la comba o la goma y desplazándote por los compartimentos de tiza de la rayuela como una Maga futura porque aún no habíamos leído a Cortázar y los juegos eran juegos sin más. Te imagino, niña también, en los mismos juegos con nombres distintos que retornan y cubren las aguas de ceniza y añoranza, melancolía y pesadumbre. Por eso te escribo ahora, cuando ya la vida es como un fardo a la espalda sujeto, donde las ilusiones marchitas apenas pesan ya y sólo busco una palabra que me salve, un último amanecer que inunde mis ojos cansados.

Te escribo ahora y te seguiré escribiendo hasta el fin de los días de este 2019, hasta el final marcado de una etapa a la que otra seguirá, que para escribir he nacido porque amarte no supe. Luego nos iremos diluyendo y nadie sabrá de nosotros, adultos perdidos sin poeta que nos cante porque ya no habrá poetas, ni hombres, ni mundo. Ni niños jugando para aprender a amar. Sólo sombras y olvido.

Ahora que ya estás en casa miras la televisión, no para ver como la intratable selección de Estados Unidos cae en el mundial de básquet frente a Francia, que los deportes no te van, sino para seguir las noticias donde el tiempo toma protagonismo. Hay una gota fría haciendo de las suyas por el sudeste peninsular. Ante la alarma suscitada y ampliada por los medios de descomunicación, me viene a las mentes la novela de Blasco Ibáñez Entre naranjos, que leí cuando cumplía, ¡qué remedio!, el servicio militar. En ella ya se describen los estragos que las súbitas lluvias del final del verano provocaban en el levante español. El fenómeno no es nuevo. Se retrasa el inicio de las clases en pueblos y ciudades afectadas por las tormentas y los niños tendrán algún día más de asueto. Cuando sean viejos comentarán que ya no llueve como antes. La naturaleza, pese a la vanidad humana, siempre impone su ley. Y, por desgracia, aún hay hombres, o mujeres, capaces de matar a un ruiseñor, o a un niño. Y aún hay quien escribe cartas sin respuesta, como un grito en la noche. Llueve en el bajo Mediterráneo y nosotros estamos vivos todavía.

    


 

Publicado la semana 89. 13/09/2019
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