34
Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .34

Vidente Amelia,

Me miras. Cuando lees mis cartas me estás mirando. Pero no sé cómo me miras. No recuerdo el color de tus ojos. Tal vez nunca lo supe. En la lejanía de la foto en blanco y negro con el mar al fondo es imposible discernirlo. Sí, ya sé que me lo dijiste y que en algún rincón de la memoria guardo el dato junto al mechón del cabello idolatrado y bruno que me enviaste un día. Yo te mandaba versos -dime quien era- con un ramito de violetas. Pero el color de tu mirar lo perdí como tu pelo y tu caligrafía. Tu mirar siempre fue enigmático. Ahora lo es más. Es un interrogante abierto, un arcano cromático, una incógnita sin posible solución. En la distancia temporal y física no es factible saber el color de los ojos con que miras. Me miras aunque no me veas. Que mirar no es lo mismo que ver. Se puede ver sin mirar pero, aunque sea posible mirar sin ver –con los ojos del alma-, mirar exige voluntad y atención. Es similar a oír y escuchar. La radio siempre ha tenido oyentes, sin embargo cada vez son más los escuchantes, sobre todo en las mañanas dominicales de Pepa Fernández y equipo. Yo hace tiempo que escucho Radio Nacional por el interés de sus contenidos, pero también por la ausencia de publicidad, todo sea dicho. Claro que, muchas veces, también la oigo, como oigo la lluvia y la música que suena de fondo mientras escribo. Y como oigo tu voz, que ya no puedo escuchar, cuando lees mis cartas y miras sin verme más allá de esta engañosa dactilografía que quiere desvelar lo indescifrable. Y, hablando de radio…

En casa no había agua corriente, ni televisión. Ni radio. Con el tiempo el agua llegó a la puerta, pendiente de hacer una conexión que nunca se realizó y la casa murió de sed y sin cuarto de baño,  -mi casa era pobre con el retrete fuera-. La televisión, que nació conmigo el año aquel que le dieron el Nobel a Juan Ramón, entró en casa de la mano de mi hermana. Ana -entonces aún no se llamaba así, ¿o sí?- compró una Vanguard muy apañada y allá que nos la instalaron con antena y todo. Íbamos a buscar agua a la fuente, al canal, al arroyo, pero ya no necesitábamos ir a ver la televisión al bar o a casa de algún vecino. Era el verano del 72 y yo estaba enamorado de ti. ¿Lo recuerdas? Pasé el verano trabajando para Vicente ayudándole en varias faenas, sobre todo en el riego de los campos de remolacha que tenía por encima del arroyo. El tiempo libre lo dedicaba a ver las Olimpiadas de Múnich por el flamante aparato que se instaló, como uno más de la familia, cómodamente en la salita y a escribirte, ya, cartas de amor. La radio, el típico aparato de madera y radionovela, nunca tuvo un hueco en la casa de Sardón. Allí sólo se oían los sonidos de la vida y del silencio. Excepto cuando Ana volvía: tenía un transistor a pilas, Vanguard también, que, cuando marchó a trabajar a Alemania, dejó a mi cuidado. Fue unos años antes de la llegada del televisor y yo, usufructuario del artilugio y radioyente fiel, escuchaba La Voz de Valladolid, que era la emisora que mejor sonaba de las tres que se podían sintonizar, Radio Valladolid, Radio Popular de Valladolid y La Voz, perteneciente ésta a la  R.E.M. (Red de Emisoras del Movimiento) ¡Qué cosas! Yo aún no sabía que era de izquierdas, aunque poco hubiera importado. Recuerdo un programa vespertino que emitían desde Madrid para niños y jóvenes, El Club Juvenil la Ballena Alegre del que me hice socio con carnet e insignia. Recuerdo también dos programas que oía mi hermana y que yo, de  alguna manera, heredé y escuchaba siempre que me era posible, sobre todo el de la tarde: La mañana abierta, magazine musical que salía en antena a las once y Club juvenil, emisión musical donde los jóvenes oyentes solicitaban las canciones de moda dedicándoselas a amigos y familiares. Éste salía a las ocho de la tarde y escribí varias veces, las últimas, aunque tú no lo oyeras, dedicándote, que recuerde, temas de Adamo, Raphael y Víctor Manuel. Por la noche la sintonía era mejor y movía el dial buscando emisoras lejanas como quien busca tesoros. Llegaban emisiones en francés y, cuando supe de la existencia, años después, de Radio Pirenaica, la buscaba sin éxito, como buscaba el amor y el sexo. De esto, naturalmente, no te dije nada, pero sí de los programas que escuchaba y la música que me gustaba o debiera gustarme.

En septiembre del 79, rota ya nuestra relación y con tus cartas a buen recaudo, volví por unos días a la ciudad del Pisuerga y, con mi primer libro editado bajo el brazo como si fuera el pan de mi futuro, me dirigí a la sede de La Voz de Valladolid, sobre el teatro Calderón. Me recibió amablemente su directora, María Teresa Íñigo de Toro, mujer de gran corazón y humanidad e, inmediatamente, hizo que me entrevistaran para un programa de actualidad y cultura. Recuerdo que concluí leyendo Los esclavos -Los esclavos arrastran su sudor y su sangre bajo el polvo del amo[…]Las esclavas llevan / un hierro candente en sus entrañas, / un amasijo de huesos condenados.[…] Os estoy llamando esclavos, / os estoy llamando esclavos / y me lo llamo:[…] Esclavos / -no quiero creerlo-, / esclavos sin látigo contra que rebelarse.- Escuché la emisión días después, en plena Fiesta Mayor de Valladolid. Estaba en casa de los padres de mi cuñado Santi y, en la radio que tenían en la cocina, mientras Daría y Loli preparaban la comida, después de una entrevista a Víctor Manuel y Ana Belén, que actuaban en la ciudad, oí por primera vez mi voz a través de las ondas. Leonides fumaba Ideales reliados y le caía la ceniza sobre Marcial Lafuente Estefanía y sus desgarbados pistoleros. Leonides fue picador allá en la mina. Yo ya era poeta en mi tierra.

Vinieron luego otros libros y otras radios, pero de esto te hablaré en mi próxima carta. Por ahora mírame diferente como la flor del girasol al releer, ¿lo haces?, mi carta. Un beso en el iris, ¿de qué color?, de tus ojos de aurora y de distancia.

Publicado la semana 86. 23/08/2019
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