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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .33

Laboriosa Amelia,

Te comentaba en las lejanas cartas aficiones antiguas y secretas vocaciones como la de ser escritor o la prestidigitación. Cuando de muy pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor (creo que esto no te lo conté nunca) respondía que torero. Probablemente había visto El niño de las monjas o alguna película de El Cordobés o Palomo Linares y descubrí  que el toreo te sacaba de pobre de idéntica manera que la quina, ya fuera Santa Catalina o San Clemente, te abría el apetito aunque no tuvieras qué comer (mas que yo, tierno infante ribereño, era más del tinto con azúcar que, si no te daba ganas de comer, al menos te hacía olvidar el hambre) Si el arte de Cúchares podía saciarte en un incierto futuro, el quehacer de hortelano (Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas,) calmaba la gana bien que fuera momentáneamente. Mi padre trabajaba como jornalero en La Granja y en horas libres cultivaba un huerto o melonar, que melones y sandías sembrábamos siempre junto a un plantío rotatorio de legumbres, tubérculos y hortalizas. El de hortelano fue mi primer cometido digamos laboral. Solía ayudar a mi padre en las tareas hortícolas y en la recolección de la uva de los majuelos y posterior elaboración de vino o mosto. A mi madre la acompañaba a la rebusca por los campos de otros y en el acarreo de haces de leña y sacos de carravacos de los pinares cercanos. Todo un abanico de cometidos rurales se abría ante mí, pero yo quería ser torero y torear en plazas donde el viento vitoreara mi faena en tardes de sol sobre un ruedo de trigales ensangrentados. Pronto comprendí que para ponerse delante de un toro, o siquiera de una vaquilla, era necesario tener afición y valor y yo ni poseía la una ni andaba sobrado del otro. Acabé contentándome con cuidar el melonar en la canícula estival que era labor que me permitía, a la sombra de la cabaña inherente al terreno, pasar largos ratos leyendo. Al fin y al cabo, escribir sería a la postre mi verdadera vocación fallida. Pero antes, o a la par, quise ser prestidigitador. De esta afición, estoy seguro, te hablé en mis cartas, ¿recuerdas? Todo comenzó con el clásico juego de magia Borrás, regalo de Ana, y la Enciclopedia de la magia, ilusionismo y prestidigitación de Antonio de Armenteras, que apareció por casa en un lote de libros de De Gassó Hermanos. Entre amigos organicé actuaciones con juegos que fui perfeccionando y variando, hasta llegar a culminar en un festival que se organizó en Cristo Rey para los niños del barrio Girón, culminar digo, con la aparición estelar de un conejo en una chistera. Te lo conté, ¿verdad? Apareció una reseña en la revista colegial: “Pico Rebollo les embobó materialmente con finos juegos de alta magia.” Luego fui perfeccionando los juegos con cartas, más que nada porque la baraja siempre estuvo presente en casa, y en los bares los naipes competían con las fichas de dominó en las tardes ociosas del pueblo. Aunque nunca llegué a ser un buen manipulador, me defendía y tenía un repertorio que daba mucho juego. Más, como siempre, flojearon las ganas y la práctica. El tiempo se ocupó de llevarse los naipes en una ventolera otoñal y ahora ya no juego ni al tute.

Mi primer trabajo remunerado, entonces ya te escribía y te hice partícipe de ello, fue de jardinero (La jardinería es a la poesía, lo que la agricultura a la prosa) Tenía doce años y ayudaba a mantener el jardín de un chalet (yo lo recuerdo enorme) durante el verano. Iba por las tardes y me daban de merendar mientras Manolo Escobar buscaba su carro entre las ondas y el canto de las chicharras. El Duero discurría plácido y cercano y yo me sacaba algún dinero al inaugurar la costumbre de trabajar en verano y estudiar el resto del año. Aunque aquel curso me negué a ir a la escuela y estuve trabajando, ya cumplidos los trece y cobrando salario de mujer, en labores agrícolas y autumnales como la vendimia, la recolección de patatas y el esculado de remolachas. Luego bregué en otras lides avícolas y de repostería, mientras estudiaba un oficio por correspondencia. ¿Recuerdas? Entonces te escribía con asiduidad y te relataba proyectos e ilusiones como el afán de trabajar de mecánico hasta dedicarme de lleno a la  tarea literaria que me estaba, ¡ay!, encomendada. Estudiaba en los envíos mensuales del  Instituto Hispano Americano porque la mecánica del automóvil me parecía una buena salida laboral y ya soñaba con montar un taller en el pueblo que iba sustituyendo el tractor por el coche mientras los campos cercanos se llenaban de casitas adosadas y chalets. Ser mecánico de coches era como lo de ser torero, eso sí, sin el peligro de las astas. Pero ni me gustaban los toros ni me gustaban los coches, al menos con la necesaria intensidad para hacer de unos u otros una ocupación lucrativa y absorbente. De hecho la profesión que estudié más tarde, cuando te escribía tiernas y apasionadas cartas de amor, y a la que apenas dediqué unos años de mi vida, fue la mecánica, pero no de autos, como sabes.

Siendo ya maestro industrial, y rota nuestra relación, mi vida afectiva y laboral discurrió por derroteros que desconoces y que una semana de éstas te contaré. Porque esto de los trabajos que uno ha desempeñado a lo largo de toda una vida da para mucho. Y las aficiones fallidas. Y los amores perdidos. Y las profesiones que pudieron ser. O fueron. O serán.

Ahora, ya en Sabadell, pasado el ecuador festivo del 15 de agosto, día aciago para Felicidad y su brazo roto a los siete años, con negligencia médica incluida y secuelas que aún perduran, celebrado el cumpleaños de David, a un año de los atentados de Barcelona y Cambrils y comenzada la liga, apuro la semana con regusto a mar en la mirada. Y concluyo esta carta con muchos asuntos en el tintero, historias que nunca te contaré, inconfesables sucesos y batallas perdidas bajo la pátina del olvido. Disfruta, como sabes hacerlo, de los últimos días de vacaciones, de este mes de laborioso asueto, antes de volver, un año más, a la dura rutina de mujer trabajadora y menopáusica. Yo intentaré, en la medida que lo permita mi exigua pluma, animar tus cortos ocios con estas misivas que te debo.

Publicado la semana 85. 18/08/2019
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