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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .28

Mi  veraniega Amelia,

Te escribo en verano, como entonces, con las chicharras altas y el agua refrescándose en los pozos, en los botijos y las bodegas que eran las neveras y frigoríficos de antaño.

En aquellos veranos viajaban las cartas en el tren correo de la mañana para hacer transbordo en Valladolid y llegar a un Madrid lejano y desconocido o a Benicàssim donde el Mediterráneo bañaba, agua y sol, tu tierna piel de niña alboreando, de adolescente o mujer en esbozo, tocada con graciosa gorrita, bañador de cuerpo entero y sonrisa vagamente nabokoviana. En aquellos veranos te escribía desde el fresco interior de la casa de adobe y piedra mientras algún lento y largo mercancías cruzaba, entre campos y pinares, el puente del arroyo y el paso a nivel de la carretera sin asfaltar que, saliendo del pueblo, tomaba tres direcciones: Las Cercas (huertas, campos, majuelos, pinar…) continuando hacia La Planta (encinar donde abundaba el jabalí, entre los términos municipales de Cogeces, Quintanilla y Sardón) con las ruinas del monasterio de Armedilla y la encina milenaria; la carretera de los militares, la mejor conservada entonces, que discurría entre pinares y bidones de resina hasta el destacamento de artillería, acceso principal al polvorín más grande en almacenaje de España (18.334 metros cúbicos en las entrañas horadadas del pico Miranda) y la localidad de Santibáñez; por último, la carretera de Traspinedo, por donde venía cada mañana Don Manuel en su 600 para dar clase a los niños del pueblo en las escuelas nuevas. En aquellos veranos la vida era distinta porque nosotros, los de entonces, no éramos los mismos. Ahora van mis cartas sin tren correo que las transporte ni pinares ni puentes de hierro sobre el Duero que escuchen sus silencios, cartas que van y te cuentan que ha pasado por Valencia (donde, como sabes, me encuentro este verano atípico) Vanesa Muelas impartiendo talleres  de lo suyo y una conferencia musicada, como brota el agua y nace el pan; que me han llamado de tv3 para el casting de Si l’encerto l’endevino la semana entrante, pero no puedo ir; que apenas escribo y que tengo lectura para unos cuantos meses; que estar en la ciudad del Turia es como estar a la luna de Valencia; que las chicas de basket se han llevado su cuarto europeo siendo España, tras la antigua hegemonía de la URSS, el primer país en repetir título; que Márquez ha ganado por décima vez en Alemania y tiene el mundial en el bolsillo; que Nadal ha caído frente a Federer en Wimblendon (a los españoles no nos va mucho el esplendor en la hierba); que comienza el baile  futbolero de pretemporada y Podemos nos pide a las bases que votemos el posible apoyo a la investidura de Pedro Sánchez mientras Marta Morell marca el camino en l’Ajuntament de Sabadell; que los Lobos se han llevado el mayor premio obtenido en un concurso de televisión y que, siendo semana de sanfermines, cada día veo puntualmente el encierro en la 1, como vengo haciendo año tras año, aunque éste no haya participado en el certamen de relatos y se vaya perdiendo, con tanto cabestro y toro entrenado para Pamplona, la emoción y la sensación de peligro, en pro de la rapidez y la seguridad, aunque sobresaltos, incertidumbre y entusiasmo se mantienen y corren parejos y, como dijo un corredor, quien quiera notar la adrenalina, que venga aquí y baje a la calle. Yo de pequeño quería ser torero: con un  saco y un palo me armaba una muleta y toreaba perros y astados imaginarios y, una vez, en la Granja, con Jaime, Jose el de la Dora y no recuerdo quien más, nos metimos en el corral de las vacas para ver al enorme semental que había llegado hacía poco y las  vacas, que estaban alejadas, debieron pensar que se lo íbamos a desgraciar porque se pusieron todas a correr como energúmenas hacia nosotros que salimos por patas y saltando, sin saber cómo, el muro nos pusimos a cubierto de su repentina y anómala mala leche. Debió de pasárseme entonces la infantil afición y, exceptuando una vez que corrí en un encierro nocturno de Tudela de Duero, más por entrar en la plaza y seguir la juerga que por ganas de correr delante de los novillos, los cuernos me han apetecido siempre a prudente distancia.

En aquellos veranos iban mis cartas, cabellera al viento y sabor a agua fresca en el membrete, camino de tus ojos. Hoy lo hacen de nuevo buscando tu mirar antiguo con regusto a ceniza en el remite inexistente. Y un sabor a nostalgia, a cabellera de trenes y humo de recuerdos, se aposenta en la tarde calurosa de Valencia. La noche, luego, es otra cosa.

Publicado la semana 80. 13/07/2019
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