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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .27

Virtual Amelia:

Ojeando por la red donde, como sabes, se encuentra de todo (hasta estas cartas que te escribo), tropiezo con una nota de Charlie Muni, con olor a tebeo, acompañada por la ilustración de una portada de Pumby, premiada publicación infantil de la década de los sesenta donde un simpático gato negro, humanoide o humanizado, hacía las delicias de un inocente sector de pequeños lectores (yo lo leía porque en aquellos tiempos le daba a cualquier garabato que estuviera negro sobre blanco) Al verlo se me ha encendido la luz que conduce a la bodega de los olvidos y he sabido, con la misma espontaneidad con que lo olvidé, que fue en esta publicación donde hallé tu dirección y tu petición de amistad. No en  el TBO, el Pulgarcito, el DDT, el TioVivo o alguna revistilla para niñas, que si caía en mis manos no le hacía ascos, aunque prefiriera, claro, el Jabato, el Capitán Trueno, Flecha Roja, Pantera Negra, el Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas, incluso Roberto Alcázar y Pedrín, aunque esta última, ahora sé por qué, no era santo de mi devoción. No en éstas, ni en alguna otra que he olvidado con efectiva facilidad. No, fue en Pumby, lo juro. Un felino nos unió y la vida perra nos separó. La vida y el fanatismo lector o militante tienen graves consecuencias para los hijos, o tenían porque hoy, gracias al progreso y al sentido común, pueden deshacerse paternales entuertos en materia de onomásticas. En Valencia vive una amiga de infancia y juventud de mi esposa (un día de estos iremos a visitarla) que tiene dos hermanos llamados Roberto y Pedro, nombres impuestos por un padre reaccionario, arbitrario y déspota, afecto al Régimen y a la Santa Madre Iglesia, que no tuvo otra ocurrencia que llamarle a ella Alcázar por tener en casa la santísima trinidad de las aleccionadoras lecturas de sus años de flechas y pelayos. Por otro lado conocí, trabajando en la estación de Provenza, a un peruano que se dedicaba al corte por hilo y al que su padre, en las antípodas del valenciano, le puso por nombre compuesto Lenin Stalin y se quedó tan ancho. Los extremos de las dictaduras se tocan en lo tocante a patronímicos impuestos por una caterva de cerriles descerebrados, serviles y confesos. Fue el Pumby, repito, aunque no fuiste tú la primera destinataria, ni tampoco la última, de las nacientes frases de un escritor en ciernes, pero sí quien más las aguantó y, a la postre, dejó, dejaste, profunda huella en mi alma. Fue un gato negro o, en todo caso, si falla la memoria, se non è vero, è ben trovato.

En esta Valencia estival donde me hallo, sin haber pisado todavía sus playas, en esta mi tercera casa (Valladolid, Barcelona, Valencia) de momento, entre visitas al hospital (mi suegra está está internada) en taxi, andando o en autobús, largos paseos por el centro plagado de turistas y por el antiguo cauce del río Turia (más turistas, gente haciendo deporte, música a la fresca, más bien ardiente, y feria de julio), donde, por disfrutar del aire polar acondicionado, acompaño a mi esposa por tiendas y grandes superficies (cuando vuelva a enamorarme, lo haré de una mujer que sólo pise comercios y  mercadillos por verdadera necesidad), en esta ciudad de terrazas y lugares recónditos y con encanto que descubrimos o recordamos de la mano de Eugenia y Michel, y en la que me relamo palpando los dieciséis volúmenes de poesía adquiridos esta mañana en la librería París Valencia, la mayoría de la editorial Devenir. Con ellos y la media docena de libros de ensayo, relatos, biografía de un poeta del 27 y artículos periodísticos de un singular escritor, comprados la semana pasada, harán transitable este verano que se ha iniciado dramáticamente con fuego y desgobiernos por toda España. En esta ciudad, tan cercana a tu lugar de vacaciones (las de Levante son las playas de Madrid que no tiene un Pisuerga con arena y leyendas, como la antigua capital del reino donde Cervantes comenzó a poner por escrito las andanzas de su caballero universal), en esta ciudad, digo, te escribo directamente en la pantalla del PC sin saber muy bien que te estoy contando, mientras mi mujer va a pasar la noche en la clínica y yo apuro una cerveza sin alcohol, que ya me he tomado mi vasito de vino en la comida.

Si entonces leía tebeos (que me pasaba Sebi y cambiaba, por San Juan, al hijo del Mara que iba de pueblo en pueblo y de feria en feria poniendo en contacto virtual a lectores de rincones alejados cuando la red sólo servía para pescar) ahora mis lecturas son otras. Si entonces comenzaba a escribirte sin conocerte, ahora, desconociéndote, te sigo escribiendo. Es el peaje que pago al tiempo y a la literatura. Lo sigo haciendo, aprendiz de escribidor, mientras dos paisanos, dos castellanoleoneses van hilvanando palabras en el rosco o rueda de la vida, donde alguna queda sin resolución. Jero y Orestes pasan palabra y yo paso misiva.

Hasta el próximo rosco, incendio forestal, gobierno o golpe, que de todo hay en el antaño edén llamado España.

Publicado la semana 79. 04/07/2019
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