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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .22

Reencontrada Amelia:

Antonio Machado, con un papagayo verde, le decía a Guiomar su canción, “Se canta lo que se pierde” y yo, con el ave de vivos colores que picotea cada semana el diccionario del recuerdo, te canto a ti,  Aldonza de mis entretelas. También, como el sevillano universal, tuve patria junto al Duero y un amor, Altair, para el recuerdo y el olvido. Pero es a ti a quien quiero recobrar ahora con estas misivas terminales. Tiempo habrá para hablar de otras mujeres, otros amores, otros olvidos… Te canto a ti, extraviada en ese Madrid del abandono que sonríe con plomo en las entrañas, rompeolas al que retorno faciendo Españas. Será en noviembre, un año más, con una vivencia bajo el brazo y otro amor al lado.

La primera vez que recogí un premio, titubeando y haciendo de tripas corazón, fue en 2007, en Viladecans. Me concedieron el tercer premio en el III Certamen de Poesía “Antonia Pérez Alegre”, años después me hice con el segundo en la que fue su última convocatoria. No pude, pues, intentarlo de nuevo y el primero quedó en el aire. En esto de los certámenes literarios, también a veces en el amor, la insistencia es clave. Aunque hay certámenes, como el García Lorca, de Nou Barris o el Ángel García Lopez, de Rota, logrados al primer intento, que te dejan un agradable sabor de boca, si bien cada reconocimiento conseguido tiene su infalible mañana, sus anécdotas, alegrías y su poeta. Tiempo habrá de comentarlos todos. El Orola también lo gané la primera vez que me presenté. Era su segunda edición, en 2008. Desde que ambos, tú y yo, estuvimos frente a frente en aquel Madrid del recuerdo, pasé alguna vez por la capital de España, pero nunca, hasta entonces, volvió a ser punto de destino, final de viaje con el amor de la mano. El Orola y yo (paséate por su página orola.es) tenemos una idílica historia común, digna del Guines o de la bota de oro de la literatura. Es uno de los pocos certámenes, que editan un libro con los 100, alguna vez 150, mejores trabajos y regala un ejemplar a cada uno de los autores antologados. Además destina los beneficios íntegros a una labor social. Como te decía, en 2008, regresé a Madrid con motivo del premio. Un Madrid con Felicidad y tu presencia apagada. Un Madrid descubierto por segunda vez. Un Madrid amable y con carteristas en el metro que hicieron de las suyas. Un Madrid al que retorné dos años después, invitado por Fernando Orlando a la entrega de premios de la cuarta edición del Orola. Esta vez acudí solo, en plan poeta, bohemio y soñador. Y conocí a Esteban Torres Sagra (la verdad es que el mundillo de los certámenes te permite conocer a muchos poetas y escritores, algunos de los cuales terminan siendo buenos amigos), de las amistades literarias te platicaré en otra ocasión. Entonces, te recordé y recordé tus cartas definitivamente perdidas, y pensé cómo sería tu vida y tu figura de adulta. Y te soñé, me sentí nostálgico y triste. Cosas de los recuerdos y el tiempo ido… Pero Madrid seguía en su sitio, como tú sigues instalada en el tuyo. Cuando, en 2014, amnistiaron a los ganadores de las anteriores ediciones, permitiendo que nos presentáramos, si ese era nuestro deseo, a la sombra del lema Facer Españas, la ciudad volvió a llamarme y yo, dispuesto a tornar con otro Orola en el bolsillo -ingenua pretensión y dificil cometido-, me presenté. En aquella ocasión mi trabajo quedó en cuarto lugar. Ganó Esteban  y yo me alegré. Continué, año a año, entre los finalistas, luchando por los galardones. Lo conseguí en 2017, con Campesinas y aladas. Mis palabras heredadas lograron el segundo premio y Madrid fue de nuevo punto de destino junto a Felicidad. Esta vez, sin las urgencias del trabajo, pudimos dedicar tiempo a conocer la capital a fondo, incluso me invitaron al programa Juntos paso a paso de Radio Nacional. Y juntos paso a paso, seguimos el Orola y yo. Tras quedar el pasado año, otra vez, entre los diez de la fama, en la actual edición, en que se conmemora el V centenario de la vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano, mi Paisaje en una botella se ha llevado el tercer premio, el que me faltaba. Volveré, volveremos, a Madrid en noviembre, a recogerlo, a comer con Fernando, los restantes ganadores y miembros de Ediciones Orola y jurados del certamen, en el Jai Alai, una experiencia gastronómica y literaria, cultural en suma, que no me importa repetir una y otra vez. Conoceré a otros autores y tornaré a recorrer las calles de Madrid bajo la lluvia de los recuerdos y la añoranza. Descubriré lugares que aún  ignoro, los conocidos me ofrendarán su aire renovado, su fresca fragancia intemporal. Volveré a disfrutar, en suma, de la literatura y de la historia. Y del amor. Y a escribir un poema como éste que nació en algún viaje anterior:

MADRID, OTOÑO, LA ESPERANZA

Como pasan las nubes del otoño

por un viento impelidas sin destino

sobre las hojas muertas del camino

y el porte siempre altivo del madroño

 

deambulan las gentes por tus calles

embebidas de historia y de turistas,

por tus noches de estrellas imprevistas

pintoras de fachadas y detalles.

 

Yo miro como pasan esta tarde

poetas, escritores y aire tibio

impregnados del humo del recuerdo.

 

Y unas cartas de amor donde me pierdo

ofreciendo a la vida dulce alivio

ahuyentan el estigma de cobarde.

 

Y aquí lo dejo y te dejo, porque, como escribió Jaime Sabines:

Yo aquí, escribiéndote. Tú allá, borrándote.

 

Publicado la semana 74. 02/06/2019
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