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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .18

Mi velazqueña Amelia:

La primera vez que visité el museo del Prado, ¿recuerdas?, fue contigo. Tú ibas con tu carnet de estudiante, yo no lo llevaba encima o no lo tenía. Y la entrada, sin descuento alguno, suponía una grave afrenta para mi modesta economía de entonces. Por suerte la amable taquillera se enrolló, enumeró todos los posibles casos  y aceptó el carnet de socorrista de la Cruz Roja, que aún conservo, como justificación para una reducción de tarifa.

He vuelto otras veces a la pinacoteca, una de ellas de la mano de Javier Sierra y su maestro del Prado, otra manera de ver ciertas pinturas. La última, que conservo fresca en la memoria, fue en 2017 con Felicidad cuando fuimos a recoger el Orola por segunda vez. Pero, aunque sólo sea capaz de recordar el detalle de la entrada con descuento y que aquello era inmenso, ninguna como la primera vez, porque alimentaba la esperanza de que, tras el extenuante recorrido, un liviano paseo por el Retiro bien podría cerrar el día con el colofón de un beso furtivamente lúbrico.

Esta semana el Prado está de actualidad: doscientos años después de su creación le han concedido el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Si cae algo del Orola, o de algún otro que me permita acercarme a Madrid, tendríamos que vivir, tú y yo, esa noche loca de museos que ambos nos debemos.

Porque, cómo me pregunté alguna vez,

¿Habría sido igual si sólo fuera

la vida sucesión de sensaciones,

previsibles y negras procesiones

de cenizas cayendo y de salmuera?

 

Siempre la duda de haber elegido el camino correcto, si hicimos lo apropiado, que no siempre es lo preciso, la experiencia cambiando la percepción de los momentos vividos y la secreta esperanza de que en un mundo paralelo todo sea de otra manera. La vida es así, no la he inventado yo, suena en mi cabeza en un español italianizado y vuelvo a aquella tarde, que podría haber sido y no fue nuestra tarde, vuelvo porque la memoria nos concede el poder del regreso, de recordar la realidad como más nos conviene y convertirla en literatura.                                                 

Y vuelvo, en este día de lluvia (con las lluvias de abril y el sol de mayo) y versos (recité la mañana del jueves en clase de catalán, recité ayer en el inicio de las fiestas de Fontsanta – Fatjó, recitaré esta tarde en el primer acto oficial del 36° Festival de Arte Flamenco de Cataluña, titulado De orilla a orilla), vuelvo, digo, con las palabras mojadas a columpiarme en tus ojos por las salas del museo del mundo, donde cuelga la luz domesticada en colores de un instante, para abrir de nuevo a la memoria la certeza de que la vida fue por un momento vida. Y la vivimos lo mejor que supimos. Cada carta que te escribo es un cuadro que expongo en ese museo que tú, seguramente, ignoras y no sé quien lo visita.

 

Publicado la semana 70. 03/05/2019
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